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Y Alves volvió a cabalgar

No es una posición nueva para Alves. Quizá justo antes de empezar el duelo europeo en Old Trafford, y mientras escuchaba a Thomas Tuchel, debía sentir algo similar a lo que vivió en diciembre del 2011. Entonces, Dani Alves jugaba en el Barça. Y hasta jugó de extremo derecho en aquella inolvidable final del Mundial de clubs que terminó con un incontestable 4-0 al Santos de Neymar con un atrevidísimo 3-7-0, un sistema táctico donde el lateral brasileño ejercía de delantero, pegado a la línea de cal, completando el ataque con Messi Thiago. Era el Barça de los centrocampistas de Pep Guardiola elevado a la máxima expresión.

Con 35 años y mientras apura sus días finales en el fútbol, el brasileño disfrutó de su alma ofensiva

Alves tiene ahora 35 años y está apurando los días finales de su exitosa carrera deportiva en París. No llegó a creer, sin embargo, que debería volver a vestir el antiguo disfraz de extremo que le dio Pep. Incluso hasta en el Bernabéu. En Manchester, Tuchel, un joven entrenador (45 años), también atrevido y valiente, le confirió idéntica misión, además de transmitirle la necesidad de que ayudara defensivamente al centro del campo. Hizo las dos cosas. Y ambas bien.

Cuestión de carácter

Ahí estaba integrando en Old Trafford un ataque realmente inusual en el conjunto parisino con Mbappé investido de nueve y Di Maria llenando el flanco izquierdo, okupando la casa de Neymar. Pero, claro, Dani no tiene el regate (ni lo tuvo nunca) de su amigo Neymar, aunque sí dotó al conjunto de Tuchel de carácter, algo tan necesario cuando te faltan dos de tus vacas sagradas: Neymar y Cavani.

Pero la asombrosa velocidad de Mbappé, que se detectó por vez primera en el minuto 26, ya fue el prólogo de lo que sucedería en la segunda mitad. Hasta tres centros erró el exlateral azulgrana desde la banda derecha al comienzo. Pero en el cuarto sirvió un gran pase a Mbappé, cuyo cabezazo fue repelido de manera soberbia por el portero de la selección española hacia el córner. Era, sin que nadie lo supiera entonces, el inicio del fin del United. Un saque de esquina lanzado venenosamente por Di María delató la debilidad de De Gea, capaz de lo mejor en apenas un minuto.

De Gea, petrificado

Exquisito y felino cuando se tiró al suelo; estático y petrificado cuando el balón voló en su área pequeña incapaz de abandonar la línea para detener a Kimpembe. Así es De Gea. Responsable, que no culpable del 0-1, y culpable, eso sí, de evitar el 0-3 y el 0-4 a sendos disparos de Di María y Bernat. Así es también Alves, cuya pétrea mentalidad fue decisiva en un extraño, pero solvente PSG capaz de destruir la hermosa historia de amor que había construido Solsjkaer en Old Trafford. Por allí, por esa pradera, cabalgó un feliz Alves.

No tenía ganas el brasileño de que se acabara el partido. Era, además, el encargado de lanzar las faltas directa. Tiró dos, falló las dos. Tampoco Tuchel quería que acabara su gran noche europea . Se sintió orgulloso Alves de evocar aquel partido en Yokohama, como si le hubiera ganado la batalla al tiempo, jugando con la frescura de ocho años y medio.