Alfonso Ussía sacude de lo lindo a Verstrynge y sus colegas podemitas: "Los psicópatas de la izquierda mugre culpan a Aznar de lo de Niza"

La matanza de Niza, como no podía ser de otra manera, es el tema único en las tribunas de opinión de la prensa de papel de este 16 de julio de 2016, día del Carmen. Muchas de ellas piden y exigen que se acabe ese reduccionismo que tienden a hacer determinados políticos de achacar los atentados a bombardeos anteriores en los países de origen y, sobre todo, animan a que se quiten etiquetas buenistas, que estos tipejos no son delincuentes, sino terroristas.

Arrancamos en La Razón y lo hacemos con Alfonso Ussía, que sacude palos a tutiplén contra esa patulea que considera que lo fácil con los atentados de Niza era acusar a Aznar, el gran comodín de la izquierda radical para explicar cualquier atentado contra Occidente:

Los psicópatas de la izquierda mugre española ya han encontrado al culpable del brutal atentado de Niza. Se trata de José María Aznar. Las policías española y francesa, la Interpol, el FBI, la CIA, Scotland Yard y el Mossad conocen el paradero del asesino. También yo. Creo que anda por El Escorial o sus alrededores, en los cursos de verano de FAES. Pero se trata de una coartada débil. Puede haber volado a Niza y estar de vuelta en El Escorial invirtiendo pocas horas. Pero basta de bromas, que la tragedia no las admite. Sucede que podría interpretarse como una broma de pésimo gusto el atribuir a José María Aznar, víctima del terrorismo etarra, la autoría del sangriento y estremecedor atentado terrorista islámico en Niza.

Añade que:

El problema se sostiene porque no se trata de broma alguna. Esos desalmados, los mismos que celebran la muerte de un torero, los mismos que incitan al asesinato de algunos políticos del Partido Popular, los mismos que amenazan a Beatriz Talegón por poner las cosas en su sitio saltándose las vallas de las normas progres , los mismos que se ceban en el insulto a una viuda destrozada, los mismos que celebran el Ramadán y amenazan con pintadas los templos católicos. Los mismos que se oponen a condenar la sanguinaria intolerancia del Islam, los mismos que defienden la prisión caprichosa de los inocentes en Venezuela, los mismos que oprimen a sus ciudadanos con consignas nazis de represión lingüística, los mismos que establecen comparaciones y equivalencias entre los que matan y los que mueren, esos mismos, los de la izquierda psicópata y mugre, han determinado que Aznar es el culpable del atentado de Niza. Y no existe la posibilidad de la sonrisa, porque en su retraso mental y su rotunda incultura, no caben las posibilidades de la reflexión. Pienso en la culta izquierda española y lamento los malos momentos por los que atraviesa, y el ridículo que siente cuando analiza a sus representantes, y el hueco insalvable que separa a la izquierda española leída, incluso a la más radical, de estos desgarramantas con el odio como única mochila y la envidia de la mediocridad como sola alforja de compañía.

Recalca que:

Los asesinos, y a ver si se entera de una vez un tal Pablo Hasel, el rapero íntimo de Iglesias y Monedero, el que vomita bazofias y vive con la esperanza de disfrutar del dolor ajeno, los asesinos -repito-, son los terroristas del Estado Islámico. Los que han sido recibidos en Europa con los brazos abiertos, y responden a la bienvenida con la brutalidad medieval que caracteriza sus actos. Estos asesinos han sido perfectamente instruidos para matar inocentes. Su Dios, en su interpretación monoteísta de la Edad Media, sigue ordenándoles asesinar a los infieles, sean franceses, españoles, ingleses o americanos, y con igual perversión a hombres, mujeres o niños. La sangre de un occidental es su triunfo, incluida la sangre de Pablo Hasel, al que no deseo que se tope con ellos mientras comparte con sus amigos una cerveza o pasea confiado en su serena libertad. Acusar a Aznar del atentado de Niza sólo cabe en mentes tan podridas por el odio y tan deshabitadas por el raciocinio, que asusta pensar hacia dónde podríamos ir si algún día el mundo occidental cayera en sus manos.

Están ahí. En las redes sociales, en los medios de comunicación, en los despachos de influencias, en las estrategias políticas, en los ayuntamientos, los parlamentos autonómicos, el Congreso de los Diputados y el Senado. Están ahí, y cuando el islamismo destroza una esquina cualquiera de Europa o América, y deja en la esquina decenas de muertos inocentes, ellos celebran la «hazaña», y sólo los más significados del conglomerado del odio se ven obligados a manifestar un sentido pésame que no sienten nada. No se trata en exclusiva del fanatismo, de la incultura o de la majadería. Son fanáticos, son incultos y son majaderos, pero además de todo ello, son psicópatas violentos que depositan en otros más violentos todavía, sus esperanzas del caos. Y también son cobardes. Están ocultos en el anonimato, se mueven por las cloacas, y cuando sienten que pueden ser identificados, se convierten en víctimas de una persecución que no les persigue. Están ahí. Si el terrorismo islámico no los tuviera de aliados, su capacidad terrorista menguaría notablemente. Cuidado con ellos.

En El Mundo, Enric González entiende que lo de Niza es una cuestión de odio, algo que podemos ver de manera cotidiana en las redes sociales con algo tan sencillo como la cascada de improperios en las redes sociales contra la familia de Víctor Barrio, el torero muerto en Teruel tras una cogida el 9 de julio de 2016:

La característica más llamativa del presente es la proliferación del odio. El fenómeno tiene consecuencias atroces en ciertos sectores de las sociedades musulmanas. El asesinato en masa perpetrado en Niza constituye la prueba más reciente. Uno diría (sin restar importancia a muchas otras consideraciones) que Mohamed Lahouaiej Bouhlel, un pequeño truhán, representa un ejemplo típico de islamización del odio. Por decirlo de forma más precisa, de odio vagamente islamizado.

Reclama que:

Acerquémonos a nosotros mismos, a los miembros de una sociedad desarrollada y laica como la española. La muerte del torero Víctor Barrio desató en las redes sociales una auténtica tormenta de odio, por parte de quienes jalearon la cornada y por parte de quienes se arrojaron sobre los jaleadores. Se trata de algo más o menos habitual en las redes, un espacio en el que los miserables se sienten importantes. Solía decirse que el debate cibernético constituía una nueva versión de la charla de bar, pero esa me parece una apreciación demasiado benévola. Aunque en las redes se encuentra de todo, las dosis de furor malévolo resultan anormalmente elevadas. Quizá porque ahí los miserables tienen quien les escuche.

Desea que:

Ojalá el fenómeno se limitara al mundo virtual y a España. También en la política, una expresión más depurada que las redes del ánimo colectivo, el odio asume la condición de pivote. No se entiende el auge de los populismos sin el sustrato de odio que los alimenta. Está por todas partes. Las elecciones estadounidenses enfrentarán a un patán xenófobo como Donald Trump y a un personaje tan turbio como Hillary Clinton; el Frente Nacional es el primer partido de Francia; el Brexit se ha construido, pese a la proverbial sutileza del electorado británico, sobre mentiras y aversión a lo foráneo. Resurgen los nacionalismos. Qué voy a decirles del debate español que no sepan ustedes: quien no es fascista es traidor separatista, quien no es un sicario de Venezuela e Irán es un corrupto que goza humillando a los pobres.

Y termina apuntando que:

El sentimiento de odio puede definirse como un dolor anímico que atribuimos a un factor externo. Quizá la sobreabundancia de información y la sobreexposición a las desgracias universales nos esté llevando a un repliegue de tipo paranoico, por el que atribuimos nuestra infelicidad a quienes no son o piensan como nosotros. El islamismo nihilista (algo no tan contradictorio como parece) dispone de una inmensa masa de reclutas potenciales.

En ABC, Jaime González se fija en esos políticos, generalmente de la izquierda, que tratan de poner el acento en que no se generalice ni se use indiscriminadamente el término terrorista que, como diría Pablo Iglesias, líder de Podemos, esto no es una guerra, sino mera delincuencia:

Una cosa es la unidad en el dolor -la pena y el espanto son sentimientos que no responden a ideologías, y quien no se aflige ante el horror es que está fanatizado- y otra cosa muy distinta es la unidad en el análisis, la exégesis y la respuesta al terrorismo islámico, en la que que cada uno es de su padre y de su madre. No hay que ser muy sagaz para aceptar que existen profundas discrepancias sobre cómo combatir al yihadismo, porque para buena parte de la izquierda lo que está ocurriendo es consecuencia de la guerra de Irak, de Afganistán y otras contiendas bélicas en las que Occidente se comportó como un «matón». Dicho de otro modo: que el yihadismo es un fenómeno de reacción, la brutal respuesta a los excesos del mundo mal llamado libre, porque la crisis económica y las desigualdades sociales de esta Europa de mercaderes son un caldo de cultivo para el terror.

Señala que:

En lugar de hablar de integrismo se les llena la boca de integración y multiculturalismo, mantras contemporáneos que enarbolan como solución a un problema que se resuelve acabando con los «guetos de exclusión». Y como el autor de la matanza de Niza era un tunecino con problemas económicos, someten lo ocurrido a su particular prueba del nueve para concluir que los recortes sociales y la quiebra del Estado del bienestar han prendido la llama, aunque quienes manejen los hilos del yihadismo no sean precisamente unos muertos de hambre, sino -en muchos casos- matarifes que han crecido en la opulencia y estudiado en las mejores universidades privadas.

Pedro Sánchez insistió ayer en la Alianza de Civilizaciones -¿cuál es la otra, además de la nuestra?- y Pablo Iglesias afirmó que lo de Niza no es una guerra, sino delincuencia, como el que roba una gallina o un kilo de peras. Dice el secretario general de Podemos que el problema no se resuelve con bombas, sino pacificando, que es el gerundio que utilizan los Abundios.

Y remata:

De modo que tras la unidad en el dolor y las fotos de solidaridad con las víctimas -lo que no es poco, visto con perspectiva histórica- coexisten dos maneras radicalmente distintas de interpretar el problema. La pregunta es: ¿de quién es la culpa? ¿De ellos o nuestra? La izquierda a coro responde: ¡de los dos!, como si en el castigo lleváramos la penitencia. O sea, que nos asesinan y, encima, tenemos que pedir perdón. Cada vez tengo más claro que la tragedia de Occidente es que abundan los Abundios.

Salvador Sostres tira contra el buenismo de los que consideran que lo que sucedió en Niza no es parte de una guerra, sino de que quienes atacan lo hacen por un sentimiento de resquemor, porque entienden que Occidente les ha condenado a la pobreza:

Algunos dirán que nos merecemos este ataque por culpa de los Estados Unidos, de Israel, de Aznar o de Al-Ándalus; y que si los islamistas son violentos es porque nosotros les condenamos a la pobreza, que es la versión genérica del gran clásico de la corrección política: «Los palestinos sólo tienen piedras».

También escucharemos elogiar la diversidad religiosa y proclamar que hay una mayoría pacífica y silenciosa de musulmanes, otro apoteósico lugar común del buenismo.
Y los más cobardes dirán que esta guerra no va con ellos, y hasta negarán que es una guerra.

Aclara que:

Pero el jueves volvió a suceder exactamente lo mismo que en Atocha, en las Torres Gemelas o en París. Un islamista tomó sus armas y nos mató por ser occidentales, cristianos y libres.

Han usado pistolas, bombas, trenes, aviones, autobuses, todo el arsenal imaginable contra nosotros. El pasado jueves fue un camión. Si hay una mayoría musulmana silenciosa, estamos ansiosos por oírla. Si alguien cree que la solución es que Israel entregue a otros seis millones de judíos, que tenga el valor de decirlo.

En el camión de Niza viajaba el único autor material del atentado, pero le hacía los coros esta imperdonable dejadez occidental que vive más concentrada en sus resentimientos que en su alarmada línea de defensa.

No puede extrañarnos que los islamistas vengan a por nosotros y a por nuestro modo de vida libre, porque todo lo que somos y hacemos pone en evidencia su barbarie y su atraso.

Pero resulta desesperante que estos pedantes y presumidos conciudadanos nuestros todavía no se hayan dado cuenta de que la libertad no es un derecho, sino un deber, y que tiene un altísimo precio, y que su ridículo postureo lo carga el camionero.

Y concluye:

De fondo, y una vez más, los Estados Unidos con su Ejército -que tendría que recibir el Nobel de la Paz si este premio no se hubiera convertido en una parodia de sí mismo, habiendo sido otorgado a personajes tan siniestros como Arafat- son los únicos que están empezando a derrotar a Daesh y a devolvernos la tranquilidad.

Luis Ventoso se rebela contra políticos como el primer ministro francés, Manuel Valls, por soltar un lacónico mensaje de que tenemos que empezar a acostumbrarnos a estos episodios de terrorismo:

Uno de nuestros sobrinos, un chaval de 16 años, se encuentra estos días en Niza estudiando francés. El jueves se pasó parte de la tarde con unos amigos en el paseo marítimo, adonde iban a diario. Luego subió a casa a cambiarse, con la idea de bajar de nuevo allí. Cuando iba a salir a la calle, escuchó un enorme alboroto de sirenas y supo lo que acababa de suceder.

«Estamos ya en una guerra abierta con los musulmanes», le comenté en caliente a mi mujer cuando conocimos lo del camión, atónitos y sobrecogidos, como todo el mundo. Ella, que es menos polvorilla, me corrigió: «No; estamos ante un problema terrible de terrorismo, causado por una facción minoritaria de musulmanes fanáticos».

Recuerda que:

Breivik, aquel neonazi que acribilló a 69 jóvenes en un islote de Noruega, era luterano. Tampoco era musulmán McVeigh, autor del atentado de Oklahoma (168 muertos); ni James Holmes, que irrumpió en un cine de Colorado y asesinó a doce personas; ni Alan Lanza, que mató a veinte niños y seis adultos en una guardería de Connecticut; ni el tirador de la semana pasada en Dallas. También es cierto que toda la cadena de espantos islamistas que nos descorazona está muy lejos de las dimensiones de las carnicerías que organizamos los europeos entre 1914 y 1918 y desde 1939 a 1944.

Pero aun así, hacemos el avestruz cuando no asumimos, con todas sus consecuencias, que radicales enajenados por una interpretación extremista del Corán vienen a por nosotros. Quieren hacernos el mayor daño, insufrible e inimaginable.

Destaca que:

El primer ministro Manuel Valls pronunció ayer una frase lamentable: «Hemos entrado en una nueva era y Francia deberá acostumbrarse a vivir con el terrorismo». Valls retrata así uno de los males de la Europa actual: la pusilanimidad a la hora de defender activamente sus principios y su modo de vida. No, señor Valls, no tenemos que acostumbrarnos, lo que tenemos que hacer es defendernos y derrotarlos.

Y se hace una serie de preguntas:

¿Por qué siguen tolerando los gobiernos occidentales que las redes sociales de los gigantes informáticos se utilicen para la apología del terrorismo islámico? ¿Cómo puede ser que hayamos remoloneado frente a Daesh durante tres años, permitiendo que construyesen un Estado terrorista, banderín de enganche y acicate del odio de musulmanes desequilibrados de todo el planeta? ¿Quién controla lo que se habla en las mezquitas europeas? ¿Cuándo se va a reconocer que la prédica del sectarismo wahabista, la siembra que trae esta cosecha, fue sufragada por algunos de nuestros «tradicionales aliados» petroleros? ¿Por qué permitimos que circulen por nuestras ciudades mujeres emparedadas en el burka, esgrimiendo así que son seres inferiores? ¿Por qué no se deporta a toda persona que acredite con hechos o palabras que detesta nuestras libertades y democracias? ¿Cómo puede ser que en la rutilante City de Londres se permite que haya firmas cuyo código de conducta interno es la sharia medieval? ¿Por qué no se da una batalla cultural-moral en serio contra el importante volumen de musulmanes europeos que abominan de las libertades ilustradas que distinguen a Occidente? Cualquier cosa menos «acostumbrarse» a que te maten.

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