Jaime González despelleja a Girauta: "No paso que nos trates por idiotas"

Ciudadanos se las lleva de todos los colores este 22 de julio de 2016 en las tribunas de opinión de la prensa de papel. Esa especie de baile de la yenka que se ha puesto a practicar en bloque el partido de Albert Rivera con ahora le digo que no a Rajoy, luego me abstengo, después que sí le apoyo para volver al enrocamiento de un no tiene de los nervios a unos opinadores que le piden concreción y, sobre todo, solidez en su pensamiento.

Arrancamos en ABC y lo hacemos con Jaime González, que coge a Juan Carlos Girauta, uno de los pesos pesados de Ciudadanos, y le sacude hasta en el DNI:

Juan Carlos Girauta asegura que Ciudadanos «solo apoyaría a un presidente del PP si Mariano Rajoy no fuera el candidato». Y a continuación añade: «Sin que eso suponga que vetamos a nadie». O sea, que el portavoz de Ciudadanos conjuga perfectamente el verbo vetar en su primera frase y lo desconjuga perfectamente en la segunda, lo que no es exactamente un oxímoron o «contradictio in terminis», sino una suerte de paradoja o antilogía: una idea extraña opuesta a la opinión generalizada. Lo que antiguamente se llamaba una «machada».

Aclara que:

No es malo que Girauta sea proclive a la paradoja, que es una figura retórica que Borges manejó con tino, sino que nos trate como idiotas. Eso sí que no, Juan Carlos; por ahí no paso. Si Ciudadanos «solo apoyaría a un presidente del PP si Mariano Rajoy no fuera el candidato», el «sin que eso suponga que vetamos a nadie» es una burla a la inteligencia. Heráclito era un maestro en estas lides, pero el filósofo griego jugaba con ventaja, pues estaba convencido de que el pueblo se quedaba prendido de su oratoria sin reparar -por necio e ignorante- en que le estaba vendiendo una burra coja.

Burras cojas, no, Juan Carlos, que llevamos así casi ocho meses y si no te hubieras pasado al otro lado y te tocara analizar el presente con ojos y boca de analista más o menos independiente (la plena soberanía de pensamiento bien sabes tú que es una quimera) estarías de acuerdo conmigo en que tus palabras de ayer son la cuadratura del círculo: una mezcla de oxímoron y antilogía que tiene un punto de coña, bien por un golpe de calor, bien fruto de un paisaje político que ha hecho de la burla al votante una constante que los españoles soportan no porque sean idiotas, sino porque tienen más paciencia que el santo Job.

Y remata:

El problema de Ciudadanos es que no ha ocupado el centro sociológico, sino el centro de la ambigüedad. Y no del todo calculada, por cierto. No por lo que dijo ayer Juan Carlos Girauta, que está muy claro, sino porque alguno saldrá a explicar que Girauta no dijo lo que dijo, sino que dijo lo que dijo porque vetar no significa vetar.

Carlos Herrera tira con bala contra Ciudadanos y asegura que a Rivera no le van a quedar agujeros donde esconderse:

Entiendo que Ciudadanos recele de los votos generosamente prestados por los convergentes de Homs en la elección de la Mesa del Congreso. No son buena compañía: partido corrupto particularmente empleado en destruir España tal y como la conocemos. Prestaría esos votos, supuestamente, para obtener el grupo parlamentario al que no está claro que tenga derecho -por no haber obtenido el 15 por ciento de los votos en todas las circuscrpciones- y así obtener visibilidad parlamentaria y dinerito fresco de subvención. Pero ojo con la indignación, que puede traer efectos no deseados. C’s quiere que el PSOE comparta la carga de aupar a Rajoy y el PSOE dice que busquen entre sus afines. Si Rivera se pone todo lo exquisito que no se puso cuando su pacto de investidura con Sánchez, se puede encontrar con una suma inesperada a su izquierda que acabaría consiguiendo formar gobierno. Me explico.

Recuerda que:

Cuando su socio Sánchez apoyó en el Senado que los «indepes» catalanes tuvieran su grupo parlamentario (les cedió senadores), Rivera puso menos objeciones que ahora. Como no las puso cuando se enteró de que Sánchez se sentó con Junqueras a negociar, y también con Convergència. No lo hizo, supuestamente, porque el pacto era sólido aunque de éxito improbable. Incluso no lo hizo cuando Sánchez sentó a la mesa a Podemos, grupo que ampara en su conjunto a quienes quieren un referéndum en Cataluña. Nada le distrajo, aunque al final la investidura tuviera el éxito previsible que tuvo.

Ahora, con otras cifras, C’s escenifica un cierto asquito. Dice que va a consentir un gobierno en clamorosa minoría y que, en cualquier caso, no votará que sí a Rajoy. Ello comporta un peligro. Si no quiere coincidir en abstención con Convergència -cosa que entiendo- bastaría con llegar a un acuerdo completo y votar sí. En tal caso la investidura precisaría solo la abstención del PNV, cosa al alcance de Rajoy merced al carácter negociador de la gente de Urkullu. De no hacerlo, el riesgo de no votar sí tiene consecuencias. Rajoy, de no contar con apoyos, renunciaría a la investidura, pero por el otro lado hay una cuenta que hacer y que muy pocos hacen.

Hace un inventario de los apoyos que podría tener el PSOE en el caso de un cambio de Ciudadanos y que se oponga a Rajoy:

Sumen conmigo: 85 escaños del PSOE, 71 de Podemos y 8 de Convergència hacen un total de 164 (Convergència se ofreció a Pedro Sánchez hace pocos días). Si sumamos los 9 de Esquerra ya juntamos 173, a dos escaños de la absoluta; y quedarían por ahí los vascos del PNV… y los de Bildu, que son dos. A la aritmética hay que sumarle la voluntad política, está claro, pero esta surge con prontitud si se atisba el poder por las cercanías. No tengo constancia alguna de que esta iniciativa esté en la cabeza de Pedro Sánchez; de hecho, estoy seguro de que no está en la de los barones que tienen administraciones a su cargo, pero es una posibilidad cierta, factible, que puede ocurrir. De ahí que algunos indiquen con claridad que no se van a producir terceras elecciones: antes se puede exhibir una supuesta responsabilidad de Estado y articular otra mayoría. Albert Rivera, por lo tanto, tiene ahora la pelota. Aunque algunos especulen con que esos diez votos hayan llegado desde la izquierda con tal de dinamitar el pacto entre C’s y PP, el catalán decide. El PSOE quiere que Rajoy salga con apoyo de C’s y nacionalistas para sentarse en la oposición de forma virginal, sin mácula, y así volver irrelevante a Podemos, que no podrá decir que los socialistas han colaborado en el nombramiento de Rajoy.

La decisión se está cociendo y es aconsejable no dejarse llevar por los aspavientos que teatraliza cada actor de este enredo, pero si Rivera, finalmente, no vota que sí, otro gobierno es posible. Si ello pasara, no tendría en toda España agujero en el que esconderse.

José María Carrascal recuerda a PSOE y Ciudadanos que si no quiere que los separatistas se acerquen al poder lo tienen bien fácil, respaldar a Rajoy:

Deambulan por el Congreso diez votos que nadie reclama. Sería un chiste de no estar en juego algo tan importante como la formación del nuevo Gobierno. Los diez votos ya fueron cruciales al permitir formar la Mesa y se atribuyen a los nacionalistas «moderados», si existe eso, concretamente a Convergència y PNV, que habrían pactado bajo cuerda con el PP, hasta ahora incompatibles. La segunda falacia es que quienes instaban al PP a «entenderse con sus afines» han puesto el grito en el cielo cuando (supuestamente) lo ha hecho. Y la tercera, que todos hablan movidos por sus intereses particulares, no por los generales (como siempre). Resultado: la investidura de Rajoy peligra.

Como no es de suponer que esos votos hayan salido de Podemos ni del PSOE (aunque yo no descartaría ya nada), los nacionalistas perecen ser los padres de la criatura. El problema, sin embargo, no es ese. Es si el PP ha pagado o prometido un precio por ello. Concretamente, qué precio. Si es político, desde luego, resulta inadmisible, y si es económico, desaconsejable. La experiencia nos advierte que lo mejor es no pactar con ellos: les das la mano y te cogen el brazo y lo que va unido a él. Ahora bien, Cataluña y el País Vasco son España, y hay que hablar con sus líderes de innumerables cuestiones, sin ceder en las fundamentales, como la unidad nacional, la igualdad de sus ciudadanos y el respeto a las leyes, algo que han venido violando sistemáticamente. Pero si los nacionalistas catalanes y vascos cambian de trayectoria y vuelven a casa, magnífico. Se les recibirá como al hijo pródigo. Pero, repito, sin pedir nada por ello. Es decir: gratis. ¿Es lo que ha ocurrido? No lo sé y me cuesta creerlo, pero también es verdad que esos nacionalistas no reciben más que golpes últimamente. Convergència ha perdido hasta el nombre y el PNV ve amenazada su hegemonía en Euskadi por Podemos. No sería, por tanto, descartable que hayan visto a Rajoy como mal menor. Pero este debe andarse con cuidado. El error de 1996, cuando se vendió la primogenitura por el plato de lentejas, no puede repetirse en esta investidura.

Subraya que:

Vamos a saberlo muy pronto. En cuanto se vote. Entonces sabremos si hay pacto espurio o no. Será también una prueba para Ciudadanos y el PSOE. Rivera tiene que demostrarnos si sólo chalanea, mientras que Sánchez nos mostrará si quiere liderar una oposición seria, responsable, o sólo le interesa impedir que gobierne Rajoy. Porque lo único seguro, «a día de hoy», para usar una de sus frases, es que hay gobierno del PP o hay nuevas elecciones. No hay síntomas de entendimiento dentro o fuera de la izquierda, derecha o centro. Y si Sánchez y Rivera quieren de verdad impedir que los separatistas se acerquen al poder, lo más sencillo es que formen un gobierno con Rajoy que se ponga de una vez a resolver los problemas de España.

En El Mundo, Santiago González le mete un buen meneo a Albert Rivera a cuenta de esos cambios de opinión con respecto a su apoyo al Partido Popular:

Mire, mi admirado Albert Rivera, que no me deja pasar una semana sin someter los vestigios de mi racionalidad a severas duchas escocesas. Acababa uno de ponderar el éxito de su operación Mesa del Congreso, que les había permitido tener dos representantes y elegir una presidenta que mejora con mucho a su antecesor, cuando va su portavoz Villegas y abre el grifo del agua fría a propósito de esos votos fantasma que reforzaron los 169 que el PP y ustedes alcanzaban por sí solos.

Explica que:

Entendámonos. Si el PP ha negociado con los nacionalistas su abstención en la elección de la presidenta y su voto positivo para las vicepresidencias y secretarías es para mosquearse. Creo que el manejo de los tiempos de Rajoy ha sido un problema para el secesionismo catalán. No porque éste no haya sido derrotado, sino porque el resto de los españoles ha renunciado a defender su parte alícuota (su «cuota parte» que decía Felipe) de soberanía nacional. Así pues, estoy de acuerdo con usted en que a quien quiere romper España, ni agua. Puede que el precio haya sido un grupo parlamentario y los tres millones que acarrea, así como la tarea ya realizada por la Fiscalía de retirar el cargo de malversación que podría llevar a esa pareja surrealista, Mas y Homs, a la cárcel. Uno comprende que hacer a Quico jefe de grupo tiene que ser un subidón para los hermanos Hernando o Iglesias, glorias del parlamentarismo por comparación.

Advierte su portavoz Villegas de que van a pasar de la abstención «técnica» que tenían pensada para la investidura al no, y uno se pregunta a la manera de Pujol qué coño es eso de «técnica». Por otra parte, deberían observar ustedes un cierto equilibrio en la respuesta. No procede que a un pacto, desgraciado a mi modo de ver del PP con nacionalistas para la constitución del Congreso, respondan ustedes con un no a la investidura. Sería más propio que la respuesta se ciñera a la Mesa del Congreso surgida del pacto nefando. Un suponer, renunciando a los puestos que han alcanzado en la citada mesa su vicepresidente Prendes y su secretaria Reyes.

Le digo esto con la confianza que me permite haber criticado hace seis meses el pacto de su socio con los mismos convergentes al cederles dos senadores para que pudieran formar grupo, sin que ustedes dijeran ni mú entonces, ni su Villegas amenazara con trocar el sí de la investidura de Sánchez por un no. Aunque prestar senadores es más comprometido, como prestar una novia.

Sentencia que:

Hagamos un poco de prospectiva. Si su decisión de no votar a Rajoy es firme, y todo indica que lo es, (sería estúpida tanta insistencia en una profecía autofallida), el candidato del PP puede aceptar el encargo con 137 escaños (si el Rey se lo hace) o repetir la jugada de hace seis meses y no afrontar el lance. Tras dos intentonas derrotadas por el no del PSOE y Posemos, Sánchez podría levantar el dedo mientras baja púdicamente la mirada para decir que, ante el fracaso del PP, él se ofrece como postulante. Los nacionalistas se han declarado dispuestos a votar al revés que en lo de la Mesa y apoyar al párvulo Pedro, que saldría elegido presidente de un Frente Popular (Part Two), con su abstención. Técnica, naturalmente.

Abel Hernández cuenta en La Razón que en cuestión de unos meses, antes de que acabe 2016, habrá un encuentro entre el Papa Francisco y Pablo Iglesias:

El papa Francisco ha recomendado a los obispos españoles que no cierren la puerta a Podemos, el nuevo partido de izquierdas que ha irrumpido con fuerza en la vida política española y que despierta tanta prevención tanto dentro como fuera de España. Su consigna expresa antes de las elecciones a un grupo de obispos en la «visita ad limina», según me ha contado uno de ellos, ha sido: «Hablen con todo el mundo». Y ellos han tomado nota. Nadie podrá acusar a la jerarquía católica de haber tratado de influir públicamente en el voto de los españoles en estos últimos comicios. Su neutralidad, sin exclusiones, ha sido exquisita, como lo fue en la Transición de la mano del cardenal Tarancón. Los que ven en esto una cautelosa maniobra oportunista de la Iglesia se equivocan. Se trata más bien de salir al encuentro de todos, también de los que se sitúan en las fronteras o extremos de la política, de la exclusión social o de la increencia. Y se tiene muy presente la parábola evangélica del trigo y la cizaña.

Resalta que:

En este caso existe además una notable sintonía entre Podemos y el papa argentino en la denuncia radical de los abusos del capitalismo. No parece aventurado afirmar que el papa Francisco despierta hoy más simpatía entre los seguidores de Pablo Iglesias que entre algunos católicos de comunión diaria. Es una de las grandes paradojas del momento eclesiástico. Les pasa como a Judas: aman a Cristo, pero no creen en Cristo. El líder de Podemos no oculta su veneración por «este papa», mientras en sus círculos no faltan los «asaltacapillas» y los que de buena gana acabarían, si pudieran, hasta con las procesiones de Semana Santa.

Junto a ellos han encontrado también cobijo en esta controvertida formación no pocos cristianos progresistas, más o menos radicales, que, sin renunciar a su posición crítica con determinadas actitudes de la jerarquía, sirven de enlace con los obispos. A través de ellos se mantiene un diálogo subterráneo entre la Iglesia y Podemos. Pero, si mis fuentes no me engañan, pronto habrá diálogo de altura, a la luz de todos los focos. Falta poco para que el papa Francisco reciba en audiencia al de la coleta. Me dicen que el encuentro ocurrirá en otoño. Será una foto digna de figurar en el álbum del año de la misericordia.

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