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Colaboración frente a competencia, ¿quién ganará la carrera por la vacuna contra el coronavirus?

La colaboración y la competencia definen a la ciencia y emergen con fuerza en la pandemia del nuevo coronavirus. Por un lado, estudios mastodónticos como SOLIDARITY aglutinan a una decena de países para encontrar terapias contra la COVID-19, bajo el auspicio de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Por otro, centenares de ensayos clínicos prueban en paralelo diversos fármacos para reducir al virus SARS-CoV-2.

Las investigaciones de estos tratamientos serán las primeras en dar resultados, que estos días se comparten en abierto –y casi en directo– para toda la comunidad científica. Este gesto, por el que miles de artículos se pueden consultar de forma gratuita, no está todavía generalizado en el avance del conocimiento. El acceso a los hallazgos de la ciencia de frontera, que multitud revistas publican a diario, acostumbra a ser de pago.

Por otro lado, en el terreno de la prevención, pasarán meses hasta que lleguen las primeras vacunas. Ahora mismo hay al menos 44 candidatas en las primeras fases de desarrollo, según el editorial del último número de la revista Science.

Agencias, compañías y organizaciones independientes financian investigación de vacunas. Berkley considera que “los esfuerzos fragmentados actuales no serán suficientes”

La opinión, firmada por Seth Berkley, director general de la corporación suiza Alianza Mundial para Vacunas e Inmunización (GAVI), aboga por “el desarrollo de una vacuna global de forma coordinada”.

En cambio, el panorama es otro. Agencias gubernamentales, compañías farmacéuticas y biotecnológicas e incluso organizaciones independientes financian numerosos proyectos de investigación. Solo la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias (CEPI), fundada en Davos por los gobiernos de Noruega e India, la Fundación Bill y Melinda Gates, el Wellcome Trust y el Foro Económico Mundial, impulsa ocho proyectos de vacuna.

El Proyecto Manhattan de la COVID-19

Berkley considera que “los esfuerzos fragmentados actuales no serán suficientes” para conseguir una estrategia preventiva que evite los contagios por el nuevo coronavirus. En esta línea, el experto clama por un Proyecto Manhattan en versión vacuna.

La analogía de aire belicista nos transporta hacia la Segunda Guerra Mundial. Ya lo dijo hace poco la canciller alemana Angela Merkel, que desde entonces no se había afrontado un desafío que dependiera tanto de la solidaridad colectiva.

Precisamente en los años 1940, el miedo de que los alemanes fueran los primeros en desarrollar bombas atómicas impulsó a Estados Unidos a liderar un proyecto internacional para conseguir en tiempo récord las primeras armas nucleares. Los ataques contra las poblaciones japonesas de Hiroshima y Nagasaki demostrarían el ‘éxito’ de aquella misión, liderada por el físico nuclear Robert Oppenheimer desde el Laboratorio Nacional de Los Álamos (EE UU).

“Sería conveniente organizarse, sobre todo para no repetir el mismo tipo de experimentos”, dice Enjuanes, aunque “los consorcios muy grandes son difíciles de manejar”

Pero volvamos a la vacuna: “Sería conveniente organizarse, sobre todo para no repetir el mismo tipo de experimentos”, dice a SINC Luis Enjuanes, director del laboratorio de coronavirus del Centro Nacional de Biotecnología (CNB-CSIC), cuyo equipo está desarrollando una vacuna contra el SARS-CoV-2. No obstante, el experto advierte que “los consorcios muy grandes son problemáticos y muy difíciles de manejar”.

El virólogo lo resume así: “Bienvenido sea un Proyecto Manhattan para que los investigadores se coordinen sin matar ni eliminar la iniciativa privada y la creatividad de los científicos que están trabajando en los distintos laboratorios”.

En Barcelona, tres centros también trabajan conjuntamente en el desarrollo de una vacuna para prevenir la COVID-19. Uno ellos es IrsiCaixa, donde Julià Blanco –que también es investigador del Instituto de Investigación Germans Trias i Pujol (IGTP)– lidera el grupo de virología e inmunología celular.

El especialista en virus cree que el editorial de Science es “muy acertado”, pero añade un matiz: “Probablemente la primera vacuna que consigamos no será la mejor, ni la más segura ni la más efectiva, porque se habrá hecho con la información que teníamos al inicio de la pandemia”.

Puertas de una sala donde se experimenta con patógenos que conllevan riesgo biológico en el CNB. En este laboratorio se avanza en el desarrollo de una vacuna contra el SARS-Cov-2. / Álvaro Muñoz Guzmán, SINC

Tiempo récord

La primera secuencia genética del nuevo coronavirus se publicó el 12 de enero de este año, tan solo dos semanas después de que las autoridades sanitarias de Wuhan (China) informaran de unos cuantos casos de neumonía por causa desconocida. Entonces, ni el nuevo coronavirus ni la enfermedad que causaba tenían nombre.

Conocer al detalle las características del virus es clave para desarrollar candidatas a vacuna. Hay distintas estrategias, pero la idea es diseñarlas a partir de pequeñas piezas de su material genético atenuado para provocar la respuesta inmunitaria en las personas.

Los anuncios de las vacunas experimentales de China y EE UU recuerdan a la carrera espacial librada por americanos y soviéticos durante la guerra fría

Tan solo dos meses después de conocer el perfil genético del nuevo coronavirus, los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de Estados Unidos anunciaron que comenzaba un ensayo clínico en humanos de la primera vacuna. “Un hito nunca antes conseguido”, subraya Blanco sobre el tiempo récord.

Al día siguiente, el Ministerio de Defensa de China respondió con otro comunicado, en el que el país aseguraba haber empezado –también en personas– las pruebas de una vacuna desarrollada por la Academia Militar de Ciencias.

Los anuncios de las dos superpotencias resonaban en la historia mundial, que ya había vivido otros episodios similares como el de la carrera librada por Estados Unidos y la Unión Soviética durante la guerra fría para convertirse en los pioneros de la exploración espacial.

El último editorial de la revista Science no menciona este capítulo de la historia contemporánea, aunque habla de “una carrera sin precedentes”. Sin embargo, su autor recuerda otras proezas de la humanidad como el Proyecto del Genoma Humano y el CERN: investigadores de todo el mundo haciendo ciencia básica en sus laboratorios, coordinados a escala internacional.

La importancia de ser selectivo

Tanto Enjuanes como Blanco coinciden en señalar que hay muchas estrategias posibles para desarrollar vacunas, de ahí la importancia de “ser muy selectivo” en aquellas que seguirán su curso experimental. La clave es decidir qué prototipos tirarán adelante.

En el caso de otros virus, como el VIH, existen iniciativas internacionales para coordinar esfuerzos titánicos, como el de conseguir una vacuna para virus del sida. Blanco, que también investiga en VIH, cree que puede acabar pasando lo mismo con la COVID-19. “Sería lo más lógico”, dice sobre la posible coordinación final por parte de una institución supranacional como la OMS, tal y como también apunta Berkley en su artículo.

El proceso de obtención lleva como mínimo 18 meses. “Primero hay que desarrollar la vacuna y después probarla en modelos animales experimentales”, explica Enjuanes

Una de las ventajas a la hora de diseñar una vacuna contra el SARS-CoV-2 es que el nuevo coronavirus muta poco, tal y como se puede observar en el seguimiento del patógeno por el mundo en tiempo real. Pero una vacuna no solo requiere el desarrollo del antígeno, la pieza nuclear de la terapia preventiva, si no que necesita de adyuvantes para potenciar las defensas del organismo y de un vehículo que la presente delante del sistema inmunitario. “Son varios aspectos complementarios, todos los cuales contribuyen al éxito de una vacuna”, resalta Enjuanes.

A pesar de la urgencia por conseguir una vacuna, el proceso de obtención lleva como mínimo 18 meses. Los ensayos clínicos en humanos para probar su seguridad y eficacia se reparten en tres capítulos, que son las fases I, II y III de cualquier investigación de estas características.

Sin embargo, la crisis sanitaria ha hecho que se plantee acelerar el proceso y obviar alguno de estos pasos. Hace unos días, la Universidad de Harvard (EE UU) publicaba un artículo en el que planteaba infectar directamente a jóvenes sanos para probar la vacuna más rápidamente. “Eso a mí ni se me pasa por la mente –reacciona Enjuanes–. Todo el mundo que trabaja en el desarrollo de vacunas sabe que primero hay que desarrollarla y después probarla en modelos animales experimentales”.

Y continúa con tono irónico: “Yo le propongo al investigador de Harvard que haya dicho eso que ponga a sus hijos a disposición de los laboratorios para que ensayen. Si lo ve tan claro, no tengo ningún problema, que lo haga con sus hijos, o los hijos de sus hijos. Nos parece que no es ni correcto ni prudente ir directamente a ensayos en niños pequeños si antes no se ha pasado por todos los procedimientos habituales, lo que se denomina ensayos preclínicos”.

Para decidir las vacunas que finalmente deberán probarse en humanos hay que tener en cuenta otros factores. Las candidatas deben funcionar y tener posibilidades de fabricarse a gran escala, algo esencial para garantizar la accesibilidad a un precio reducido.

Una vacuna que todos podamos pagar

“Estamos hablando de inmunizar a toda la población mundial”, subraya Blanco. Por eso considera tan importante el control por parte de organismos como la OMS para poder negociar las condiciones de la patente y su producción sostenible.

De todas formas, el virólogo añade que seguramente será necesaria más de una vacuna. “No todas funcionan de la misma manera en todas las personas”, recuerda. Por ejemplo, la gente de edad avanzada –el grupo de población de mayor riesgo– responde muy poco porque su sistema inmunitario envejece.

Blanco continúa con su explicación y va un paso más allá. El científico investiga para la vacuna del coronavirus de hoy, pero ya piensa en estrategias parcialmente eficaces contra “próximas pandemias”.

Enjuanes coincide. El veterano virólogo aprovecha para girar la mirada hacia sus 35 años de estudio de diversos coronavirus y denuncia: “Se trabaja a toda máquina cuando hay una necesidad urgente y luego, cuando desaparece, ya nadie se acuerda”. El SARS y el MERS también provocaron crisis internacionales de salud pública, pero el control de aquellos virus se conjuró con la recesión económica y los fondos para su investigación desaparecieron, apunta Blanco.

“Lo entendemos porque los recursos son limitados. Si se da dinero para un virus no lo hay para otro –reflexiona Enjuanes–. Pero incluso la OMS dijo que cuando superemos esta pandemia, que seguro que va a suceder, no olvidemos continuar con las investigaciones que se han puesto en marcha, porque la experiencia demuestra que cada 8 o 10 años sale un coronavirus mortal para los humanos.

Veremos si en esta ocasión, durante la próxima crisis económica, los Estados de todo el planeta priorizarán la investigación de vacunas para estar preparados frente a los futuros virus que nos queden por vivir.