Ignacio Camacho ironiza sobre el apoyo de los nacionalistas catalanes al PP: "20 años después, a Rajoy aún le vale el traje del Majestic"

El apoyo inesperado, aunque en política nada es casual, de diez diputados nacionalistas catalanes a Ana Pastor (PP) para que ésta haya conseguido la presidencia de la Cámara Baja es el tema central para los columnistas de opinión de la prensa de papel de este 21 de julio de 2016. En líneas generales, no ha gustado que los populares acepten ese ‘regalo’ porque es sabido que el favor se va a cobrar hasta con intereses de demora.

Arrancamos en ABC y lo hacemos con Luis Ventoso acribilla a Mariano Rajoy y al PP en general por ‘dejarse’ apoyar por los separatistas catalanes para conseguir la presidencia de la Mesa del Congreso:

España está amenazada por una grave anomalía. Se trata -junto al Reino Unido con su problema escocés- de uno de los únicos países del mundo que en pleno siglo XXI mantienen en solfa su propia existencia. Alemania, Japón, Estados Unidos, Suecia, Francia… Hasta Venezuela o Cuba tienen garantizado algo básico: la unidad nacional; se da por descontado que el país no se romperá. No ocurre así en España, pese a ser la nación más antigua de Europa. Nuestro Estado se enfrenta a un movimiento organizado desde el Gobierno catalán para destruirlo. Ese es hoy el mayor problema de España, pues afecta a lo básico: sin Cataluña, España desaparecería como tal, simple y llanamente.

Recuerda que:

En el año 2012, ayer mismo, Artur Mas se radicalizó súbitamente y proclamó que el objetivo absoluto de su partido, Convergencia, pasaba a ser la independencia (y por tanto, la destrucción de España). En cuatro años, la amenaza ha ido a más, con vulneración constante de las leyes y una colosal campaña de adoctrinamiento, pagada con fondos públicos. Además, han quebrado las arcas públicas de los catalanes y Convergencia es un partido corrupto hasta la médula, lo que acaba de obligarles a refundarlo.

Resalta que ese partido catalán sigue sin moverse de la hoja de ruta separatista:

El lunes, la coalición que Gobierna en Cataluña, de la que forma parte Convergencia, emitió una nueva y detallada proclama con sus planes para romper España, aclarando que ignorarán su legalidad. Es decir, un golpe de Estado civil, una sublevación en regla. Solo unas horas después, y asombrosamente, Pedro Sánchez recomendó a Rajoy que buscase el apoyo de Convergencia y PNV para formar Gobierno. Es decir, le invitaba a gobernar España con la ayuda de un partido que pregona claramente que no tiene otro ánimo que acabar con ella. Pero la sorpresa todavía iría a más. El PP contó con votos de Convergencia para la formación de la mesa del Congreso y facilitó que los separatistas catalanes tengan grupo propio en la sede de la soberanía nacional española, pese a no disponer de votos para ello. Andrea Levy, una de las nuevas portavoces del PP, ha explicado que fue «un gesto de cortesía». Tras las elecciones de diciembre, Sánchez tuvo en el Senado «cortesías» similares con los separatistas. Rajoy, con acierto, las calificó de «gran error».

El lunes, cuando los gobernantes catalanes presentaron su nueva proclama sediciosa, millones de españoles nos sentimos desamparados: ni una sola voz de altura del PSOE o el PP salió a defender la unidad de nuestro país y darnos tranquilidades. Pero ahora el desasosiego se agrava con la desoladora sensación de que también el PP ha entrado en el pasteleo con quienes vienen a por nosotros.

Y aconseja que:

Es imprescindible que PP y PSOE, dos partidos que se parecen como gotas de agua, aparquen sus ridículas fobias sectarias de ida y vuelta y se unan sin fisuras en un explícito pacto para salvaguardar la continuidad de España. Si no son capaces de garantizar la unidad nacional, ¿para qué los queremos? ¿Qué sentido tiene hacer planes de Gobierno para un país si antes no se garantiza que va a seguir existiendo? Una vergüenza, señores Rajoy y Sánchez, un horrible abandono de sus compatriotas en una hora difícil. ¿Dónde está su patriotismo?

Ignacio Camacho critica por igual al PP y al PSOE. A los primeros, por volver a reeditar en cierta manera, los pactos del Majestic y a los segundos por ponerse ahora dignos cuando tienen mucho que tapar y que callar en Cataluña:

En algún perchero del hotel Majestic, allá en el Paseo de Gracia, se le debió de quedar olvidado a Rajoy el traje de hacer política de ajuste fino. Quizá se lo acercase a La Moncloa Quico Homs cuando fue la semana pasada a mendigar la subvención parlamentaria de Convergencia, ese antiguo partido rico que ahora no tiene dinero para pagar los gastos de campaña. Veinte años más tarde, el terno de los pactos de Aznar con la burguesía catalana aún le cuadra al presidente, quien al probárselo se encontró en los bolsillos diez votos nacionalistas en buen uso, restos de una época de entendimiento que alguien se dejó sin duda olvidados. Ha llovido mucho desde entonces pero no lo bastante para arrastrar bajo los puentes el convencional pragmatismo del mercadeo parlamentario.

Haciendo de la necesidad virtud, el marianismo se ha entregado al encaje de bolillos, al fin y al cabo una especialidad gallega. De la ría de Camariñas, concretamente, donde el entonces vicepresidente se curtió en la gestión de crisis con la marea negra del «Prestige». El estereotipo presidencial del lector de Marca se ha quebrado en una sorpresiva actividad negociadora y la reconversión provoca un descoloque generalizado. Quienes acusaban a Rajoy de quedarse quieto le reprochan ahora que se mueva. Quienes le instaban a entenderse con «sus afines» protestan de que siga el consejo. Quienes reclamaban que los diputados catalanes no quedasen en el limbo político se quejan de que alguien los baje a la tierra. Es lo malo que tiene la política de Twitter, la de las consignas pensadas sólo para el ritmo fugaz de los mensajes de las redes: envejece demasiado rápido.

Subraya que los políticos han aprendido a decir una cosa y segundos después la contraria:

El discurso circular, y por tanto contradictorio, se ha instalado en la política española. Es el síntoma más claro de su falta de solidez, de su presentismo compulsivo. En cuestión de horas los líderes sostienen una cosa y su contraria. El Gobierno cierra un pactito con un tipo al que tiene denunciado ante la justicia y sus adversarios le recriminan que salga del bloqueo que según ellos había provocado por negarse a hablar con los interlocutores que ha acabado aceptando. Los socialistas denuncian un acuerdo que de ampliarse les aliviaría de su gran aprieto ante la investidura; ellos, capaces de pactar con Ada Colau, Esquerra y los anarcotrotkistas. El partido Ciudadanos, beneficiado con dos sillas en el trato nefando, se rasga las vestiduras como el capitán Renault en el casinillo de Casablanca: sus ganancias, señor. Y todos, a la vez que rechazan la hipótesis de las terceras elecciones, se apresuran a tapar cualquier salida que alguien trate de abrir para evitarlas.

Si alguno de estos cráneos privilegiados tiene un remedio, una idea, una providencia, debe ponerla de inmediato sobre la mesa. Lo que no sirve es la política del perro del hortelano. La de un problema para cada solución y un veto para cada propuesta.

Isabel San Sebastián le recuerda a Pedro Sánchez que no puede perpetuarse en el bloqueo porque sí y, sobre todo, que tampoco puede pasarle la responsabilidad de que haya o no gobierno a un partido, Ciudadanos, que casi ha tenido tres veces menos de escaños que los socialistas:

La pelota de la gobernabilidad está claramente en el tejado socialista, por mucho que Sánchez y Rajoy se empeñen en empujarla hacia el campo de Ciudadanos. Resulta fácil colocar el grueso de la presión en el partido más humilde y menos influyente en los medios, pero la lógica se impone a poco que se analicen con cierta objetividad los hechos.

El PP ha vencido por segunda vez en las urnas, consiguiendo una ventaja de 50 diputados sobre el PSOE, lo que le otorga de forma indiscutible la responsabilidad de gestionar el poder. C’s ya ha anunciado su disposición a abstenerse para permitir la investidura del líder popular, lo que supone una cesión considerable respecto de su postura inicial, dada la manifiesta incompatibilidad del personaje (responsable político del PP mientras estallaban todos los escándalos de corrupción que han sacudido a esas siglas) con la apuesta regeneracionista de la formación naranja. Es el grupo del puño y la rosa el que debe abandonar su posición obstruccionista y hacer posible que se constituya cuanto antes un Ejecutivo, primero por patriotismo, segundo por conveniencia y tercero porque a las comunidades autónomas que gobierna les va la financiación en ello.

Reconoce que por muy difícil que sea de tragar para Sánchez el sapo de investir a Rajoy, siempre será mejor que volver a unas terceras elecciones:

Por muy duro de tragar que sea el sapo, por honda que sea la inquina que alberga Sánchez contra Rajoy, el Partido Socialista carece de alternativa y no puede perpetuar el bloqueo. Tampoco eludir su responsabilidad escondiéndose detrás de los 32 diputados de Rivera y exigiéndoles un «sí» carente de relevancia aritmética, destinado únicamente a disimular su abstención. Los socialistas han de asumir que no van a colocar a uno de los suyos en La Moncloa, salvo que lo aúpen sobre las espaldas de una variopinta coalición de radicales separatistas y/o antisistema. Han de aceptar que España necesita aprobar urgentemente un techo de gasto y unos presupuestos generales, sin los cuales, a la vuelta del verano, ayuntamientos y autonomías se verán incapacitados para pagar una factura y no digamos invertir un euro. Han de tener presente que una eventual repetición electoral supondría una trágica pérdida de tiempo precioso para todos, cuyo desenlace sería muy parecido al actual, con algún escaño más para el PP y algunos menos para los demás. Han de resignarse a la derrota, so pena de acrecentarla uniendo a la derrota el ridículo.

El PP ha escogido gobernar en solitario al mantener el nombre de Mariano Rajoy como innegociable, a diferencia de los de Jorge Fernández Díez y Dolores de Cospedal, desechados para la Presidencia del Congreso en aras de sellar pactos. El propio presidente en funciones y sobre todo su hasta hoy mano derecha, Soraya Sáenz de Santamaría, parecen preferir un gobierno monocolor, sin oídos ajenos a la «familia» de la gaviota, mientras otros pesos pesados del partido apostaban por una fórmula de coalición, inviable en las actuales circunstancias. No resultará sencillo aunar mayorías suficientes para lograr la aprobación de cualquier iniciativa legislativa, e incluso veremos leyes votadas por las fuerzas de la oposición unidas, aunque habrá que confiar en que esta nueva «geometría variable» saque lo mejor de cada casa e impulse un diálogo susceptible de recuperar el consenso del que nacieron los éxitos de la Transición.

Y sentencia:

En los momentos complejos, como el actual, cada cual da la medida de lo que vale. Los auténticos líderes harán de la necesidad virtud, convirtiendo aparentes fracasos en oportunidad de futuro. Los mediocres serán barridos por el viento de la historia, cuya fuerza ya ha pasado la página del bipartidismo.

En El Mundo, Arcadi Espada no ve con buenos ojos, y razón no le falta, ese apoyo de los nacionalistas catalanes al PP para que Ana Pastor se haya convertido en la presidenta del Congreso de los Diputados:

C’S se queja del apoyo de los nacionalistas catalanes a la presidenta del Congreso. Yo también. Es una injuria al Estado que los que trabajan abiertamente por su destrucción participen en la toma de decisiones institucionales. La conducta nacionalista no supone novedad. Les importa un pimiento que sea Pastor o López. Su interés por uno u otro, por la presidencia del Congreso, y por el propio Congreso es nulo. Han venido a este mundo a cobrar y alargan la mano en cuanto ven la oportunidad. Hasta que no rectifiquen su compromiso con la ilegalidad los nacionalistas deben ser políticamente aislados.

Eso sí, matiza que:

C’s tiene razón; aunque tendría mucha más si hubiese ofrecido al Pp un pacto como el que ofreció al Psoe, que incluyera, además, su entrada en el gobierno. La gran novedad de la política española es que hay ya una bisagra parlamentaria que no es nacionalista. Habría sido interesante lubricarla desde el primer momento. Entre otras razones porque así el Psoe se habría enfrentado radicalmente a sus contradicciones. Parte de los votos que ha recibido Pastor son indeseables. ¿Pero qué pasa con los que recibió López? ¿Acaso no dijo la alcaldesa Colau, con la que el Psc gobierna en Barcelona, que sólo cumplirá las leyes que le parezcan justas? ¿Alguien se tomaría el trabajo ímprobo, contaminante, de distinguir entre la ruralidad de Francesc Homs o la de Diego Cañamero?

Y asegura que:

La responsabilidad del pacto con los nacionalistas es la del presidente Rajoy, que sigue sin entender lo que pasa en Cataluña y hasta qué punto el viejo pactismo quedó destruido el 9 de noviembre. Sin embargo, pedro sánchez castejón es el cooperador necesario. Dados los resultados electorales, el presidente debió ser pactado entre Pp y Psoe, como entre Pp y Psoe debería pactarse, al nivel que fuese, la investidura y la formación de un nuevo gobierno. Aunque no lo parezca, la elección de Pastor es un episodio más del grave bloqueo político español. Un bloqueo cuya única causa profunda es el camino de sedición emprendido por el gobierno de la Generalidad. El nacionalismo catalán no volverá a la senda de la ley si no es por un acto de fuerza sostenido en el tiempo. Y no será la fuerza de los legendarios tanques, Diagonal arriba, sino la de los anodinos y cruciales votos, proporcional y racionalmente empleada por los partidos constitucionales.

Raúl del Pozo entiende, no sin cierta ironía, que tal vez Rajoy debería de haber apostado por la vagancia antes de moverse y recibir apoyos de partidos que no le son ni mucho menos afines:

Aquella desafección que estalló en las plazas con el «No nos representan» se calmó cuando se colocaron en el Parlamento los jefes de la tribu que acusaban a los políticos de ineptos, ladrones y vagos. La aversión y antipatía que se detectó entonces, ha vuelto con más aspereza que nunca ante la tardanza, la incapacidad y la desidia de los partidos para hacer gobierno. El País bajo el título de Que se vayan todos escribía, el otro día, sobre la tomadura de pelo que supone que los políticos no quieran trabajar los fines de semana. Consideraba irresponsable y peligroso el comportamiento de los diputados que, después de un año preelectoral, de investiduras fallidas y bloqueos tácticos, aspiran a tomar una pausa veraniega.

Ve demasiada pereza en nuestra clase política:

El grito «Que se vayan todos» surgió entre los piqueteros de Argentina y llegó a la Puerta del Sol con los indignados, que insistían no sólo en la falta de honradez de los políticos, sino que los acusaban de gandumbas. Hay coincidencia entre los cristianos y los rojos en condenar a los que no les gusta trabajar. «El vago -dice la Biblia- pone la mano en el plato pero no lleva el bocado a la boca porque le pesa». La gente piensa que los diputados se han contagiado de la pereza de julio. Y yo no sé si sería mejor que los políticos sestearan o trabajaran; mejor que piensen que la finalidad última de la política es la felicidad, es decir la galbana en vez de dedicarse a hacer cosas disparatadas.

A Mariano Rajoy le suelen acusar de vago. Él mismo reconoció que a nadie le agradan los debates electorales que exigen un gran esfuerzo y son algo cansado. Pedro Sánchez declaró en la última campaña electoral que España no merece ser gobernada por la pereza de Mariano Rajoy. Lo retratan, satíricamente, como al tuerto del Arcipreste de Hita el que una noche yacía en la cama y le daba una gotera del agua que caía en el ojo. «Por pereza no quise la cabeza cambiar;/ la gotera que digo, con su muy recio dar,/ el ojo que veis huero acabó por quebrar». Susana Díaz reconoció en un mitin que Mariano Rajoy no era tonto, pero sí indolente. Quizás los socialistas se han equivocado en el análisis de la gandulería presidencial y en eso de decir que España no necesita un presidente perezoso, sin cuerda; ahora resulta que en estos días de calima y de siesta el presidente preparaba la segunda CEDA y la tercera Restauración. El zángano ha logrado, según Pablo Iglesias, que le apoyen aquellos a quienes quiere meter a la cárcel. Visto lo que vimos en el Congreso hubiera sido mejor que Mariano siguiera sin doblar el tirante y que los socialistas practicaran su derecho a la pereza que proclamó Lafargue y quiso implantar en aquella España de pepinos y moscardones. Decía el mulatón haragán que holgar fue el origen de la sabiduría. A Marx no le gustaba nada su yerno. «Lafargue -dijo don Carlos a su hija- me aburre con su proudhonismo y no me dejará tranquilo hasta que no le rompa la cabeza de criollo».

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