Alfonso Rojo: "Albert Rivera no puede hacer el Don Tancredo, tiene que saltar al ruedo del Gobierno"

Más consejos para Albert Rivera en este 24 de julio de 2016. Los columnistas de la prensa de papel le hacen ver que al país no le conviene en modo alguno tener que volver a unas terceras elecciones y que debe de dar ese paso necesario, dar un sí a Rajoy, con todos los condicionantes que desee, pero no quedarse quieto.

Arrancamos en La Razón y lo hacemos con Alfonso Rojo, que vuelve a aconsejar a Albert Rivera que no se quede inmóvil y se moje de cara a la formación de Gobierno:

El periodismo es así. El pasado 26 de junio, apenas concluido el recuento, hubo algún periódico nacional que tituló a toda página «Ciudadanos se hunde» y los expertos televisivos coincidían en la tesis de que los resultados hacían casi «irrelevante» al partido de Albert Rivera. No ha transcurrido un mes y las cosas pintan muy diferentes. Es evidente que en los pasados comicios la formación naranja se vio penalizada por la polarización de la campaña entre derecha e izquierda y por la hábil estrategia de Rajoy, quien ocultó hasta las siglas del PP, identificó a sus votantes potenciales mejor que nadie y convocó a la gente a concentrar en su persona el voto moderado. Eso y quizá las dudas de antiguos peperos por los arrumacos que Rivera había estado dedicando al socialista Sánchez hicieron que Ciudadanos emergiera de las urnas con ocho escaños menos de los que había cosechado el 20-D.

La paradoja, como estamos viendo ahora y nos hartaremos de comprobar en los próximos días, es que la posición estratégica de Rivera ha mejorado sustancialmente: si el PP y Ciudadanos sumaban antes 163 escaños, ahora reúnen 169, a sólo siete de la mayoría absoluta. Aritméticamente, no es suficiente para investir presidente a Rajoy de forma automática, pero sí para forzar al PSOE a permitirla y para determinar por dónde discurre España en los próximos años. Ahí estriba la enorme responsabilidad de Rivera.

Y recalca:

No es el momento de quedarse cómodamente en el tendido y aplaudir o pitar la faena. Ni siquiera para plantarse pintado de harina en el centro del coso y hacer inmóvil el «Don Tancredo». Es la hora de torear, de ceñirse el traje de luces y saltar a la arena. Entraña riesgos, porque te puede coger el toro, pero para alguien como el joven líder del nuevo centro español no habrá una oportunidad como ésta. A la vista de cómo se perfilan el PSOE y Podemos, es evidente que Ciudadanos no tiene sitio en la oposición. No se oiría su voz, entre la desbocada demagogia que se avecina. Su papel y su espacio natural están en la regeneración del país y eso exige entrar en el Gobierno con todas las consecuencias y desde dentro, tras negociar programa y cambios concretos, ocupando la vicepresidencia y unos cuantos ministerios, darle a nuestra política otro tono, un aire nuevo y verdadera frescura. Uno no hace siempre lo que le conviene, ni siquiera lo mejor para el país, pero al final se paga un precio y en política suele ser el de la intranscendencia.

Ignacio Camacho, en ABC, asegura que Albert Rivera no es quien, exactamente como pasaría con otros candidatos, para aconsejar a Su Majestad, Felipe VI, que debe o no hacer con respecto a Pedro Sánchez:

Se equivocó Rivera, se equivocaba. Como la paloma de Alberti, creyó que el mar era el cielo y la noche, la mañana. Y guiado de ese afán adanista tan propio de los nuevos dirigentes, ha confundido transparencia con indiscreción y cometido un error de ingenuidad que dinamita la ronda de consultas del Rey antes de que empiece. Al anunciar su intención de pedirle a Felipe VI que presione a Sánchez para que se abstenga, el líder de Ciudadanos ha bloqueado cualquier capacidad de mediación del Monarca. Si lo ha hecho adrede sería aún peor; significaría que pretende bloquear aún más la situación. Lo más probable es que se trate de un desliz de buena fe motivado por la incontinencia comunicativa de la llamada nueva política, surgida en los platós, en las redes sociales, en los escenarios mediáticos. El silencio sigue siendo una herramienta imprescindible en el manejo de ciertos asuntos de Estado. Ser transparente consiste en publicar los acuerdos, no en radiar las conversaciones.

Le recuerda que:

Un hombre sensato y prudente, como Rivera ha demostrado ser, ha de saber que la Corona no puede presionar a nadie. Ni siquiera recomendar, inspirar o sugerir nada por su propia cuenta. El margen arbitral del Rey no consiste en eso. Hubo un tiempo en que acaso fue posible, cuando don Juan Carlos apuraba los límites constitucionales investido de su legitimidad de hecho, pero esa época pertenece al ciclo fundacional que partidos como C’s pretenden dar por clausurado. El actual jefe del Estado se mueve en un ámbito de actuación mucho más reducido porque ha cambiado el paradigma político. Su función moderadora carece de la auctoritas intervencionista que su padre utilizó basándose en su condición liminar de arquitecto del proyecto democrático. Pero incluso si don Felipe decidiese, por razones de excepcionalidad circunstancial, aventurar el prestigio de la institución explorando la ambigüedad del artículo 56 en una indeterminada tarea mediadora, sólo podría hacerlo con absolutas garantías de discreción que la extemporánea locuacidad del dirigente centrista ha disipado. Ahora más que nunca está obligado a preservar no sólo su neutralidad, sino la apariencia de neutralidad. Escuchar y decidir: ya no tiene la más mínima rendija para la insinuación o la sugerencia.

Si Rivera no quería realmente cerrar esa puerta, si de veras pretendía entreabrirla, lo ha hecho al revés y la ha clausurado. Más aún: ha recordado al soberano, en el improbable caso de que éste no lo supiera, que cualquier cosa que se diga en Palacio puede ser contada, publicada o twitteada. Hasta ahora la Zarzuela era el último ámbito de reserva de la vida pública española, un lugar donde las relaciones políticas aún se basaban en la mutua confianza. La nueva Constitución no escrita de la posmodernidad ha reducido aún más las atribuciones del Rey: ya ni siquiera podrá decir en su casa lo que le dé la gana.

El genial Antonio Burgos aprovecha lo sucedido en Munich, la muerte de ocho personas a manos de un loco (aunque inicialmente todo hacía presagiar otra cosa) para aseverar que estamos ante una guerra con todos estos actos de terrorismo:

Hay una nueva emigración que no tiene esta vez como banda sonora el «Adiós, mi España querida» de Juanito Valderrama, ni la fotografía tópica del vagón de tercera y la maleta amarrada con guitas camino de Düsseldorf. Es la emigración de los universitarios expatriados, que en un país que como muy cerca está en los Chirlos Mirlos encuentran el trabajo cualificado y bien pagado que aquí no hallaron a pesar de sus másteres: «Lo digo por experiencia/ porque a mí me ha sucedío», sentenciaba el cante. Me ha sucedido con mi hijo Fernando, que hace muchos años trabaja en Múnich. Quiero decir que la Jefa de mi Casa Civil fue de los cientos de madres españolas que tuvieron el corazón en un puño en la fatídica tarde del viernes, cuando desde Múnich comenzaron a llegar confusas noticias de un atentado en un gran centro comercial, sin saberse si era tiroteo, explosión de una bomba o cualquier otra fechoría de ese enemigo interior que tan bien conocemos en casa, cual el terrorismo, pues si les cuento ahora esto es gracias a la Virgen de los Reyes, que impidió que los hideputas pistoleros etarras me quitaran del tabaco, como querían, esperándome en la puerta.

Explica que:

No es para describir la angustia de una madre que sabe que su hijo suele ir a almorzar a ese centro comercial Olimpia del triquitraque de los mamones terroristas, pues le coge muy cerca de su oficina. Por eso le dedico estas líneas a Isabel como homenaje de amor a su aguante, cuando llamaba al teléfono móvil de Fernando y le salía directamente el contestador. Yo no le decía nada, pero pensaba que también saldría el contestador cuando las madres de las víctimas de las explosiones de los trenes de Atocha llamasen a sus hijos. Qué hora de angustia, qué imagen más honda del terror, hasta que, ¡por fin!, sonó el teléfono y eran ellos, Fernando y su mujer, que nos decían que estaban bien. Aunque había recomendado un virtual Toque de Queda la muniquesa Polizei de los coches verdes y grises que tantas veces he visto patrullar por sus calles y que a caballo, como el sevillano Escuadrón de La Paz, abría en la católica Múnich la muy devota y popular procesión del Corpus hasta la Marienplatz donde aún se recuerda al arzobispo Ratzinger.

Cuando me preguntan dónde está mi hijo, de broma y con guasa sevillana, suelo contestar:

-Lo tengo en Alemania; está en la División Azul de ahora…

Prosigue:

Pero es que es verdad. Él y todos estamos en el frente. En un frente mundial. Me lo hizo ver mi amigo el sociólogo José Antonio Gómez Marín. Como tantos amigos a los que les doy las gracias por sus llamadas, sus mensajes y su interés, sabiéndonos padres de hijo trabajando en la ensangrentada Múnich, le comenté de broma a Gómez Marín, para quitar hierro a la angustia que había pasado Isabel, lo de la División Azul. Y él, que tuvo un tío héroe de aquella División 250, cuyos restos se trajo a España desde el cementerio de los caídos de Krasny Bor a los que ahora les quitan la calle, me dijo:

-Pues no es ninguna broma lo que me dices. Esto es una guerra. El terrorismo a escala mundial es una guerra no declarada cuya importancia no estamos valorando. Quizá estamos viviendo ya la III Guerra Mundial.

Y finaliza:

Una guerra sin frentes, sin ejércitos, sin avances, sin retiradas. Pero donde toda la población de cualquier ciudad del mundo es carne de cañón. A todos nos han llevado a esta guerra, sin reclutarnos ni darnos uniformes ni armas. ¿Todos somos combatientes? No, somos como habitantes de poblaciones civiles bombardeadas en la II Guerra Mundial. Y mientras estamos en esta guerra, en la que todos mañana podemos ser los caídos, aquí la máxima preocupación es quitarle su calle al General Ordaz, su paseo al General Muñoz Grandes o su avenida a Pepe Utrera Molina. Se han equivocado de guerra. En esta, como en aquella que ahora quieren ganar los vencidos, todos somos siempre perdedores.

En El Mundo, Fernando Sánchez Dragó habla sobre como anda la izquierda, dándose palos entre ellos mismos:

La extrema izquierda tiene una enfermedad congénita: la fragmentación. Su lema es el opuesto al de los mosqueteros de Dumas: todos contra todos.

En septiembre de 1976 compré una guardilla de techos a ras de suelo en el barrio de Malasaña. En la esquina de la calle me topé con una pintada de brocha gruesa en la que se leía: «Exigimos la inmediata legalización del Partido Marxista-leninista (secciones XVI y XVII)». A las otras quince secciones, pensé, que las zurzan. Sonreí.

Resalta que:

En 1958, encontrándome en prisión junto a diecisiete camaradas universitarios del Partido Comunista (ya hablé hace poco de eso), el monolitismo que los mandarines nos predicaban se desmoronó al primer envite de la sensatez y surgieron por partenogénesis dos alas enfrentadas: la liberal, a la que me sumé, y la de la ciega obediencia al Politburó. Aquello derivó a riña de gatos: entramos en la cárcel siendo amigos y salimos de ella once meses después mirándonos con gesto torvo. Luego volvimos a amigarnos, aunque el síndrome de la ameba, que se reproduce por partición, siguió haciendo de las suyas. El Partido se recompuso en la Facultad de Letras, pero no tardó en aparecer la facción maoísta, y otra vez se fue la unidad al garete. El mayo francés la remató.

Los de Podemos andan ahora a la greña, aunque setenta y cuatro escaños no sean magra pitanza, pero la avaricia rompe el saco y las ilusiones perdidas también. El circo acaba de empezar. Todo sea por el bien de mis compatriotas y por el mío. ¡De buena nos hemos librado! Al día siguiente de las elecciones escribí en mi blog de elmundo.es un suelto titulado, con retintín, Alegría postcoitum y un troll escondido tras el número de la Bestia dejó este comentario: «No se preocupe, que en Podemos todavía no estamos muertos. No descarte que algún día lo veamos organizando unos Encuentros Podemitas en Castilfrío, Eso sí: después de haber superado un curso intensivo de reeducación a las nuevas ideas». Echenique, por su parte, ha dicho que actuará con contundencia para extirpar las malas hierbas.

Y se pregunta:

¿Les suena ese lenguaje? Lean, de no ser así, a Orwell, a Ayn Rand (Los que vivimos), a Martin Amis (Koba el Temible), a Reyes Monforte (Una pasión rusa) y a Julian Barnes (El ruido del tiempo).

¿España, de corte a checa? Algo sabemos de eso. Las expresiones utilizadas por el troll y por Echenique son inquietantes. Lean también a Foxá. Buen verano.

Arcadi Espada trata en su artículo del tema manido de los cambios de nombres en los callejeros de nuestras ciudades merced a esos nuevos popes la de política que han arribado a los Ayuntamientos:

Hace unos días fui a visitar los jardines de la casa Muñoz, en nuestro barrio. Han recuperado la traza original que les dio Forestier y resultan un espacio acogedor, aunque encajonado entre los edificios colindantes. En la puerta puede leerse Fundació Julio Muñoz Ramonet. Ajuntamentde Barcelona. El franquista y estraperlista de aúpa: En el cielo manda Dios y en la tierra los Muñoz se cantaba en los tiempos del cuplé y la penicilina. Muñoz donó su casa y su colección de arte al ayuntamiento y éste la exhibe hoy con énfasis.

Este mismo viernes, y por medio de su pisarello, la alcaldesa Colau anunció su intención de llevar al trastero una escultura que Juan Antonio Samaranch donó al Ayuntamiento, porque está contaminada de su dador. El pisarello detalló que de Samaranch había aflorado su «cara declaradamente franquista» y que su lugar no estaba «en los espacios representativos de este Ayuntamiento».

Apunta que:

Ada Colau condena la memoria de Samaranch porque solo les dejó una escultura en forma de bolsa de deportes: otro gallo le hubiera hecho cantar al pisarello si el gran hombre hubiese donado su colección de dibujos. Los regidores no advierten contaminación alguna en Muñoz. La lección está clara. La condena de la memoria (la damnatio memoriae) puede eludirse: sólo depende de lo que estés dispuesto a pagar. Aunque Muñoz no deja de ser un ejemplo modesto. El gran reto de la astringente memoria Colau será ver qué hace con los honores exhibidos en Barcelona a Francesc Cambó: monumentos, avenidas y su gran legado artístico. Cambó fue, naturalmente, uno de los grandes patricios del catalanismo. Pero lo que debía interesarle a Colau y a su condenada memoria es el dinero que, como catalanista y sin dejar un solo momento de ser catalanista, puso a disposición de Franco para ayudarle a ganar la guerra civil.

El dinero a disposición de los golpistas de Franco resurge con irónica belleza en la última operación de condena decretada en Madrid por la alcaldesa Carmena. La comisión ad hoc que preside Francisca Sauquillo ha propuesto 27 cambios en el callejero. En la relación hay muchos asuntos interesantes. La historia es difícil. La historia moral es dificilísima. Fíjate, mi liberada, si es que has conseguido llegar hasta aquí, en el nombre de Juan Pujol. Fue un periodista importante, un gran corresponsal de guerra en Abc, al que Fernández Flórez, que era un agudísimo crítico, puso como ejemplo de narrador. De Pujol habla también Augusto Assía en el capítulo Los corresponsales en el extranjero de la Enciclopedia del periodismo. Este párrafo: «Julio Camba, Gaziel, Ramiro de Maeztu, Salvador de Madariaga, Eugenio Xammar, Ramón Pérez de Ayala, Juan Pujol, Corpus Barga, Manuel Aznar, José Pla, Fernando Ortiz Echagüe constituyeron el más extraordinario plantel de corresponsales que, a la vuelta de la primera guerra mundial, poseía país europeo alguno». Observa al lado de quién está Pujol en el párrafo de Assía. Sí, Corpus Barga, otro gran periodista y autor de unas memorias, en especial su primer volumen, maravillosas. Corpus tomará posesión de la que hoy es la pintoresca plaza Juan Pujol, en Malasaña. Está bien así. Un rato cada uno. Se me ocurre que la comisión podría haber inventado el lapidario rotativo. Diez años, o mejor los 15 de la generación orteguiana, para cada uno. Ahora todo es digital y ya no hay que hacer tarjetas ni tarjetones ni sobres ni los Saluda que tanto gustan en Madrid. Ahora 15 años Corpus. Luego Gaziel. Luego Aznar. Luego Camba.

Considera que:

El castigo a Pujol es interesante, sobre todo, por otra cuestión. La cuestión es Juan March, el financiador principal de la rebelión franquista. Pujol trabajó para él, estrechamente. March no tiene calle en Madrid. Pero tiene una fundación. A diferencia de otras fundaciones de onomástica delicada, la Fundación Francisco Franco, sin ir más lejos, la Fundación March está honorablemente cosida al establishment. He visto que un Ernesto Moreno rescata en la web Drugstore un párrafo pasmoso (bueno, pasmoso: meramente socialdemócrata) de un editorial de 1980 del diario El País: «Esta fundación, que ahora vuelve la vista atrás, hace balance y puede enaltecerse de la densidad y calidad del trabajo realizado, que con toda seguridad hará pervivir el nombre de su fundador más allá de cualquier leyenda, de cualquier mito o polémica». Eso es. Repítelo conmigo despacito, el sic ya lo pongo yo: «…hará pervivir el nombre de su fundador más allá de cualquier leyenda [sic], de cualquier mito [sic], de cualquier polémica [sic, sic]. El País atina. Solo se trata de eso. De comprar la memoria. A Juan Pujol, el cortesano, no le alcanza.

Y entiende que:

En la lista de la comisión hay muchos más intersticios en los que fijarse. Te gustará saber que el teniente Castillo tendrá calle. Es pedagógico observar que si esa víctima del terrorismo fascista ha pasado las aduanas de la memoria se debe al asesinato que se ha interpretado como su réplica: el de José Calvo Sotelo, diputado de la derecha, víctima del terrorismo socialista pocas horas después del asesinato del teniente. Esta secuencia especular de la historia española la quebró el franquismo cuando llenó las calles de placas alusivas a Calvo Sotelo (la de Barcelona la sustituyó el alcalde Serra por la de Francesc Macià, golpista delirante, y por esas dos razones presidente de la Generalidad), sin que la memoria del teniente se evocara en lugar público. Ahora hay en Madrid una oportunidad de corregir la práctica simétrica. Si bien es verdad que Tierno Galván mandó quitar el Paseo Calvo Sotelo, sobrevive una mínima calle Calvo Sotelo (producto de la incorporación de Aravaca a la municipalidad de Madrid) en un margen de la carretera de La Coruña. Será interesante ver qué hacen con la calle la comisión y la alcaldesa. Otro añico del mismo espejo está en la propuesta de quitarle calle a Millán Astray y dársela a la Inteligencia, una tierna pompa que recuerda los días prometeicos en que se daban honores a la Electricidad. Se le quita la calle al militarote para que su faz feroz y tuerta no asuste a los niños, pero ahí queda oblicua su invectiva: el ¡Muera la inteligencia! que le espetó al viejo, valiente y digno Miguel de Unamuno. En ese caso la operación Castillo no ha podido practicarse, porque al parecer, con la ley de Memoria Histórica en la mano, ¡Unamuno no puede tener una calle! por su apoyo de primera hora al golpe militar.

La farsa principal de este cuento lapidario, tan hipócrita, es que se haga en nombre de La Memoria. Cuando se hace en nombre de La Bondad. De lo que se entendía por La Bondad en las primeras décadas españolas del siglo veintiuno después de Cristo.

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