‘Siete cabezas’

Hace seis años, el director caleño Jaime Osorio Márquez hizo un potente debut con El páramo (2011), una cinta de terror. Con Siete cabezas, su segunda película, se decanta por el suspenso psicológico.

La historia se sitúa nuevamente en un espacio extremo, un páramo real, para continuar con la reflexión sobre la maldad humana, la fragilidad de las especies, la muerte de la naturaleza y el fin del mundo.

En Siete cabezas los personajes son también como en El páramo: seres atormentados, con un alma y un cuerpo enfermos. Los soldados en su ópera prima combatían al enemigo externo y a sus propios demonios y en Siete cabezas los personajes principales están enfrentados a lo desconocido, a sus propios miedos y abismos.

En Siete cabezas la muerte exterior es reflejo de la angustia interior que vive un personaje retraído como Marcos. Este hombre de pocas palabras trabaja como guardabosques en una reserva natural.

Los humanos solo sabemos acabar con todo o casi todo. Arrasamos con seres humanos y animales con una crueldad nunca antes vista

Será el encargado de guiar a una pareja de biólogos que investiga la mortandad masiva de aves. La muerte de los animales se plantea entonces como una señal de males mayores.

Con ritmo pausado, la película mantiene el interés del espectador y la intriga hasta el final. La tensión psicológica y sexual está muy bien construida. Y el conocimiento de los personajes se da en forma paulatina.

La historia se estructura a través de opuestos: el hombre y la bestia, el bien y el mal, el fuego y el hielo. Y a esto se suma, una preocupación válida y genuina por nuestra relación con la naturaleza.

En una cinta como La sal de la tierra una de las conclusiones era que los seres humanos somos uno con las demás especies y seres vivos. Y que la destrucción de la naturaleza, a causa de la ambición e indiferencia humanas, lleva inevitablemente a la propia destrucción.

Por eso puede entenderse que Marcos se sienta tan enfermo e impotente como los animales que están muriendo a su alrededor. Él padece una enfermedad (Desorden de integridad de la identidad corporal) que la película no explica y en la que no se reconoce como propia alguna parte de las extremidades.

De igual forma, los humanos sufren -en forma consciente o inconsciente- al no reconocer que conforman una unidad con los seres vivos que le rodean. Es un desequilibrio, una alteración que enferma.

“Los humanos solo sabemos acabar con todo o casi todo. Arrasamos con seres humanos y animales con una crueldad nunca antes vista”, afirma el biólogo Leo -uno de los protagonistas- con una mezcla de certeza y decepción.
La película hace referencia al Apocalipsis, pero “no como algo que va a pasar, sino como algo que ya pasó y que va a seguir pasando”.

Pretendo que cada uno de los elementos del relato se instale poco a poco en el espectador para crear la sensación de desolación que debe dejar la idea del fin del mundo

Siete cabezas no deja indiferente. Perturba y deja una sensación de desasosiego, de desesperanza, de vacío, que, sin embargo, incita a la acción.

“Pretendo que cada uno de los elementos del relato se instale poco a poco en el espectador para crear la sensación de desolación que debe dejar la idea del fin del mundo”, explica Osorio.

Vale destacar la excelente música original de Camilo Sanabria (Amazona) y la sobria fotografía de David Gallego (El abrazo de la serpiente).

La película fue rodada en un tiempo récord de 14 días en el páramo de Chingaza y es la primera producción que se autoriza a ser filmada en este ecosistema.

Martha Ligia Parra
Crítica y columnista de cine
Para EL TIEMPO
MEDELÍN

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