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La tragedia de los migrantes del Darién: medio millón ha cruzado la selva este año

—Ya voy coronando. Solo falta cruzar el río —le dijo Yini Paola Galán a su hermana Yulitza, poco antes de dar ese paso final. El recorrido había sido largo, de casi seis meses, y ya estaba con sus dos hijos, de 6 y 4 años, en un albergue de Piedras Negras, Coahuila, México. Frente a ella: Eagle Pass, ciudad de Texas, Estados Unidos. Frente a ella: su sueño americano.

Le faltaban pocos metros, después de haber transitado miles de kilómetros desde cuando decidió dejar su tierra santandereana e internarse en la selva del Darién rumbo al norte del continente. Le faltaba cruzar el río Bravo, uno de los tramos más usados por los migrantes ilegales para llegar a territorio estadounidense.

La mañana del 11 de noviembre, Yini y sus hijos, Jesús David y Eileen Mariana, se alistaron para cumplir esa última etapa de la travesía. Pasadas las siete de la mañana, junto a otros migrantes que habían conocido en el camino, algunos colombianos, otros venezolanos, se metieron al agua.

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Paso por el Darién

El Darién es uno de los pasos de los migrantes que se dirigen a EE. UU.

Foto:

Mauricio Dueñas Castañeda / EFE

La ropa que llevaba fue clave para poder identificar su cuerpo

El río estaba tranquilo. Tan bajito como le habían dicho que era. No es un trayecto largo desde la frontera mexicana hasta la estadounidense. Empezaron a cruzarlo, apoyados unos en otros. Yini llevaba al niño en sus hombros. La niña iba alzada por uno de los compañeros de viaje. De repente el río cambió. Se creció.

El agua comenzó a empujarlos, parecía que los estuviera jalando de los pies. Entraron en pánico; las voces que minutos antes eran casi murmullos se volvieron gritos. Yini preguntaba por los niños, quienes se habían soltado de los brazos que los cuidaban. Pidió auxilio y sintió que se ahogaba.

Agentes de la Patrulla Fronteriza norteamericana la rescataron y la llevaron a un refugio. Diez días después, le informaron que habían encontrado sin vida a su hijo Jesús David. La ropa que llevaba fue clave para poder identificar su cuerpo. De la niña, todavía no se sabe nada.

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Yini tiene 23 años. Antes de emprender ese viaje trabajaba en un restaurante donde le daban veinte mil pesos diarios por lavar la loza, por pelar la papa, por el oficio que tuviera que hacer.

Llevaba un buen tiempo repartiendo hojas de vida para trabajar de mesera, de empleada doméstica, pero nada salía. No había muchas opciones, sin tener el cartón de bachiller. Durante una temporada estuvo recogiendo limones en una finca y recibía quince mil pesos al día.

Desde que se separó de su pareja, ella veía por sus hijos. Una amiga le habló de irse a Estados Unidos por la selva del Darién. En medio de la desesperación, Yini se llenó de ilusiones. No atendió los consejos familiares y se fue con los niños.

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Yini es un rostro, un nombre propio en medio de una cifra escalofriante: a lo largo de este año, cerca de 500.000 migrantes han atravesado el Darién con el objetivo de llegar a tierras estadounidenses, según datos de Médicos sin Fronteras. El doble de personas que el año pasado y casi cuatro veces más que las registradas en 2021.

Si bien los colombianos no son mayoría entre los migrantes que toman esa ruta —sobre todo son venezolanos, ecuatorianos y haitianos; también de otros países más inesperados como China o Afganistán—, en este 2023 se presentó un aumento que tendría que despertar las alarmas: la Defensoría del Pueblo informó que la cifra de colombianos en el Darién saltó de los 5.064 del año anterior a 15.897 (dato que cubre solo de enero a octubre, así que lo que haya pasado en los últimos tres meses lo puede hacer subir). Un crecimiento del 214 por ciento.

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A este panorama se suma otra situación revelada por el Servicio de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos: cerca de 168.000 migrantes irregulares colombianos han sido arrestados este año, lo que representa un incremento del 30 por ciento respecto al año anterior. Un salto muy significativo si se tiene en cuenta que en 2021 esas detenciones no superaban las once mil.

Todos estos números no le dicen nada a Yulitza Galán, la hermana de Yini. A ella se le quiebra la voz tan pronto empieza a hablar de lo que les pasó a su hermana y a sus sobrinos. Todavía espera, tras casi un mes de estar desaparecida, que la niña esté con vida.

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Niños en el Darién

Migrantes bajan de canoas para ser trasladados a una estación de recepción migratoria en Lajas Blancas, Panamá, el 10 de junio de este año.

—Le advertí de los peligros. Le dije de todo para que no se fuera. Mi mamá le rogó. Pero a ella se le metió la idea. Estaba entusiasmada. Quería comprar una casa. Los niños querían conocer la nieve. Ella no tenía pasaporte ni plata. Logró reunir 130.000 pesos y así se fue. No sé cómo hizo para completar el recorrido —dice Yulitza.

Yini viajó con los niños de Bucaramanga a Medellín rumbo al Darién, la zona selvática que comparten Colombia y Panamá y que conecta por tierra a América del Sur con América Central. De Medellín fueron a Necoclí, el municipio antioqueño sobre el golfo de Urabá que se ha convertido en lugar de llegada para la mayoría de los migrantes irregulares. “Ahí arrancó su travesía”, dice Yulitza, que siempre se mantuvo en contacto con su hermana y con los niños por medio de videollamadas. Ahí, en Necoclí, empieza para miles y miles de personas el trayecto que, en lugar de travesía, tendría que llamarse un paso por el infierno.

Migrantes Darién

Miles de migrantes rumbo a Bajo Chiquito, puerto fronterizo de Panamá. Una fila que se repite cada día.

Bajo el control armado

Necoclí tiene una extensión de mil trescientos kilómetros cuadrados y poco más de sesenta mil habitantes. “Entre sus muchos atractivos encontramos un vasto patrimonio natural representado en resguardos indígenas, parajes ecológicos, cerros y cascadas, además de diferentes playas sobre el golfo de Urabá”, dice su página oficial. Todo eso es cierto, pero también que hoy es territorio de migrantes ilegales. Cientos de miles de ellos llegan a sus calles cada año con la idea de iniciar su recorrido hacia la selva.

Esa presencia ha cambiado la vida cotidiana del municipio, en el que ya imperan negocios dedicados a atender las necesidades de los que van en tránsito. Hoteles —para los que pueden pagar por un techo—, venta de equipo para atravesar la selva, casas de cambio —para los que llevan dinero en sus bolsillos—. Una larga cadena de comercio que nació por cuenta de este fenómeno.

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El proceso que comenzarán a vivir los migrantes a partir de ese momento —y prácticamente hasta el final— tiene todas las características para ser definido como tráfico de personas, y en la zona colombiana su control está en manos de un grupo armado: el ‘clan del Golfo’.

Hoy esta agrupación “regula este fenómeno migratorio, al aceptar o prohibir rutas, establecer normas de comportamiento para guías y migrantes y extorsionar a los diferentes eslabones de la cadena de la migración”, dice un estudio de la Fundación Ideas para la Paz y lo puede constatar cualquiera que llegue a ese lugar. Este diario denunció la participación directa de ese grupo armado en el tránsito de migrantes ilegales cuando el fenómeno apenas comenzaba. Hoy ninguna actividad que tenga que ver con el recorrido hacia la frontera en el Darién se sale de sus dominios.

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El negocio para ellos es redondo y sus ganancias se calculan en decenas de millones de dólares al año. Cada paso que el migrante da en este camino debe ser pagado. Así que solo hay que hacer cuentas. Según el Grupo Interagencial de Flujos Migratorios Mixtos, este año han salido de Necoclí entre 1.000 y 1.700 personas al día rumbo a cruzar el golfo de Urabá.

Si el migrante tiene dólares en el bolsillo para pagar lo que toca, como suele pasar con los que vienen de China, por ejemplo, el trayecto se le hará más corto. Si no cuenta con recursos, el tiempo para iniciar el recorrido será muy largo. Algunos permanecen varados durante semanas, o meses. Es lo que suele afrontar la mayoría de los migrantes venezolanos, a quienes nos les queda más opción que esperar y vivir del rebusque en el municipio antioqueño mientras juntan el dinero necesario.

Migrantes Tapón del Darién

Cientos de migrantes.

Muchos de los colombianos afrontan una situación semejante. “Este nivel de vulnerabilidad los expone a más abusos e incrementa el riesgo de que se involucren en actividades ilegales, como el tráfico de droga hacia Panamá, en la modalidad conocida como ‘hormigueo’: llevar pequeñas cantidades de droga en sus equipajes como pago por el paso hasta ese país”, dice el mismo estudio de la fundación. Lo que estas personas van a comenzar a padecer no se limitará a los peligros que implica cruzar una de las zonas selváticas más inhóspitas del planeta: los riesgos naturales parecen ser lo menos grave.

Migrantes Darién

La estadía de los migrantes en Necoclí y Acandí puede extenderse durante semanas o meses.

Foto:

Jáiver Nieto

‘Lo esperamos en Panamá’

—En todo el recorrido mi hermano se gastó seis o siete millones de pesos. Nada más ahí, en la parte colombiana, tuvo que pagar como un millón doscientos por el trayecto en lancha —dice John Díaz, hermano de Eider Alexánder Díaz, un joven de 23 años nacido en Villavicencio que inició su viaje por el Darién en septiembre pasado. Hoy está desaparecido.

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Eider iba en el mismo grupo de Yini y sus hijos ese 11 de noviembre, cuando se lanzaron al río Bravo. Se habían conocido en Necoclí. Allí compartieron durante varios días, tanto que Eider alcanzó a encariñarse con los niños. Volvieron a verse en México y planearon el paso desde Piedras Negras hasta Eagle Pass.

Eider iba a su lado cuando el río se creció y todos entraron en descontrol. Al parecer se lo llevó el agua. Como a los niños. “Lo que se me hace raro es que Eider era —o es, prefiero pensar que sigue vivo— un buen nadador. Sabía defenderse bien en el agua”, dice su hermano. Le extraña no tener noticias suyas porque todos los días, desde que comenzó el viaje, se comunicaban por chats o videollamadas. Él llamaba a su hermano o a su mamá y les decía: “Familia, ya casi lo logramos”.

MIGRANTES TEXTAS

Las fuerzas fronterizas estadounidenses informaron de 1,8 millones de encuentros con migrantes en los últimos 12 meses.

Foto:

ANDREW CABALLERO-REYNOLDS / AFP

—Nosotros le dábamos moral. Lo empujábamos para que cumpliera su sueño, y eso nos tiene con remordimiento. Eso es lo que tiene atormentada a mi mamá —cuenta John.

Eider, el menor de ocho hermanos, trabajaba como reciclador en las calles de Villavicencio. En los últimos meses la poca plata que conseguía no le alcanzaba. John intentó convencerlo de trabajar a su lado, como vendedor ambulante. Eider lo intentó, pero no le gustó. Unos amigos que ya iban adelante por el Darién lo animaron a hacer lo mismo. “Lo esperamos aquí en Panamá”, le dijeron. A él le sonó el plan. Quería un buen trabajo y darle una vida mejor a su mamá.

Se fue con un amigo del barrio. “En el camino a veces nos contaba que estaba enfermo, que estaba mal. Nosotros le decíamos que se devolviera, que como fuera le mandábamos los pasajes, pero al rato se volvía a animar”, agrega John. Desde el Darién hasta Piedras Negras, Eider tuvo que trabajar en diferentes cosas para poder pagar un techo o un plato de comida. Pelar cebolla, recoger tomates, lavar ropa. “Cualquier cosa, menos lo malo, él lo hacía. Trabajaba duro para no tener que dormir en la calle. Pasaba mucho frío y la gripa le daba duro, por su asma”.

Todavía no hay noticias suyas, desde esa mañana en que desapareció en las aguas del río Bravo. Su hermano intenta tranquilizarse porque ha sabido de migrantes ilegales a quienes las autoridades estadounidenses mantienen incomunicados por varias semanas. Eso le da esperanza. “Estoy yendo a la iglesia. Le he pedido a Dios. Mi corazón me dice que él está bien”.

‘El río de la muerte’

El siguiente paso para la mayoría de los migrantes, tras dejar Necoclí, es Acandí, el municipio chocoano que limita con Panamá y que también ha cambiado sus principales fuentes de ingreso: si antes eran la pesca o el turismo, hoy se centra en negocios que responden a la afluencia de los miles de migrantes que entran a diario. Allá los esperan largas filas para registrarse y llegar a albergues que, por supuesto, debieron ser previamente pagados.

La mayoría llevan un sticker en su documento de identidad o una pulsera de colores en su muñeca que les han puesto tras cumplir los pagos exigidos. Sin esas condiciones, no podrán seguir adelante. Y la forma como se les presiona no es para nada tranquila. “Las personas que controlan los albergues no permiten que los migrantes o solicitantes de asilo inicien su viaje sin pagar. Hombres armados han amenazado a algunos que no pagaron”, dice una investigación de Human Rights Watch titulada Este infierno era mi única opción: abusos contra migrantes y solicitantes de asilo en el Tapón del Darién.

A quienes logran comenzar la travesía les esperan largos días en la selva. Algunos la recorrerán en menos de una semana, otros tardarán el doble. Unos nunca terminarán de hacerlo. En ese trayecto se van a juntar las difíciles circunstancias naturales —ríos turbulentos, precipicios, lluvias torrenciales, altas temperaturas, serpientes venenosas y más— con otros peligros del camino, que es controlado por bandas criminales. Muchos migrantes dan testimonio de haber sido víctimas de atracos o violencia sexual por parte de esta gente que aparece en la ruta.

Migrantes en Necoclí

La travesía por el Darién es una odisea para los migrantes que buscan una vida mejor en Estados Unidos.

Foto:

Jaiver Nieto / CEET

Según el estudio de Human Rights Watch, en la mayoría de los casos de violencia sexual “migrantes y solicitantes de asilo fueron emboscados por hombres armados, separados por género y las mujeres obligadas a quitarse la ropa. Las mujeres dijeron que los hombres las agredieron sexualmente, frecuentemente bajo el pretexto de buscar dinero escondido. En numerosos casos las violaron”.

Esta circunstancia es más dramática si se considera el cambio que ha habido respecto a la presencia de mujeres y niños en la selva. Años atrás, quienes migraban solían ser hombres solos. Hoy lo más frecuente es ver a familias enteras, incluso a mujeres embarazadas o que han dado a luz en algún punto del trayecto. En lo que va corrido del 2023, se calcula que más de setenta mil niños y adolescentes han migrado por esta zona, de acuerdo con datos del Ministerio de Seguridad Pública de Panamá. Médicos sin Fronteras tiene dos puntos de atención a la llegada de los migrantes a tierras panameñas. Este año, la organización ha realizado más de cincuenta mil consultas médicas, la mitad en menores de edad, y atendido casi cuatrocientos casos de violencia sexual.

El camino también está marcado por la muerte. Muchas de ellas como consecuencia de las trampas de la selva —un paso en falso y caen en un abismo; una tormenta y un río que se los lleva—, otras por cuenta de la violencia. Incluso por suicidio. Al río Turquesa, en el corazón del Darién, ya lo llaman “el río de la muerte”, de tantos cadáveres que se han visto flotar. En varias investigaciones, los migrantes han hablado de una de las peores cosas que tuvieron que soportar en el recorrido, y que se les quedó en la memoria: el olor a cuerpos en descomposición. “El Darién, una de las más peligrosas y abrumadoras rutas migratorias del mundo, fue testigo de 141 muertes documentadas de migrantes en 2022. La naturaleza remota y peligrosa de esta zona y la presencia de pandillas criminales a lo largo de esta ruta significa que esta cifra tal vez no representa la cantidad real de vidas perdidas”, dice un informe de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

Migrantes Darién

Un grupo de migrantes atraviesa el río Turquesa, en la selva panameña, que es conocido como “el río de la muerte”, por los cadáveres que se ven flotar en sus aguas.

En varias ocasiones, durante los días que Yini y sus dos hijos realizaron el viaje, su hermana Yulitza le hizo ver los riesgos que podía correr. No los deje solos ni para ir al baño, mire que por allá se roban niños para tráfico de órganos, le decía. Su preocupación aumentaba cuando sabía que algo no iba bien. “Al comienzo, por ejemplo, cuando pasaron varios días retenidos en el Darién. Por cuenta de un grupo malo”, explica Yulitza.

Un día, tras una noche de pesadillas, ella le dijo a su hermana:

—Yini, tengo un mal presentimiento. Soñé con ustedes, unas cosas muy feas.

—No diga eso. Reprenda esos sueños, repréndalos —le respondió Yini.

Y siguió adelante con sus hijos.

Como una zona de guerra

Después de cruzar lo peor de la selva, a los migrantes los esperan los asentamientos indígenas panameños de Bajo Chiquito y Lajas Blancas, donde existen estaciones de recepción que les brindan servicios de salud y alimentación. En ese lugar hacen presencia varias organizaciones humanitarias internacionales, algo que prácticamente no va a repetirse en todo el camino. Pero no parecen dar abasto: reciben a más de dos mil migrantes cada día. En adelante, el rumbo sigue hacia Costa Rica, Guatemala, Honduras, Nicaragua, México. En todos estos territorios las condiciones riesgosas no van a desaparecer. Van a tener que seguir a merced de los llamados coyotes, que les exigen dinero casi por respirar, y correr el riesgo de caer bajo el control de bandas organizadas de narcotráfico, de pasar meses secuestrados o de morir.

Cuando se acercan a su tierra soñada, al límite estadounidense, las cosas no son diferentes. De hecho, la frontera entre Estados Unidos y México es considera “la ruta migratoria terrestre más peligrosa del planeta”. El año pasado, la OIM registró 686 migrantes muertos o desaparecidos a lo largo de ella. Tom Schmerber, alguacil del condado de Maverick —al que pertenece la ciudad de Eagle Pass—, le dijo a la agencia Efe que prácticamente todos los días se reporta una persona ahogada en el río Grande (nombre que tiene el río Bravo en el lado estadounidense), sin contar las personas muertas que los rancheros descubren en sus propiedades. El 1.º de septiembre, dos meses antes de la tragedia de los niños colombianos, nueve migrantes murieron al intentar cruzar el río por el mismo tramo, y treinta personas tuvieron que ser rescatadas.

En el mismo septiembre, Eagle Pass —una ciudad que no llega a los 28.000 habitantes— se declaró en estado de emergencia luego de que casi seis mil migrantes cruzaran el río y llegaran a sus costas en menos de dos días. El gobernador de Texas, el republicano Greg Abbott, ha intentado de todas las formas detener el ingreso de migrantes irregulares. Ha militarizado la frontera a tal punto que parece una zona de guerra.

Uno de los métodos que han causado más polémica son las boyas que ubicó a lo largo de trescientos metros del río. Boyas que cuentan con discos metálicos dentados que impiden que alguien se agarre de ellas. Una trampa mortal para los migrantes que ha sido considerada por muchos como una violación a los derechos humanos. El caso ha despertado protestas y llegado a los tribunales, ante los cuales el gobernador argumentó las razones para mantenerlas en pie. Hace pocos días un juez ordenó que se retiren. Falta que el fallo se cumpla.

Pero ni ese muro flotante, ni los alambres de púas, ni las amenazas armadas ni los peligros naturales van a persuadir a los migrantes que creen que el suelo norteamericano les va a brindar una mejor vida. Según la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos, este año se han registrado casi dos millones y medio de migrantes ilegales por la frontera sur, cifra que superó la del 2022. El endurecimiento de las políticas migratorias estadounidenses tampoco ha generado un retroceso en este fenómeno, que sin duda se ha convertido en uno de los más grandes desafíos humanitarios que enfrenta el planeta, y que exige medidas de control urgentes.

Tres destinos diferentes

Junior me pide que lo llame después: en este momento va rumbo a entregar un domicilio. Está en California, ya consiguió trabajo. Junior —prefiere que lo llamemos así— es el amigo que tomó la decisión de hacer el viaje por el Darién junto a Eider Alexánder Díaz. Iba en el grupo de migrantes que cruzó el río Bravo ese 11 de noviembre, con Yini y los niños.

—No sé si fue que por donde pasamos había un hueco o qué, porque estaba hondo. La corriente subió y empezó a taparnos —dice Junior, que no puede quitarse ese momento de su cabeza—. Yo me puse a nadar como pude y llegué a la orilla. Miré hacia atrás, pero no vi a Eider ni a los niños.

A Junior lo recogió la Patrulla Fronteriza de Eagle Pass. Los agentes lo apuraron para que se pusiera a salvo. Hágale, que luego buscamos a los otros, le dijeron. “Allá es el que quiera salvarse”. Al pisar tierra se entregó a Migración, que es la idea con la que van casi todos los migrantes. Después ya sabrán si los dejan quedarse o son devueltos a sus países de origen. “Me llevaron a unas oficinas, me hicieron unos papeles y me soltaron como a los tres días”, cuenta Junior.

En tres meses debe volver a presentarse ante las autoridades y luego iniciar un proceso ante un juez que resolverá su situación. Tan pronto llegó se contactó con unos amigos que ya estaban allá y que le ayudaron a conseguir el trabajo de repartidor de domicilios. Está cumpliendo jornadas diarias de siete de la mañana a diez de la noche. “Mi sueño es quedarme aquí, si puedo —dice—. Para darle un futuro a mi hijo y una mejor vida a mi mamá”.

Junior, de 29 años, trabajaba en Villavicencio en un taller de ornamentación. Lo que ganaba apenas le alcanzaba para comer. “Y eso, con lo cara que está hoy la comida”, dice. Cuando se enteró de la opción de irse a Estados Unidos no lo dudó ni un segundo. Organizó el viaje con Eider. No pensaron en hacerlo por avión hasta México —vía que muchos toman—, no tenían pasaporte. “Nos lanzamos a lo loco. Yo tenía mi moto y la vendí. Eider tenía un Xbox, lo vendió”. Con apoyo de familiares lograron reunir unos millones y arrancaron. En el camino se las arreglaron trabajando.

“Colombia, Panamá, Costa Rica, Guatemala, Honduras, México… Pasamos como por seis o siete países”, dice Junior, y se lamenta porque el celular en el que guardaba videos y fotos del recorrido se le mojó en el río Bravo. “Me gustaría que se pudiera arreglar para sacar todos los recuerdos. De cuando montamos en tren, cuando montamos en lancha. El tren ya fue en México. La famosa ‘Bestia’”, dice.

La Bestia. También llamado El tren de la muerte. Miles de migrantes viajan cada día en el techo de sus vagones, en busca de llegar desde el sur mexicano hasta la frontera con Estados Unidos. A Yini y a sus niños, según cuenta su hermana, los bajaron las tres veces que intentaron tomarlo.

—¿A usted cómo le fue en la Bestia? —le pregunto a Junior.

—De eso bajan a mucha gente, sí. Pero Eider y yo veníamos con la voluntad de Dios. Diosito nos hizo invisibles. No nos vieron. Lo mismo que a muchos roban, y a mí no. Y eso que caminé días y días bajo los rayos del sol. Me tocó pasar cosas duras. Sin un techo para dormir. A veces comía una solo vez al día, a veces no comía.

—¿Y valió la pena?

—Sí, claro. Ya estoy acá, gracias a Dios. Falta Eider. Si mi amigo apareciera, yo estaría feliz.

Junior llegó a su destino, pero dice que no está feliz. Su compañero de viaje sigue desaparecido. Posiblemente se lo llevó el río. Como a Jesús David, el hijo de Yini al que le decían “terremoto” por lo travieso y que alcanzó a izar bandera en transición. Como pudo haberle pasado a Eileen Mariana, su hermana de 4 años. Hoy Yini está en un refugio estadounidense, pisando su tierra prometida, pero sin poder soltar una sonrisa porque sus dos hijos no están con ella.

Junior.
Eider.
Yini y sus niños. 

Tres historias impulsadas por el mismo sueño, pero que tomaron rumbos diferentes.

MARÍA PAULINA ORTIZ
Cronista de EL TIEMPO