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Ante los amagues de convocatoria desde el oficialismo, la oposición solo quiere diálogo institucional

Ante los amagues de convocatoria desde el oficialismo, la oposición solo quiere diálogo institucional

Cristina Kirchner, en la reunión con los curas villeros / Télam

Durante toda la semana, y aún antes, diversos voceros del oficialismo se dedicaron a difundir la idea de que el Gobierno estaría abierto a un diálogo con la oposición, aparentemente para contribuir a bajar los decibeles de una sociedad crispada. Suponiendo que es una sentimiento genuino, expondría un giro notable respecto a lo que viene sucediendo desde el inicio de este mes, cuando intentaron atacar a Cristina Kirchner y todo el kirchnerismo se amalgamó detrás del concepto de los “discursos del odio”. Esos que, según esa tesis, provienen de la vereda política de enfrente y que generaron el caldo de cultivo para el demencial atentado.

Alberto Fernández ayer: “Un diálogo se genera con todos, no con los que piensan como uno. Porque si no, cuando yo invito a un diálogo y excluyo a alguien, lo que quiero es imponer un monólogo. Lo que hace falta es animarse a dialogar, animarse a encontrar consensos”. Fue en una planta automotriz y a propósito de una nueva ley para esa industria.

Textual del senador Oscar Parrilli, casi un edecán de Cristina: “Ella no ha puesto límites para nada; no quiero hacer elucubraciones, el tiempo dirá”.

El primero había sido el ministro del Interior, Wado de Pedro, cristinista puro, que hizo una “amplia convocatoria” a distintos sectores para “abordar el tema de la intolerancia política en la sociedad”. Fue después del incidente con Cristina, que investiga la Justicia.

El lunes último, La Nación reveló que el senador macrista José Torello se reunió a solas con la vicepresidenta. Reunión protocolar, se dijo. Torello es uña y carne con Mauricio Macri -iban juntos al colegio- y, curiosamente, es alguien que siempre fue apuntado por el kirchnerismo como integrante de esa supuesta “mesa judicial” de Macri para perseguir a sus opositores, o sea a los peronistas, cuando fue presidente. No lo habría mandado Macri a Torello, pero supo del encuentro antes de que se haga.

Es verdad que el kirchnerismo transita una etapa de pragmatismo extremo. La resignación al giro hacia la ortodoxia económica cuando las papas quemaban demasiado, con Sergio Massa como cara ajustadora, así lo demuestra. Pero un eventual acuerdo con Macri, a quien Cristina siempre ha despreciado al punto que se negó a entregarle los atributos de mando en 2015, suena sospechoso para cualquier observador con curiosidades.

¿Acordar qué? ¿Por qué ahora? ¿Es posible mientras que, por cuerda separada, el oficialismo pretendería suspender las Primarias Abiertas con el objetivo aparente de tratar de dividir a la oposición de Juntos por el Cambio, que ve en ese mecanismo vigente una buena manera de dirimir sus propias diferencias para llegar unidos a las elecciones de octubre del año que viene?

Referentes radicales y del PRO consultados por este diario fueron claros: cualquier ámbito de diálogo institucional debe ser el Congreso. No sirven sólo reuniones de jerarquías. En verdad, a la oposición -que viene denunciando que Cristina sólo busca impunidad- la idea de un “pacto” no le sirve. Es más: le resta. En Juntos no sienten que esa sea una demanda social actual. En todo caso, los políticos son los que dicen que la gente quiere un acuerdo, razonan en ciertos ámbitos.

Desde Pergamino, Macri ayer dijo lo siguiente cuando lo consultó la prensa local sobre una posible reunión con Cristina: “Con la Constitución sobre la mesa, sí”. Se hizo una lectura de que había dejado abierta la puerta. En verdad, pareció una forma de decir que él cree que la vice no respeta la Carta Magna, en especial cuando la emprende contra el Poder Judicial que la está juzgando por corrupción. Cristina, se recuerda, es la cabeza de otro poder del Estado, el Legislativo.

Por cierto, fue el mismo Macri que aseguró un instante antes: “Las ideas de Cristina han destruido a la Argentina”. Al ex presidente siempre le rindió políticamente ser el opuesto de ella. En rigor, para cada uno el otro siempre fue un límite.

El tipo de diálogo que dice impulsar el kirchnerismo es posible sólo si hay voluntad real. No sería éste el caso, de ninguna de las dos partes, más allá de las declararciones de ocasión. Tanta necesidad de uno de los lados por hacerlo público actúa, en cierto sentido, como su propio límite.

¿Por qué se tira esa estrategia a la cancha? Una respuesta posible es que el oficialismo busca alejar la imagen de su radicalización política, de su tendencia a la endogamia, que ha ejercido hasta hace nada, en un aparente afán de recuperar sectores de votantes moderados que lo respaldaron en el 2019. Cualquier encuesta dice que, sobre todo Cristina, sólo le habla a su audiencia cautiva. Y, se sabe: ese universo de electores, los que no pertenecen a los respectivos núcleos duros, siempre están bajo disputa.

El politólogo Lucas Romero, por ejemplo, habla de “la estrategia del clinch”. Es la que aplica un boxeador cuando está cansado, o recibe un golpe demoledor, para reponerse. Esa suerte de abrazo o “amarre”, que baja la intensidad del combate. El gobierno, que sería el púgil en cuestión, busca maneras de que su rival no enfoque su discurso de ataque en la tarea antipática del gobierno de achicar la economía, sacar subsidios, subir tarifas, beneficiar al campo -eterno rival del kirchnerismo- más por necesidad que por convicción, y demás. El abrazo sería el pedido de diálogo.

Fortuitamente, porque no fue buscado, el atentado contra Cristina posibilitó la estrategia del clinch. Dio un argumento noble: procurar una sociedad menos crispada. Aún cuando nunca se oyó una autocrítica respecto de la responsabilidad propia sobre ese estado de cosas.

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