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Cuarentena en altamar: así es pasar más de 120 días sin tocar tierra

Agua salada a lado y lado. Azules claros y menos claros. No hay mucho más que ver y no siempre se puede sintiendo la brisa. Estar en medio del océano Atlántico, donde el pedazo de tierra más cercano está a miles de kilómetros, parece la cúspide del aislamiento. Pero no lo es.

La pandemia por covid-19 desarrolló un nivel nuevo: a veces, cuando las alertas se encienden, los tripulantes de este barco deben encerrarse en un cuarto de tres por tres, coqueteándole por una ventana a esa vista casi inmutable durante días enteros que se convierten en semanas.

Leydi Villalobos –34 años, vallecaucana, piel morena–trabaja en cruceros desde 2017. A finales de febrero arrancó en un recorrido que, en 146 días, iba a pasar por 36 países en los cinco continentes, pero tuvo que cancelar la mayoría de sus destinos en Asia y desembarcar a sus pasajeros.

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Ahora ella, junto con otros 700 trabajadores de su compañía, permanecen en la nave esperando a que los gobiernos de más de una decena de países autoricen su vuelta a casa.

“La empresa está mandando a los empleados en vuelos chárter a sus ciudades de origen. Al principio éramos 1.200 personas, pero se han ido yendo. El problema es que algunos países no han autorizado esos vuelos”, cuenta Leydi.

Ella dejó Colombia el 22 de febrero, pero quiere regresar. Ese día empezó una ruta de más de 18.000 kilómetros hasta llegar a Zanzíbar, una isla árabe diminuta al oriente de África que, en 1964, se unió a la entonces República de Tanganica y le dieron su nombre actual a Tanzania.

Aunque se han podido acercar a algunos puertos, la imposibilidad de desembarcar tiene atrapados a los tripulantes.

Foto:

Archivo particular

Los cuatro aviones y el viaje de tres días que necesitó para pisar el suelo de la isla –donde abordaría el crucero para trabajar hasta el 26 de junio– la dejaron exhausta: “Quería dar una vuelta por Zanzíbar, visitar un museo, pero llegué tan cansada que dormí todo el día. Al día siguiente comenzaba a trabajar y prefería recargar energías”.

El último día de Leydi en tierra fue un martes, el 25 de febrero. En su camino al puerto pasó cerca al museo del legendario vocalista de Queen, Freddie Mercury, quien nació en este paraje africano del cual ella, al igual que muchos, recuerdan sobre todo el calor, y subió al barco gigante en el que sería camarera.

El itinerario de Zanzíbar en adelante parecía diseñado para buscar el coronavirus. Cruzaría el océano Indico en dirección oriente por casi un mes hasta llegar a la China, donde se registró el primer caso de covid-19.

Hay gente que piensa que estar en un crucero es muy cómodo, pero quiero ver a mi esposo, quiero estar con mi familia

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Pero, para finales de febrero, cuando países como Italia, España y Estados Unidos comenzaron a prender las alarmas por la propagación de casos, la ruta del crucero se desvió hacia el sur.

El 15 de marzo el barco llegó a Perth, Australia, y la compañía decidió desembarcar a los pasajeros y trabajadores que estaban por terminar su contrato para que regresaran a sus países.

Leydi, que apenas llevaba tres semanas, tuvo que seguir en ese barco junto con otros 1.200 colegas, esta vez con destino a Estados Unidos.

Hasta finales de mayo, 500 trabajadores de la compañía de cruceros habían regresado a casa. De los 700 restantes hay 30 colombianos que, al igual que Leydi, claman que el Gobierno autorice la entrada de un vuelo en el que puedan volver al país.

“Hay gente que piensa que estar en un crucero es muy cómodo, pero al menos yo quiero ver a mi esposo, quiero estar con mi familia en Colombia y pasar la cuarentena allá, pero hasta el momento no nos han dado ninguna respuesta las autoridades”, dice esta tulueña.

Mientras eso pasa, recuerda las rutinas que se han ido transformando con las etapas de alerta. Este ha sido su día a día desde hace más de cuatro meses.

Esta es la vista a la que se han tenido que acostumbrar los tripulantes del barco.

Foto:

Archivo particular

Océano Índico, 13 de marzo

7 a.m.
Recién empezó el tema de las medidas por el coronavirus, pero aún así debemos trabajar. Sin embargo, en el barco se organizaron actividades para entretenernos.
Me postulé para dar clases de zumba con las personas que van al gimnasio, así que así empiezan mis días: bailando.

8 a.m.
Luego de casi una hora de zumba, es tiempo de desayunar y prepararme para iniciar mi jornada de trabajo.

9 a.m.
Comienzo mis labores como camarera a bordo del crucero. Cuando comenzó a circular información sobre la expansión del coronavirus, nos cambiaron los horarios, así que ahora mi turno termina a las 5 p.m.

7 p.m.
Es hora de una nueva sesión de entrenamiento en el gimnasio, después de siete horas de trabajo.

9 p.m.
Hay un show de bailarines a esta hora, y también están presentando películas en el teatro. Pese a la advertencia por covid-19, todavía tenemos algunas actividades de entretenimiento.

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Últimamente he tenido insomnio. Me duermo en la madrugada y despierto para que me tomen la temperatura

Océano Pacífico, 4 de mayo

7:40 a.m. 
Nos cambiaron de barco para uno más grande hace cuatro días, así que tenemos qe hacer cuarentena por dos semanas. Me levanto y alisto para ir a hacer la fila en el restaurante, que comienza a las 8. Tenemos apenas media hora para desayunar, porque el personal necesita tiempo para limpiar las áreas y sanitizar antes de que llegue un nuevo grupo a desayunar. Justo al acabar, debemos salir directo a las habitaciones usando el tapabocas.

8:30 a.m.
Llego al cuarto, prendo el televisor y hago algún entrenamiento físico con los programas que tenemos durante 40 minutos. Hay de abdominales y otros músculos.

12:30 p.m.
De nuevo llegamos a la fila del restaurante, esta vez para el almuerzo, que podemos comer hasta la 1 p.m.

1:00 p.m.
Es hora de dormir. Las tardes se me pasan entre la siesta y la televisión.

6:30 p.m.
La última fila del día en el restaurante, ahora para cenar. En ocasiones solo tomo un té a esta hora, pero prefiero salir para poder caminar un rato.

Puerto Vallarta, 20 de mayo

3 a.m.
Acabó la cuarentena y nos dimos cuenta de que todos estábamos sanos, así que nos dieron espacios más amplios para comer y ya todos los 1.200 trabajadores podemos estar juntos, pero respetando unos horarios.

Últimamente he tenido insomnio. Me duermo en la madrugada, así que no desayuno y me levanto alrededor de las 10 a.m.

11 a.m
Me toman la temperatura por primera vez en el día. Este proceso lo repiten a diario, en dos ocasiones y es obligatorio. Luego de que lo hacen, me alisto para ir a almorzar.

12 p.m.
Almuerzo desde el mediodía hasta la 1 p.m. cuando se acabó la cuarentena y comprobaron que no había contagiados por covid-19, ampliaron las franjas de las comidas y podemos ir al restaurante en grupo.

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1 p.m.
Con un combo de compañeros, vamos a jugar ping pong. La partida dura cerca de una hora y media. Luego, subimos a la biblioteca y comenzamos a jugar cartas otro rato.

4 p.m.
Me voy al gimnasio y entreno una hora. Este espacio estaba cerrado, pero lo abrieron poco después del fin de la cuarentena.

5:30 p.m.
Vuelvo a mi cuarto para darme una ducha y prepararme para ir a comer la cena. Voy a las 6 p.m. al restaurante y estoy allí por una hora.

7 p.m.
Repetimos la rutina ‘post-almuerzo’: jugamos una tanda de ping pong y, luego, otra de cartas

11 p.m.
Regreso a la habitación y veo televisión, normalmente hasta las 2 o 3 a.m. cuando me coge el sueño. Y así mismo durante cada día.

JULIÁN RÍOS MONROY
@julianrios_m
EL TIEMPO