La masacre de Bojayá en los ojos del párroco que resistió

El religioso, quien era el párroco de la iglesia de Bojayá, donde hace 15 años un cilindro bomba mató a 79 personas lanzado por las Farc, hace un recuento con detalles inéditos de esos hechos violentos que enlutaron al país. Hoy, Ramos disfruta de un año sabático dedicado a la academia y a dictar conferencias sobre la resiliencia.

El bautizo

César Ramos y Carmelina Cuesta nunca sospecharon que a punta de coco, maíz y plátano estaban criando, en medio de la jungla chocoana, a dos futuros sacerdotes. Sus otros seis hijos nunca se sintieron atraídos por las sotanas, los escapularios, las estolas, las casullas, las hostias, ni el evangelio, quizá porque en el Chocó no se puede esquivar el versículo 19 del Génesis: “Te ganarás el pan con el sudor de tu frente”.

Uno de sus hijos, Antún Ramos, nacido en Bagadó hace 43 años, sí lo eludió, o mejor, lo acomodó a su manera cuando decidió ganarse el pan con el sudor del espíritu, sin siquiera imaginar que hacia los 28 años, en Bojayá, la vida también le haría sus ajustes a la fuerza y le enseñaría que también se la ganaría con el trasudor, esa especie de angustia ocasionada por la congoja.

El matrimonio

En el año 2000, luego de ordenarse como sacerdote, Ramos llegó a Bojayá, municipio empotrado sobre la ribera del río Atrato –cuyas márgenes en la tarde para el poeta colombiano Juan Manuel Roca “semejan una plateada cimitarra”–, para seguir el mandato del lema del escudo bojayaseño: “Creatividad, trabajo y decisión”. Allí, apoyó al padre Rogelio Salazar en sus labores litúrgicas hasta que lo remplazó como párroco de la iglesia del pueblo.

En esas andaba cuando en el año 2002, en un lapso de seis meses, le tocó peregrinar por sus propias adversidades y pesadumbres. Su familia sufrió una triple tragedia: en febrero, Carmelina, su madre, falleció de un infarto cuando huía de las balas por culpa de un hostigamiento que sufrió una estación de Policía de Quibdó, perpetrado por las Farc. En junio, el ELN secuestró a un hermano, por quien la familia debió pagar una alta cifra de dinero, que no tenían.

No obstante, sería el mes de mayo cuando el dolor y el desconcierto allanarían su alma sin contemplación y partirían en dos rebanadas su vida.

Los santos óleos

El 30 de abril de 2002, hacia las 11:30 a. m., cinco pangas (embarcaciones) trajeron a un grupo de paramilitares a Bojayá, que no tardó en arengar las normas que iban a imponer por creerse la nueva autoridad. Con su presencia, que parecía un ‘déjà vu’, le quedaban pocas horas de vida al pueblo, pues mucho más temprano la guerrilla había hecho las mismas amenazas.

“Ese día hablé con el comandante de los paramilitares y le dije que por favor se ubicaran en una zona donde no hubiese población civil. Al otro día, llegó Fredy Rendón Herrera, comandante paramilitar conocido como el ‘Alemán’, quien se reunió con nosotros –los curas– para presentarnos su séquito de subalternos y decirnos que ellos eran los que iban a manejar esa situación”, aseguró el sacerdote.

El primero de mayo, cerca de las 5:30 a. m., comenzó una balacera para horadar una panga que transportaba a un comandante paramilitar y dos escoltas que buscaban llegar a Vigía del Fuerte. Ellos desconocían que desde la noche anterior la guerrilla ya hacía presencia en Vigía. Con una ráfaga de odio hirieron gravemente al comandante paramilitar de más alto rango después del ‘Alemán’ ”. Velozmente, el motorista de la panga alcanzó a dar vuelta y regresó a Bojayá, donde corrieron con el herido hacia el puesto de salud.

“Los paramilitares, desesperados, buscaron al médico, a quien encontraron y amenazaron de muerte si no atendía al comandante gravemente herido. Yo acompañé al médico al puesto de salud. Luego de observar al paramilitar herido, me dijo preocupado que no había nada que hacer”.

La muerte

Ese día arreciaron los combates entre los paramilitares y la guerrilla, y, poco a poco, la gente comenzó a poblar la iglesia por dos razones. La inicial: porque era una construcción en cemento. La principal: entendían que no había otro lugar para sentirse más seguro que la casa de Dios.

“Éramos cerca de 400 personas en la capilla. Por la cantidad comenzamos a racionar los alimentos y el agua. Les dimos prioridad a los niños, ancianos y mujeres embarazadas. Empezamos a orar, mientras que los paramilitares le disparaban a la guerrilla desde atrás de la parroquia. Yo, en un par de ocasiones, salí y les dije que se fueran de ahí porque estaban poniendo en riesgo a la población civil; incluso, una paramilitar de rango medio dijo: ‘Si ese cura marica sigue jodiendo mucho, pues denle plomo’”.

Pero los paramilitares no se movieron de ahí porque la guerrilla los triplicaba en número y, además, porque según el padre esos combatientes eran jóvenes e inexpertos.

“La noche del primero de mayo dormimos todos en la capilla y en la casa cural; era como una escena de Roberto Benigni en la película ‘La vida es bella’, cuando su personaje Guido juega con su hijo en medio de la guerra. Se trataba de eso: distraer la mente para que nos olvidáramos de lo que estaba pasando afuera. Entonces orábamos y tratábamos de estar activos, porque esa noche continuó la balacera”.

En el amanecer del 2 de mayo siguieron llegando más personas a la iglesia, y como el oxígeno escaseaba, llevaron a algunas de ellas a la casa de las monjitas agustinas, donde también se refugiaba gente.

“Alrededor de las 11 de la mañana, los paramilitares le lanzaron a la guerrilla un ‘rocket’, a lo que la guerrilla respondió con una pipeta. Los paramilitares, como estaban afuera, vieron cuando la pipeta venía en el aire y corrieron; nosotros, como estábamos adentro de la parroquia, no nos dimos cuenta. Sin oxígeno, ubicamos a los niños, a las mujeres en embarazo y a los ancianos en el altar, donde el padre celebra la misa, y fue justo en ese sitio donde cayó la pipeta”.

Era todo caos. Antún fue herido en la frente y en el pie, y perdió el conocimiento por un rato.

“Mucha gente corrió hacia atrás de la iglesia, donde hay una ciénaga, y otros huyeron hacia un corregimiento de nombre La Loma. Decidí quedarme porque era mi deber como sacerdote y, además, porque tenía que ayudar a salvar vidas”.

Hubo un hecho un poco anecdótico: la primera persona que le habló para que lo auxiliara fue un joven de la comunidad que estaba muy mal herido y que al rato murió. Era hermano de un guerrillero. Irónicamente, su madre también murió producto de la explosión de la pipeta.

Los paramilitares, como estaban afuera, vieron cuando la pipeta venía en el aire y corrieron; nosotros, como estábamos adentro de la parroquia, no nos dimos cuenta

“Llevamos heridos a la casa de las monjitas, porque ellas tenían conocimientos básicos de medicina. Las hermanas ponían torniquetes, evitaban hemorragias, entre otras ayudas. Un dato curioso: los paramilitares nos ayudaron a llevar heridos, pero después se ubicaron detrás de la casa de las hermanitas; es decir, continuamos siendo los escudos humanos de ellos. Por eso, volvimos y les dijimos que se fueran de ahí, y en ese momento la guerrilla mandó otra pipeta, por lo que le dije a la comunidad que nos fuéramos de allí, que nos iban a matar a todos”.

“Tengo una imagen clara de algo que pasó luego del estallido de la pipeta y de que los paramilitares huyeran. Llegaron unas guerrilleras que se pusieron a llorar diciendo: ‘Jueputa, ¿qué hicimos? Matamos civiles’. Varias de ellas, cuando vieron la magnitud de los hechos, se pusieron a vomitar y a llorar maldiciendo la guerra. Intuyo que varias de ellas eran madres y al ver tantos niños muertos y heridos les afectó”.

Tomaron la decisión de irse con los heridos para Vigía del Fuerte. Antún cogió un remo al que le amarró un trapo blanco y, como al flautista de Hamelin, alrededor de 300 personas lo siguieron en fila india, mientras las balas, como si fueran una descarga de timbal, cruzaban cerca de sus temores.

“Yo gritaba: ‘¿Quiénes somos?’. Y la comunidad respondía: ‘La población civil’. Yo preguntaba: ‘¿Qué exigimos?’. Y la gente respondía: ‘Que se nos respete la vida’. Me inventé esos estribillos para que los actores armados supieran que la bulla era de la población civil. Yo siento que Dios nos protegió demasiado a nosotros porque las balas nos pasaban cerca, pero no hirieron a nadie”.

Llegaron unas guerrilleras que se pusieron a llorar diciendo: ‘Jueputa, ¿qué hicimos? Matamos civiles’. Varias de ellas se pusieron a vomitar y a llorar, maldiciendo la guerra

Llegaron al río. Abordaron las embarcaciones, y el tortuoso Atrato se convirtió en una ambulancia que transportaba más de 100 heridos. En Vigía del Fuerte, los sacerdotes, las monjas y la comunidad ayudaron con los alojamientos y la alimentación de varias personas, mientras que los heridos eran atendidos en un hospital que ni el mejor guionista de ‘ER’ lo hubiera imaginado en una urgencia similar. Bojayá había quedado atrás convertido en un rompecabezas de cuerpos inertes.

Las honras fúnebres

“El 3 de mayo regresamos a Bojayá con bolsas de basura para sacar los muertos. Con sorpresa vimos que Minelia, la loquita del pueblo, había decidido no abandonar el pueblo para quedarse con los muertos y organizarlos a su manera: la cabeza de un niño con el cuerpo de un adulto y con dos pies izquierdos, y así el resto. De todos modos, esa noche ella ayudó a varios heridos que se quedaron ahí, suministrándoles agua y haciéndoles torniquetes”.

“Ese día, un médico de Vigía me dijo que había que enterrar los cuerpos cuanto antes por temor a una epidemia. Yo no entendía el tema de la fosa común, porque para nosotros los afrodescendientes los muertos son tan importantes como los vivos. A cada muerto, si es mayor de 15 años, hay que hacerle un velorio y nueves días de rezo; si es menor de 11 años, un ‘gualí’ o ‘chigualo’, que es una tradición que tenemos aquí, africana, y que la iglesia la cristianiza, en la que no se llora, sino se danza y se cantan arrullos”.

Fue un problema hacerle entender a la gente que sus tradiciones se iban a enterrar en una fosa común. Para los bojayaseños ese tema no es negociable. Antún debió explicarles que había que abrir un hueco de 3 x 3 x 3 para tirar los muertos en bolsas. Además, el comandante de la guerrilla amenazó con desaparecer los cuerpos, seguramente pensando en la llegada de los medios de comunicación.

“En ese momento nadie quería llevar los cuerpos a una fosa. Finalmente, el alcalde encargado les dio 4 millones de pesos a varias personas y les encimó unas botellas de aguardiente y unos tapabocas para que se llevaran los cadáveres, que ya estaban en proceso de descomposición. Yo fui en el primer viaje para dejar a los muertos en la fosa. Cuando regresamos, nos pasamos a Vigía y nos ubicamos en la casa de las monjitas, lugar en el que habían varios bojayaseños hospedados”.

Durante esos momentos, Antún buscó mantener los pies en la tierra. Le pidió a Dios que le diera luz para determinar el paso a seguir, porque una mala palabra o un mal direccionamiento suyo podrían agravar las cosas y porque, como lo dice un principio evangélico, “un ciego no puede guiar a otro ciego”.

“Varios sacerdotes y misioneros de diferentes lugares de Colombia llegaron a Bojayá. Alrededor de 12 sacerdotes comenzamos casa por casa a echar agua bendita porque la gente sentía que su hogar había sido contaminado. Hicimos oraciones de liberación en las viviendas y entierros simbólicos, gualí, novenas y mucha pedagogía; todo eso desde el punto de vista espiritual”.

La desesperanza

“Para la gente, la situación no fue fácil porque ellos entendían que era la casa de Dios, que se iba a respetar, y que Dios debía hacer respetar su casa. Al final quedó claro que Dios crea hombres libres que pueden atacarlo a él, atacando a seres humanos como los que estábamos en la iglesia”.

“Hubo mucha gente que no volvió a la iglesia. Me preguntaban: ‘Padre, ¿Dios dónde estaba?’. Padre, ¿por qué nos pasó esto si yo colaboraba siempre con todas las causas de la iglesia, y hoy murieron cuatro de mis hijos?’ Digamos que eso tiene una explicación en el sentido de que los que tiraron esa pipeta es gente cargada de un odio y una rabia que no les permitió pensar en el daño que podían causar.

“La gente cuestionó mucho su fe, pero yo no, ya que gracias a Él estoy vivo, porque en el momento en que estalló la pipeta, una persona que se puso de pie para ir al baño recibió toda la onda explosiva y lo despedazó. Su cuerpo me protegió: Ese recuerdo me duele, pero así fue. De todos modos, pese a las circunstancias, creo que la mayoría de la gente conservó la fe en Dios y sentían que Él estaba con ellos”.

Hoy, con 43 años de edad, Antún no sabe si actuaría de la misma manera. Seguro dudaría. Ahora piensa en otro tipo de cosas, pero sí tiene claro que ayudaría a mucha más gente, especialmente, cuando recuerda que por culpa de la intensidad del combate no pudieron sacar más heridos.

“Yo tenía mucha rabia porque cuando atravesamos el río y llegamos con todo esa cantidad de heridos a Vigía, el comandante de la guerrilla, cuando me vio sangrando, me preguntó: ‘Padre, ¿qué le pasó?’ Y yo lo insulté, le dije muchas cosas, pero a la vez me acordé de una frase de Gandhi que decía: ‘tú no puedes rebajarte al nivel de tu opresor’, y también de aquel pasaje que decía Cristo:

‘perdónalos porque no saben lo que hacen’; después, hablé más calmado con ese comandante. Creo que desde ahí comenzó mi proceso de perdón. Además, uno debe controlar el odio en esos momentos porque eso se vuelve también una espiral de violencia.

El perdón

El perdón de diciembre del 2015, por parte de las Farc, fue el resultado del viaje a Cuba de 11 víctimas de Bojayá, toda vez que ese grupo guerrillero expresó su intención de pedir perdón.

“Inicialmente, la reunión estaba prevista para unas cuantas horas y duró dos días porque fue desgarradora. Una señora que perdió 22 familiares les habló a las Farc. Varios miembros de la cúpula de ese grupo lloraron escuchando a las víctimas. Eso nunca se vio porque la reunión fue privada.

“Yo arranqué mi intervención diciéndoles que tenía todas las razones para odiar, debido a que ellos habían matado a mi mamá y habían atacado a mi parroquia repleta de mi gente, pero que yo partía de un principio cristiano según el cual quien guarda rencor y odia está enfermo. Yo quería vivir sano, sin agregarle más preocupaciones a mi vida. Entonces, en diciembre del 2015, luego de consultar con la comunidad, se hizo el acto de perdón. Yo, contrario a lo que puedan pensar los detractores de esa guerrilla, vi en las Farc sinceridad y dolor en su acto de perdón y en su expresión al lamentar lo sucedido, así lo sentí”.

“Para nosotros es claro que la mayor responsabilidad la tienen las Farc, ya que ellos fueron quienes lanzaron la pipeta, pero también hay una gran responsabilidad de parte del Estado, porque debieron proteger la vida, honra y bienes de sus ciudadanos, y está claro que no lo hizo; especialmente, al saber que para llegar a la zona, los paramilitares atravesaron varios retenes de la Armada y no los vieron”.

No obstante, Antún tiene un sentimiento que se balancea entre el dolor y la decepción: tiene entendido que el Ejército ha previsto pedir perdón, pero porque lo obliga una sentencia judicial y no porque surja del corazón.

“En la guerra no hay ni vencedores ni vencidos, todos perdemos. La guerra es una canallada que se inventaron unos cuantos y que golpea a los más débiles, como lo es la gente del campo. Yo soy feliz después de la masacre de Bojayá, porque aprendí que pocas cosas me angustian y me molestan. Es que frente a un problema uno tiene dos posibilidades: o se coge un lazo y se ahorca o se comienza a caminar, y yo decidí seguir caminando a pesar de los problemas y las dificultades”.

La resurrección

Hoy, el padre Antún, licenciado en Filosofía, Teología y Ciencias Religiosas, comunicador social con una especialización en Radio –realizada en Italia–, y con otra en Intervención Psicosocial, hizo un pare y pidió un año sabático, derecho que tienen cada siete años los sacerdotes que así lo desean. De igual forma, está comprometido con la paz.

“Yo me metí a fondo con el plebiscito por el ‘Sí’ desde el púlpito, porque soy de los que cree que es mejor tener la paz que tener la razón. Por eso, me pareció un acto cobarde que parte de algunos obispos se opusieron a la paz, y aunque su opinión la respeto, no es la adecuada para un ministro de Dios, porque Dios es amor, perdón y misericordia”.

Actualmente, Bojayá progresa. Ya no está la guerrilla y llegó la paz. La gente ha vuelto a sembrar plátano y cacao. Antún ha conocido personas y familias que salieron desde hace 30 años y que han regresado al municipio.

“En diciembre y en Semana Santa pasados se llenaron los pueblos del Atrato, y eso es resultado del proceso de paz. La gente está volviendo a sus quehaceres. Es que el negro no es bueno para pedir, el negro es bueno para trabajar. Esa es una de las experiencias que dejó la guerra”.

Hoy, el padre Antún, como un compromiso personal, ha decidido participar en el proceso de paz de forma independiente, gracias a la experiencia vivida y por sus estudios.

“No soy santista, pero admiro al presidente porque nos visibilizó a las víctimas, nos cuantificó y nos puso en el centro del acuerdo de paz; para él, en nombre de los campesinos, doy toda la gratitud. También debo agradecer la creación de la Unidad para las Víctimas, porque ya hay un espacio físico y un cúmulo de profesionales que nos pueden atender, y así no solucione del todo los problemas de las víctimas, sí las ayuda a sobrellevarlos”, concluyó el religioso.

Ahora, Antún y los bojayaseños recorren los versos del ‘Monólogo de regreso a casa’, de Roca: “No estalla el obús en mi camino, no me acechan ocultos artilleros, pero cada regreso a casa –atolondrado mercenario de mi cuerpo– tiene sabor de sueño después de la batalla.

CÉSAR A. MARÍN CÁRDENAS
Especial para EL TIEMPO

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