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El acto en La Plata, entre el operativo clamor y la toma de más distancia de Alberto

El kirchnerismo prepara para el jueves el acto por el Día de la Militancia peronista en La Plata, en el que la única oradora será Cristina Fernández, como si fuera el lanzamiento de algo. Pero es difícil que la vicepresidenta adelante precisiones sobre su futuro electoral. Lo que sí se descuenta es que continuará con su trabajo diferenciador de Alberto Fernández y su gestión, un galimatías buscado para edificar un perfil propio, o de su proyecto, como si éste no fuera una parte central y fundacional de esta gestión.

Se vio hace pocos días en el acto de la UOM, en el que ella fue actora destacadísima. Cristina parece obsesionada con despegar de Alberto en su rol de presidente porque, a tres años de asumir, está claro que éste nunca terminó de ejercer como un mero delegado o, como se reclama por estos días intramuros, toma decisiones que no consulta con su (¿ex?) socia. El perfil propio que pretende cultivar ahora el jefe de Estado lo ha puesto en el rol de adversario interno y es el gran insumo que utilizan los cristinistas para fogonear el operativo clamor para la eventual postulación de la vice el año que viene.

Sin tapujos, habituales voceros cristinistas como el líder de la CTA, Hugo Yasky, reconocen que en La Plata se desplegará un capítulo más de esa suerte de súplica de la militancia en favor de la postulación de su líder. Se movilizarán entre 50 y 60 mil personas, prometen los organizadores. El pedido será unánime: “Cristina Presidenta”.

Es probable que desde su ciudad natal Cristina vuelva a tomar distancia de la gestión albertista, en ese raro equilibrio que viene haciendo entre ningunear al Presidente sugiriendo que no ha hecho lo correcto para “alegrar” al pueblo y, a la vez, no pegarle a Sergio Massa, el ministro sobre el que recae buena parte de esta administración y que, para disgusto del dogma kirchnerista, realiza un ajuste ortodoxo de la economía en acuerdo con el Fondo Monetario Internacional.

La vice tiene al menos dos ejes posibles que puede explotar para marcar distancias con Fernández. Uno: su obstinación, rechazada hasta ahora por la Casa Rosada, de otorgar una suma fija a los trabajadores antes de fin de año para mejorar el salario frente a la inflación, por afuera del mecanismo de paritarias. Dos: el rechazo albertista a voltear las Primarias Abiertas, como pretendían sectores del kirchnerismo y los gobernadores del PJ. Cristina nunca se expresó al respecto pero ese silencio siempre se entendió en el peronismo como un aval a la movida.

Massa ha hecho algo que los kirchneristas, empezando por la vicepresidenta, le venían pidiendo públicamente: un programa de congelamiento de precios. Es un parche por cuatro meses pero se supone que colma las expectativas inmediatas de esa tropa, que como gurú para esas cuestiones tiene al gobernador Axel Kicillof. Asterisco: dicen que en el acto platense Axel será destinatario de algunas loas por parte de la vicepresidenta. Toda palabra de ella es estudiada.

Lo dicho: sería sorpresivo que Cristina hable el jueves sobre su futuro electoral, que defina si será o no candidata. Tiempista, es probable que, como pasó en el acto de la UOM, vuelva a dejar la puerta abierta con algún rulo verbal. Aquella vez fue a través de su promesa, una ofrenda a su ansiosa feligresía, “voy a hacer lo que tenga que hacer” para que el pueblo pueda organizarse en “un proyecto de país”. ¿Profundizará esa sugerencia en el Estadio Único? ¿O trabajará más la idea de su centralidad para decidir quién si y quién no?

Hábil, Cristina sabe que la posibilidad de su postulación presidencial actúa -o por lo menos siempre ha sido así- como una suerte de ordenador de la interna del peronismo, la amenaza para que éste no se desbande antes de tiempo. Eso es lo que vino a interpelar la cerrada defensa de Fernández de las PASO: aún cuando finalmente no se presente si los números le siguen dando tan mal como ahora, el Presidente se planta como un actor desafiante bajo las reglas que se impusieron en la gestión presidencial de la propia Cristina, tal como acaba de recordar en su viaje a la cumbre del G20 (“Fue una buena idea de ella”, explicó sobre las Primarias). Un gesto independentista algo tardío, por cierto. Tal vez, la resistencia a la rendición incondicional antes de lo conveniente para él.

Pero el que mejor viene definiendo la diferenciación dentro del oficialismo es el diputado Máximo Kirchner, quien reclama como un mantra que el gobierno llame a una mesa política amplia de los actores que integran la coalición gobernante. Según su punto de vista, Alberto se rodea de unos pocos que, evidentemente para él, no lo estarían aconsejando bien.

Lo de la mesa ampliada es lo mismo que decirle al Presidente que socialice las decisiones de gestión, como pasaba al inicio de este gobierno, con los que lo pusieron donde está. Es fácil imaginar que en esa mesa, por ejemplo, el kirchnerismo duro se opondría al cumplimiento del acuerdo con el Fondo, que es el eje rector del programa económico de Fernández, o trataría de imponer el fin de las PASO como una decisión gubernamental.

El fin de semana último, en el paroxismo de su despegue del gobierno (renunció al bloque del Frente de Todos, no votó el acuerdo con el FMI, no dio quórum para el Presupuesto 2023, etc) Máximo dijo: “No voy a dejar que nos roben más las palabras, el cambio somos nosotros, los que podemos somos nosotros y nosotras, siempre lo hemos hecho”.

Se pueden leer esos dichos como que se refería a la oposición de Juntos, que usa la palabra Cambio en su nombre identitario, o como una referencia a la tropa leal a Cristina que, está claro, casi que se siente fuera de este Gobierno y, como se dijo, viene ensayando el ejercicio del despegue. En las últimas horas, durante un reportaje en un posdcast volvió a reclamar por la falta de debate interno en el gobierno. Acaso haya sido el anticipo de un argumento a futuro.

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