Inicio Colombia Bojayá por fin sepultó a sus muertos, pero el duelo no termina

Bojayá por fin sepultó a sus muertos, pero el duelo no termina

El Cristo mutilado de Bojayá encabezaba la procesión. Cuatro hombres de la Guardia Negra de esta población bañada por el río Atrato lo alzan en andas.

La imagen del Cristo negro mirando hacia el suelo –sin brazos y sin piernas– es testigo y sobreviviente de la masacre ocurrida en mayo del 2002, cuando guerrilleros de las Farc lanzaron un cilindro bomba contra los paramilitares con los que se disputaban el territorio y que cayó dentro de la iglesia donde se resguardaba parte de la población.

Tras el Cristo mutilado, que es símbolo de la tragedia, en fila india van los familiares de las víctimas y sobrevivientes, acompañados de gran parte de la población, de un nutrido grupo de periodistas, entre colombianos y extranjeros, y de una montonera de funcionarios del Gobierno.

También van las cantadoras del corregimiento de Pogue, que puso varias víctimas en esta tragedia; vestidas con blusas azules estampadas y pañoletas del mismo color, cantan plegarias para que los sagrados espíritus de Bojayá, como les dicen, por fin puedan descansar en paz. Y, sí, descansarán en paz –dice la cantaora y sabedora ancestral Ereiza Palacios– porque recibieron la despedida y los rituales necesarios para que sus almas puedan “trascender al lado de Dios”.

En silencio, resignados, muchos de ellos llorando, cargan los cofres de madera que Medicina Legal y la Unidad de Víctimas les entregaron con los restos de sus difuntos, 17 años y seis meses después de una de las peores masacres ocurridas en el país. En la procesión primero van los niños –45–, en cofres blancos, y luego los adultos, en cajones color café.

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Hace un calor infernal, no hay brisa, y el sol castiga con fiereza. Y la mayoría de los dolientes van trasnochados o amanecidos, pues la noche anterior fue la última del velorio colectivo, que empezó el lunes pasado.

Y, como es costumbre en estas tierras, el velorio se convirtió en una celebración en tributo a la vida del difunto. Hubo misa católica, culto evangélico, jugaron cartas, se tomaron unos –o muchos– tragos, las cantaoras entonaron alabaos y rezaron rosarios toda la noche.

En la madrugada bailaron gualíes: tradición en la que los dolientes alzan y se pasan uno a uno el cuerpito del niño muerto, en este caso, dos cofres blancos vacíos.

La procesión recorre las calles del nuevo Bellavista, lugar al que fue trasladada la población después de la tragedia, y termina en el mausoleo que levantaron con 100 tumbas, aunque hoy solo van a enterrar a 72 (los identificados) y los restos que, por su degradación, no fue posible obtener ADN.

Son las 12:30 del día, y por turnos van entrando los dolientes de cada muerto. Cada grupo familiar tiene la oportunidad de despedirse, de cantarle, así que la jornada fue larga. Eran las 6 de la tarde, y no habían terminado. Muchos de los dolientes lloran, gritan, se desploman, como si ese ser querido se hubiera muerto ayer y no hace más de 17 años.

Pero, aunque este ciclo se haya cerrado, Bojayá está lejos de sentirse en paz. Temen que la historia se repita. La Diócesis de Quibdó y organizaciones sociales y de derechos humanos del Chocó le enviaron al presidente Iván Duque una carta abierta en la que advierten del riesgo de una masacre similar a la de 2002.

Actualmente se presenta una situación similar por los enfrentamientos entre el Eln y el ‘clan del Golfo’, que se disputan el territorio.

“Ya han ocurrido desplazamientos, reclutamiento de menores, y hay comunidades confinadas en zona rural de Bojayá y en esta región del Medio Atrato”, denuncia el obispo de Quibdó, Juan Carlos Barreto, quien le dice al Presidente –ausente en el evento, aunque estaba invitado– que “las acciones contra los grupos ilegales y el narcotráfico deben ir más allá de la ofensiva militar”.

Ya han ocurrido desplazamientos, reclutamiento de menores, y hay comunidades confinadas en zona rural de Bojayá y en esta región del Medio Atrato

Los embajadores de Noruega, Francia y Suecia respaldaron este clamor. También lo hizo Alberto Brunoni, representante de la alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos.

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Y el duelo no termina porque –dice José de la Cruz Valencia, vocero del Comité de Víctimas de Bojayá– hay diez personas desaparecidas tras los hechos del 2002, y sus familias no tienen razón de nada.

Y, más que eso, agrega, porque el fantasma de la guerra se ha aparecido de nuevo por estas tierras con uñas, dientes, fusiles, y ya se están sintiendo sus males. “Que Dios, la Virgen y el Cristo mutilado de Bojayá nos guarden”, termina José de la Cruz.

JOSÉ ALBERTO MOJICA PATIÑO
ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO
EN BOJAYÁ, CHOCÓ