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Por qué Colombia dice #NuncaMásEscobar

La historia de Pablo Escobar, el ‘patrón del mal’, tiene dos caras. Una de ficción, representada, entre otros actores, por el carismático Andrés Parra, el brasileño Wagner Moura con su exótico acento, o la cinematográfica del español Javier Bardem. En esta historia también hay insólitos restaurantes con su nombre, camisetas con su rostro y libros de todos los géneros.La otra, la real, es dolorosa y sangrienta. Ocurrió aquí, en las calles colombianas, y no fue glamurosa. Al contrario, la sufrieron 34 millones de habitantes, la población del país en la época, que se topaban con el miedo a la vuelta de la esquina.

¿Cómo sobrevivieron los mayores de un cuarto de siglo a situaciones tan dramáticas? ¿Cómo explicarles a los menores de 25 años, y a esos en el exterior que identifican a Colombia con el capo, lo ocurrido? Es difícil hallar respuestas. Podemos contar el cuento por un golpe de suerte y por el valor de una sociedad que no claudicó jamás y echó para adelante.

En los tiempos de Pablo Emilio Escobar Gaviria (Rionegro, Antioquia, 1.° de diciembre de 1949 -Medellín, 2 de diciembre de 1993), un acto tan trivial como salir a la calle implicaba riesgos. La gente se cambiaba de acera ante un vehículo estacionado por temor a que fuera un carro bomba. Explotaron más de un centenar de manera calculada, como sucedió en vísperas del día de la Madre en 1990 y cuyo blanco fueron las desprevenidas familias que iban hacia dos centros comerciales en Bogotá y otro en Cali.

La cotidianidad se vivía con el corazón en la mano. Los inocentes morían de las formas más inverosímiles. Así, entre centenares de inocentes, perdieron la vida 111 personas en un vuelo comercial de la aerolínea Avianca en el trayecto Bogotá-Cali. El HK-1803 explotó tras despegar del aeropuerto El Dorado. Sobre el cerro Canoas, en Soacha, quedaron dispersos el fuselaje, los restos de las víctimas y su equipaje, hecho jirones, entre una maleza de verdes claros.

La obsesión del capo era generar pánico. En una ocasión, antes de la celebración del Día del Amor y la Amistad, corrió el rumor de que el agua de las ciudades había sido envenenada.

Cuando se creía que nada podría ser peor que ese acto de terror de la fría mañana del lunes 27 de noviembre de 1989, una semana después, Escobar y su socio del crimen, José Gonzalo Rodríguez Gacha, alias el Mexicano, volaron el edificio del DAS en Paloquemao, centro de la capital, con un bus bomba de 500 kilos de dinamita. ¿Cómo olvidar lo visto allí a las 7:30 de la mañana? Al menos 66 personas muertas, destrozadas, en el asfalto; un profundo cráter con un radio de 80 metros, los vidrios caían que uno a uno de los edificios; una estela de polvo se levantaba de lo que habían sido 300 locales comerciales. En las calles, los conductores aceleraban para huir y cientos de heridos clamaban ayuda, algunos amputados, tratando de tapar con sus manos los chorros de sangre de sus propios cuerpos.

La obsesión del capo era generar pánico. En una ocasión, antes de la celebración del Día del Amor y la Amistad, corrió el rumor de que el agua de las ciudades había sido envenenada.

Pero ¿en qué momento este hombre inició tal barbarie contra toda la sociedad? La declaración oficial de guerra fue el 30 de abril de 1984 en la calle 127, norte de Bogotá, cuando dos jóvenes sicarios –uno de ellos Byron Velásquez Arenas, acababa de cumplir 18 años– asesinaron desde una motocicleta al ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, quien estaba próximo a llegar a casa en su vehículo oficial. La muerte del valiente y muy joven funcionario –tenía 37 años– llevó al gobierno de Belisario Betancur a reactivar la extradición, que era entonces el arma de la ley más temida por los barones de la mafia. Para su violento contraataque crearon un grupo, encabezado por Escobar, al que bautizaron ‘los Extraditables’. Su consigna: “Preferimos una tumba en Colombia que la cárcel en Estados Unidos”.

Hasta esa época, Escobar había sido un insípido político recién llegado a la Cámara de Representantes en condición de suplente y que en Antioquia se presentaba como “altruista hombre de negocios”: regalaba dinero en barrios deprimidos, impulsaba reinados y se decía amante del fútbol. Tanta generosidad no era gratuita. Era la fachada del lucrativo negocio del tráfico de drogas. Lara lo denunció en público, y Escobar salió por la puerta de atrás del Congreso y se le canceló la visa de Estados Unidos. Con ayuda de sus fichas en el Congreso, el mafioso intentó desprestigiar al Ministro, y como no logró hacerlo, simplemente lo asesinó.

“No nos callarán”

Para el que fue por casi una década el criminal más temido del mundo no había término medio. En la otra orilla, sin embargo, también hubo un sinnúmero de ciudadanos valientes que lo enfrentaron sin otra arma que la legalidad, como el director de El Espectador Guillermo Cano Isaza. Periodista sagaz y de memoria prodigiosa, fue uno de los primeros en desenmascarar los cantos de sirena de Escobar.

Cuando el capo empezó a hacer sus estrafalarias apariciones en tarimas políticas, junto a líderes del Partido Liberal, y a recibir un trato preferencial por figuras de la farándula como la presentadora Virginia Vallejo, Cano pensaba dónde lo había visto. Recordó que fue en una fotografía de su rostro en la noticia de una captura, años atrás, en la frontera con Ecuador, cuando era un delincuente de poca monta. Buscó la imagen, la volvió a publicar y desde entonces se dedicó a denunciarlo sin concesiones y con una vehemencia que solo fue refrenada cuando lo mataron, de ocho disparos en el pecho, frente a las instalaciones del diario. Era la noche del 17 de diciembre de 1986.

Al día siguiente se produjo una protesta inédita en el planeta. Los periodistas de Colombia se silenciaron, marcharon unidos con la consigna de no ceder y, a pesar de sus diferencias ideológicas y empresariales, integraron sus unidades de investigación en un equipo, llamado El Frente Unido, para denunciar a Escobar y los demás barones de la droga. “No nos callaran” fue el mensaje.

(Escobar) fue el ejemplo viviente de era posible acumular fortuna de la noche a la mañana, sin importar los medios.

La reacción de Escobar fue, otra vez, brutal. Empezó a matar periodistas, uno a uno; y luego secuestró a un grupo más de notables, entre ellos a Francisco Santos, jefe de redacción de EL TIEMPO, y a Diana Turbay, directora del noticiero de televisión Criptón, editora de la revista Hoy por hoy. La hija del expresidente Julio César fue asesinada en el intento de rescate.

A Escobar también lo enfrentaron anónimos y valientes investigadores de la Rama Judicial y centenares de policías, a pesar de que él había optado por una cacería contra ellos al ofrecer una recompensa por cada agente muerto. Fue un verdadero genocidio. Solo en el mes de enero de 1990, en las calles de Medellín fueron asesinados 400 policías. Sí. 400. “No es un error de digitación. Eso fue lo que ocurrió”, confirmaría a un periodista el expresidente César Gaviria Trujillo acerca de lo que tuvo que enfrentar durante su gobierno.

Ha sido tal vez el capítulo más tenebroso de nuestra reciente historia. Una mente brutalmente criminal, apoyada en una fortuna sin límites, en una inteligencia diabólica y una total falta de escrúpulos, desafió durante una década a todas las fuerzas combinadas del Estado, la DEA, la CIA, el cartel de Cali, ‘los Pepes’, los servicios de inteligencia ingleses e israelíes… Es algo de no creer. Por eso, aunque me parezca repulsivo, entiendo por qué la figura de Pablo Escobar ha sido tema de tantos libros, películas y series televisadas nacionales y extranjeras”, escribió el periodista Enrique Santos Calderón en su libro de memorias ‘El país que me tocó’.

Las acciones de Escobar aún gravitan en distintos ámbitos de la sociedad. Una tarde, conversando con una matrona paisa en su cálida sala de Medellín, ella sorprendió a los enviados especiales de EL TIEMPO, que indagaban sobre su poderío.

Herencia maldita

“¿Ustedes por qué se preocupan tanto por Escobar?, nos dijo. Perplejos ante la insólita pregunta, ella advirtió: “Más bien, empiecen a averiguar de esos jóvenes a los que él les está enseñando todas sus mañas. Por ejemplo, Carlos Castaño. Ese, creo, va a ser peor”, pronosticó.

Era la primera vez que escuchábamos el nombre de quien luego sería el jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc), un ejército de extrema derecha responsable de buena parte de la violencia en el país durante las últimas dos décadas. Su hermano, Fidel, era uno de los aliados de Escobar, aunque luego lo traicionó y combatió como uno de los fundadores de ‘los Pepes’, grupo de asesinos organizado antiguos capos que concluyeron que Escobar se había salido de madre.

Escobar no solo cambió los valores de los abuelos que inculcaban la creencia de que los resultados se conseguían tras una vida de esfuerzo. El fue el ejemplo viviente de era posible acumular fortuna de la noche a la mañana, sin importar los medios. “El día que usted haga algo malo, hágalo bien hecho, no sea tan pendejo de dejarse pillar”. Esa, decía él mismo, era una lección que le enseñó su madre, Hermilda de los Dolores Gaviria Berrío.

El mismo narcotráfico cortó de un solo tajo una generación de honestos líderes políticos que de haber alcanzado sus propósitos posiblemente habría construido un país distinto.

Fue el referente de los que la sociedad colombiana llama ‘traquetos’, un modelo social que más allá de los clichés reproducidos una y otra vez en las series y novelas sobre las mujeres de la mafia mantiene vivo un fenómeno, el narcotráfico, que a Colombia le ha costado miles de muertos y millones de hectáreas destruidas por los narcocultivos. También, en los últimos años, decenas de miles de adictos, porque el cuento de país exportador de droga hace rato que pasó a la historia para dar paso a uno donde el consumo es un problema de salud pública cada día más apremiante.

El mismo narcotráfico que cortó de un solo tajo una generación de honestos líderes políticos que de haber alcanzado sus propósitos posiblemente habría construido un país distinto.

Colombia, por ejemplo, nunca volvió a ser igual luego del crimen de Luis Carlos Galán, el viernes 18 de agosto de 1989. El día anterior, una encuesta de EL TIEMPO y Reportajes Caracol mostraba que tenía una imagen positiva del 81,1 por ciento, una cifra que auguraba que sería elegido presidente en las presidenciales del año siguiente. “Claro, si la mafia no lo mata”, se escuchaba en todas las conversaciones.

Precisamente, Galán había estado unos días atrás, el 4 de agosto, en Medellín cuando se descubrió que lo iban a asesinar con un lanzamisiles en una conferencia de la Universidad de Antioquia. El coronel Waldemar Franklin Quintero, responsable de la policía en ese departamento, le salvó la vida, lo sacó a las carreras de allí y él mismo lo llevó hasta el aeropuerto Olaya Herrera. En el camino, hablaron de no rendirse ante los barones de la droga.

“¿Cómo es ese cuento de que usted no tiene escolta?, le preguntó Galán. “No puedo exponer la vida de otras personas para proteger la mía”, le respondió el oficial. A las 6: 18 a. m., del también viernes 18 de agosto, el carro Nissan Patrol que lo trasladaba se detuvo en una esquina del barrio Calasanz. “Mi coronel, lo van a matar”, le dijo su conductor antes de emprender la huida. El oficial, que en su lucha contra los narcos obtuvo 26 condecoraciones y 54 felicitaciones, recibió 154 disparos, solo e indefenso.

A Galán lo asesinaron ante 20.000 personas en una plaza de Soacha, en una improvisada tarima, tras haber sido llevado allí en carro destartalado, sin protección alguna. “Lo llevaron al matadero”, diría su secretario Juan Lozano.

Gabriel García Márquez habría de contar que no existía en los alrededores de Bogotá un sitio más triste para matarlo a uno, y que esa acción sería el error más grande de los narcos: “Con hechos como este, harán de Colombia un país abominable en donde ustedes mismos no podrán vivir, ni sus hijos ni sus nietos”, respondió a la medianoche de ese viernes a un periodista que lo llamó para preguntarle su reacción.

Su augurio se cumplió. Uno a uno, los integrantes de los carteles fueron cayendo, muertos o encarcelados, mientras el país siguió su marcha hacia adelante. Con la convicción de decir: ‘Nunca más Escobar’.

ARMANDO NEIRA
EDITOR DE CULTURA