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Dina Sanichar: el niño salvaje que fue criado por lobos

¿Qué nos hace humanos? ¿Nacemos de esta manera, o somos moldeados por la sociedad, con nuestros propios instintos animales sometidos por nuestras costumbres? ¿Qué sucede cuando eliminamos ese toque de civilización y educación humana? La siguiente historia arroja algo de luz sobre esas cuestiones.

A la izquierda, foto de Dina Sanichar.

En febrero de 1867, un grupo de cazadores se abría paso a través de la espesa jungla en Bulandshahr, Uttar Pradesh, India, cuando vieron una manada de lobos entrando en una cueva más adelante.

Al saber que la región había sido acosada por los ataques de los lobos en ese momento, los cazadores vieron esto como una oportunidad para exterminar a algunos de estos feroces canes. Para sacarlos de su guarida, idearon un plan en el que prenderían fuego a la boca de la cueva para que el humo haga lo suyo.

En poco tiempo, los lobos salieron corriendo al campo abierto, donde fueron apresados ​​uno por uno por los hombres armados. Justo cuando pensaban que habían matado a todas las criaturas, se escuchó el sonido de otra tosiendo y luchando en la penumbra de la cueva, pero cuando una forma floreció en la oscuridad, apenas pudieron contener sus disparos cuando se dieron cuenta de que no se trataba de un lobo. Lo que salió corriendo de las oscuras profundidades de la cueva al aire libre fue un joven humano, no mayor de 6 años, sobre cuatro patas y gruñendo de una manera bestial a los cazadores.

Crédito: Philipp Pilz.

De todos los indicios, parecía que el niño había sido criado por los lobos. Se lo describió con dientes prominentes, frente baja y se movía de manera inquieta. También era muy peludo.

Al principio, los hombres no se pudieron acercar al infante, ya que era tan feroz como los lobos que habían sido abatidos. Gritó y mordió a cualquiera que se acercara a él, y solo pudo ser capturado cuando se quedó sin energía para desplomarse junto a uno de los lobos muertos y enterrar su rostro en su pelaje como si estuviera de luto. Incluso entonces, el chico se resistió, pero finalmente pudieron someterlo.

En un intento por traerlo de regreso a la civilización, los cazadores lo llevaron al Orfanato de la Misión Sikandra donde fue bautizado y posteriormente nombrado Dina Sanichar (Sanichar significa ‘sábado’ en urdu, porque ese fue el día en que llegó al orfanato).

La lucha de Dina por adaptarse a la civilización

Los siguientes años se pasaron tratando de rehabilitar a Dina y hacer que funcionara como lo hacen los humanos. La cantidad de tiempo que había pasado en la naturaleza le había causado un daño significativo.

No fue fácil para él adaptarse a su nueva vida. El director del orfanato, el padre Erhardt, diría que «aunque indudablemente pagal (imbécil o idiota), todavía mostraba signos de razón y, a veces, verdadera astucia».

Dina Sanichar de niño en el orfanato.

Inicialmente, comunicarse con Dina fue difícil porque no entendía el lenguaje y los gestos de los misioneros que lo atendían. En respuesta, gruñía y hacía otros ruidos de animales cuando necesitaba hacerse entender.

En cuanto a sus pocos avances hacia lo considerado humano, podía caminar erguido, aunque se movía mucho más hábilmente a cuatro patas. Podía vestirse solo «con dificultad» y se las arregló para llevar un registro de su taza y plato. No obstante, continuó oliendo toda su comida antes de comerla, siempre evitando dentro de lo posible cualquier cosa que no fuera carne cruda.

Dina Sanichar de adulto.

Se hicieron varios intentos para enseñarle a leer, hablar y escribir, pero nunca aprendió nada de eso. Además, si bien parecía comprender algunas palabras, nunca supo realmente cómo hablar.

Irónicamente, un hábito humano que adoptó de adulto con bastante frecuencia —al punto de la adicción— fue fumar, algo que posiblemente lo ayudó a llegar a una tumba prematura cuando murió de tuberculosis en 1895, tan solo 20 años después de su llegada a la civilización.

La importancia del lenguaje

Quizás el mito occidental más famoso de niños salvajes es el de Rómulo y Remo, gemelos que fueron abandonados en la orilla del río Tíber, amamantados y criados por una loba, y luego regresaron a la civilización para fundar Roma, el llamado epicentro de la civilización. Pero Dina es la inversión de esa narrativa salvaje a noble. Su historia reveló que puedes sacar al niño del bosque, pero no puedes sacar el bosque del niño.

Y es que gran parte del abismo entre la naturaleza y la civilización tiene que ver con el lenguaje. Dina nunca aprendió a hablar, y ofreció a los investigadores los resultados de lo que sería —si fuera diseñado— un experimento bárbaro en el estudio del desarrollo humano. Sobre todo en lo que respecta al período crítico para el aprendizaje del lenguaje —el cual, de perderse, nunca permitirá una comprensión completa del mismo—.

Rómulo y Remo.

El lingüista estadounidense Noam Chomsky no publicaría sus emblemáticas Estructuras Sintácticas hasta casi 70 años después de este caso. En ellas, teorizó que el lenguaje es fundamental para la experiencia humana. «Si personas sin idioma fueran abandonadas en una isla —explica el autor en su obra—, en una generación o dos crearían un idioma propio».

Es posible que Dina no hablara su lengua materna, pero como Lucien Malson escribió en el libro de psicología Wolf Children and the Problem of Human Nature, había improvisado otras formas de comunicación «más crudas, menos específicamente humanas», que a menudo eran manifestaciones de impaciencia y rabia. De hecho, muchos de estos niños criados por animales adoptarían los modos de comunicación de sus padres animales: ladridos, aullidos, gruñidos y arremetidas.

El tema del estudio más riguroso del silencio de los niños aislados fue Genie, una niña de Los Ángeles que fue encerrada en una habitación durante años por un padre abusivo. Su descubrimiento en 1970 fue un caso trágico del que aprenderíamos mucho más sobre la neurociencia del desarrollo del lenguaje y lo que le sucede al cerebro y a la experiencia del mundo si se lo pierden.

Pero lo que hace el caso de Dina algo desconcertante es que —quizás— pone al descubierto la precariedad de la distinción entre animal y humano. Pasamos unos años lejos de hogares, automóviles, duchas y personas, y podríamos parecernos más al perro de la familia que a nuestra familia humana.

Se ha sugerido que Dina (derecha) pudo haber inspirado al personaje «Mowgli» en las historias de El Libro de la Selva, publicado por Rudyard Kipling en 1894.

Las pocas imágenes que quedan revelan una figura de ojos desorbitados, su cuerpo contorsionado, como si no supiera cómo estar en él. Verlo vestido es aún más alarmante —las trampas de la civilización amplifican su salvajismo en lugar de ocultarlo—. El niño salvaje amenaza con deshacer la jerarquía de seres biológicos, donde los humanos están en la cima, al obligarnos a preguntar qué somos.

Como escribió Malson, los niños lobo no parecían realmente personas en absoluto: «La opinión de que los hombres fuera de la sociedad no son realmente hombres se ve reforzada por el hecho de que los rasgos peculiarmente humanos como reír y sonreír están totalmente ausentes en los niños salvajes».

Si Dina encontró esa humanidad perdida dentro de sí mismo o no, probablemente seguirá siendo un misterio.

Referencias:

Edición: MP.

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