Diccionario de periodismo digital: “Comentarios”

Los comentarios en los medios digitales van desde el idiota “Pri!” hasta genialidades que superan al texto que los inspiró. En el medio, discusiones interminables, catálogos de conspiraciones, chicanas, especialistas que aseguran saber más que los especialistas consagrados, buenas ideas, calumnias e injurias, spam, gifs de Los Simpson, insultos tradicionales y novedosos, despistados, prejuiciosos y, ocasionalmente, una aclaración del autor original -“el acusado”- o del moderador -“el juez”-.

Soportaríamos mejor a los comentaristas si los viéramos como hackers: personas casi siempre anónimas o con seudónimo que intervienen en medios para ellos inmutables, para destrozarlos o para transmitir a través de ese canal sus ideas, que de otro modo nadie escucharía. No debe sorprender la (alta) edad de estos personajes: crecieron en tiempos en que un diario era monolítico y sagrado. Un plebeyo solo podía acceder al palacio real a través de las Cartas de Lectores. De gritarle al televisor, a volcarlo en el diario de toda la vida, menuda diferencia.

Como no todos los hackers son iguales, tampoco todos los comentaristas son trolls. Es agotador ver a famosos de primera y segunda línea ningunear al que los critica con el cliché de “gordos en joggineta que me vienen a decir cómo tengo que hacer mi trabajo”. Es cierto que muchos supuran pus, pero a veces pueden leerse críticas más interesantes a una película en los comentarios que en la anodina y muchas veces cooptada crítica del medio. Los críticos de cine, que vivieron soportando el mote de “directores frustrados”, ahora insultan a sus comentaristas llamándolos “críticos frustrados”.

Los trolls destacan más y eso no solo estigmatiza a las secciones de comentarios sino que las termina corrompiendo. La Ley de Godwin llegó al cuarto de siglo y goza de buena salud. “A medida que una discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno”, proclama. Y su corolario argentino también es frecuente, no solo en las secciones de política o economía.

Un estudio de este año se propuso demostrar con datos duros que la Ley de Godwin no es una boutade. Y lo consiguió. A partir de un análisis de los comentarios de Reddit, comprobó que el 78% de los temas con más de 1000 comentarios mencionan a los nazis o a Hitler.
Y aunque esta dinámica no es nueva, en 2016 se dio el fenómeno que muchos medios del mundo comenzaron a cerrar sus secciones de comentarios. Es el momento perfecto para hacerlo por:

– los altos costos de mantener moderadores a los que cada vez su trabajo se les hace más inabarcable, aún automatizándolo en parte.

– la posibilidad de pasarle todo ese fardo a las cuentas que tienen los medios en las redes sociales.

– el temor a hacerse responsable de problemas legales por publicar las opiniones de un comentarista.

Este último punto tiene un nefasto antecedente en Argentina, cuando en 2004 el sitio Jujuy.com tuvo que pagar 18.000 dólares por un comentario anónimo. Por suerte hace unas semanas, un fallo avaló la libertad de expresión de los comentaristas de noticias publicadas en internet. La sentencia de la Corte Suprema de Justicia de Tucumán sostuvo que el diario La Gaceta no podía ser responsabilizado por las opiniones de los foristas “en la medida en que este sólo habilita la plataforma para el intercambio de juicios de valor con expresa precisión del origen de los comentarios”.

Otros medios como el sudafricano News24 prefieren decantarse por una solución intermedia: eliminar los comentarios de las noticias y mantenerlos en las páginas de Opinión. Tiene su lógica: si el periodismo profesional insiste en separar información de opinión: ¿que mejor solución que acotar las opiniones de los lectores a la sección a la que pertenecen?

Justamente lo opuesto a lo que hace La Nación, que deja que cada columinista decida si la gente puede agregar o no opiniones a sus opiniones. La misma discrecionalidad se aplica en noticias que al pie advierten: “Cerrada a comentarios debido a la sensibilidad del tema”. Por ejemplo, una infografía con una operación de Cristina ostenta la leyenda. Pero el obituario de Massera, no. ¿Cuál es el criterio? El diario jamás lo explica.

Pero algo les hace ruido de este sistema cachuzo a la gente de La Nación como se ve la opinión de uno de sus máximos responsables:

Así que, ya sabe: si quiere “publicar en La Nación”, apúrese, no le queda mucho tiempo. Después habrá que ver quién se toma el trabajo de leer su original concepto sobre “María Eugenia Vidal yendo a comer a McDonald’s” escondido entre los 3300 restantes. Pero eso es lo de menos.

Página de Condoricosos, que reemplaza los diálogos de Condorito por frases de los foristas de La Nación

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