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La cueva de Los Tayos y los petroglifos de Katazhos: metalenguaje de los dioses

¿Es la cueva de Los Tayos una «anomalía» enigmática, aislada y solitaria en medio del oriente amazónico ecuatoriano? ¿O supo haber un contexto, un marco cultural o civilizatorio donde aquélla adquiría otra perspectiva? Creemos tener la respuesta: sí lo hubo.

Algo de esto ya nos ponía en paradigma a partir de nuestro trabajo tras las huellas del «gigante de Gonzánama» y los «menhires de Quillusara». Todo ello ya nos da la pauta que tanto la provincia de Loja como la de Morona-Santiago (siempre en Ecuador) fue escenario de etnias quizás desconocidas, toda vez que sus expresiones culturales y la ubicuidad temporal —muy anterior a lo aceptado por la «historia oficial»— obliga a buscar respuestas que salgan del academicismo conocido.

Ya he descrito en el podcast mencionado en el comienzo las instancias circunstanciales del viaje que nos llevó al lugar. Quiero entonces ocupar este artículo en comenzar a esbozar una interpretación de los mismos. Empero, permítanme ponerles en circunstancia: se conocen hasta ahora 123 rocas con estos grabados, dispuestos en un eje sur-norte a orillas del río Katazhos, el que nace en la montaña del mismo nombre (en dialecto shuar, Katazhos significa ‘pene de mono’). Lo apasionante es que, pese a que sólo se ha realizado dos estudios someros científicos sobre los mismos —que no hicieron más que censarlos y copiar las figuras— se sabe que hacia el norte continúan, ya en fincas privadas, en un número indeterminado por también indeterminados kilómetros.

El autor de este artículo, Gustavo Fernández, junto a una de las rocas con petroglifos. Crédito: Grupo Operativo Tayos.

Los agricultores están reacios a permitir que se ingrese a sus terrenos —estos mismos ya conocidos han significado privar a algunos dueños de tierras de sus parcelas—, pero se estima que por unos diez a veinte kilómetros, siempre hacia el norte, continúan repitiéndose. Sugestivo: no se extienden al sur de esta posición. Y esto es tan interesante porque en dirección levemente noreste, a 30 kilómetros de donde estábamos trabajando, se abren las profundidades de la cueva de Los Tayos. Significa, simplemente, que los petroglifos se suceden casi hasta la cueva, y entonces, eso concluye que sí, que había, después de todo, un contexto cultural asociable a la misma.

Visualizo en tiempos pretéritos, muy anteriores a la llegada de los Shuar a la región (lo que ocurrió unos 600 años atrás) una civilización sedentaria y con actividad intelectual explícita en sus abstracciones simbólicas —reflejadas en los petroglifos— que incluso llegó a realizar una interesante urbanización: junto a las rocas se encuentran tres «tolas», que es como llaman a montículos que se sabe son artificiales y que mostramos aquí.

Las «Tolas». Crédito: Grupo Operativo Tayos.

Algunos suponen que eran miembros de la llamada «cultura Upano», por unas pocas cerámicas encontradas, pero no hay certeza que correspondan al mismo horizonte temporal que los petroglifos.

Cabe destacar que, viéndoles, no pude dejar de pensar en esa cultura que en la frontera selvática entre Bolivia y Brasil, la de los Kuhikugu, supo hacer «islotes» sobre los cuales construía sus aldeas, comunicadas por caminos también elevados, todo ello porque en tiempos de lluvia el terreno se inunda —aún hoy— en enormes extensiones y, además de la dificultad que ello significa para los núcleos poblacionales, es peligroso por ser ideal para todo tipo de alimañas.

El terreno recorrido. Crédito: Grupo Operativo Tayos.

Aquí, en Katazhos, el clima es el mismo: llueve buena parte del año. Pese al enorme calor reinante cuando le visitamos, y que hacía, según se nos dijo, más de dos meses que no llovía, la mayor parte del tiempo caminamos en lodo que tragaba nuestros pies hasta los tobillos.

Con todo esto en mente, veamos los petroglifos —sólo unos pocos— a los que creemos haberles encontrado algún sentido:

Crédito: Grupo Operativo Tayos.

Son omnipresentes las «espirales». Aplicando criterios universalistas —siguiendo el pensamiento junguiano, entiendo que los símbolos, por arquetípicos y por tanto emergentes del Inconsciente Colectivo, tienen un significado bastante común independientemente de momentos y geografías— sabemos que la espiral —al igual que el Laberinto— significa «búsqueda espiritual», introspección. En este caso, priman las espirales simples aunque, como veremos, se presentan también dobles, triples y cuádruples:

Crédito: Grupo Operativo Tayos.

Con este ejemplo avanzaremos mucho en su interpretación. Muestra dos seres antropomorfos, claramente un hombre y una mujer (o cualesquiera dos géneros, claramente diferenciados) con una «corona brillante». Como este tipo de figuras bien elaboradas se vuelven a repetir, los llamamos «dioses solares».

Si se observa la figura de la derecha, parece que presentara una cola. En realidad, se trata de otro petroglifo sobre el cual fue tallado éste, anterior y primitivo, de una rana —este tipo de superposiciones es lo que nos permite entender que distintos grupos a lo largo de mucho tiempo ocuparon el lugar—. Y decimos «mucho tiempo» pues debe haber pasado el suficiente para que se perdiera el aprecio, respeto o comprensión de petroglifos hechos por los ancestros, al punto de ser cubiertos por otros más inmediatos. Si no hubiera transcurrido tanto tiempo entre ellos, se tendría recuerdo del significado del pretérito —o de quienes lo hicieron— y se habría trabajado a un lado.

Entre ambos, un interesante entramado de espirales: las hay simples, dobles y, finalmente, triples y cuádruples. O «triskelion» como se las conocía en griego a unas, y «swástikas» las otras. Ambas, se sabe, señalan el trabajo espiritual que lleva a la superioridad metafísica. Con lo cual la sucesión de espirales grafica de manera muy sencilla e ilustrativa el «camino evolutivo» o «camino de ascensión» que indudablemente esos dos «seres» han cumplido.

Pero a esto se agrega un detalle explosivo: en todos los casos donde aparecen «dioses solares», las figuras están orientadas al noreste. ¡Hacia la cueva de Los Tayos!

Crédito: Grupo Operativo Tayos.

La «araña» a la izquierda en la imagen sobre estas líneas se repite mucho. Simbólicamente significa la maternidad, la Madre arquetípica, lo que une —como su tela une puntos alejados entre sí—. Curiosamente, suele repetirse junto al símbolo de la derecha. Los lugareños le llaman «la pizza». ¿Podría ser el disco solar? Sí, pero también alguna otra cosa, siempre «en los cielos» —porque siempre aparece por sobre el horizonte de otros petroglifos—.

La de a continuación es otra araña. Obsérvese que mucho más elaborada, compleja y abstracta que la anterior, señal de generaciones posteriores más evolucionadas en su capacidad de abstracción.

Crédito: Grupo Operativo Tayos.

Siempre, bajo la «pizza» —perdón por la irreverencia, no puedo dejar de sonreír al recordar las explicaciones de la gente del lugar— aparece o bien la araña, o este tipo de «ser». Dado que en otros puntos está esquemáticamente bien definido el aspecto humano, es obvio que esta figura se refiere a otro tipo de «ser».

Crédito: Grupo Operativo Tayos.

Ramiro Hurtado, docente del cercano pueblo de Indanza e historiador entusiasta supone que puede deberse a ciertas visiones tras el consumo de alucinógenos. Hipótesis plausible, sólo faltaría determinar, por ejemplo, en ese lugar y ése tiempo que clase de alucinógenos eran accesibles para los clanes locales.

El siguiente petroglifo, muy elemental, muestra un ser humano y en su proximidad dos serpientes. Trazo casi infantil que señala sin embargo que cuando querían expresar «humano» podían hacerlo claramente, y cuando querían decir «no humano»… también.

Crédito: Grupo Operativo Tayos.

Los contornos humanoides en forma de «torre» siempre aparecen en los alrededores de espirales. Humanoides pues se les ha marcado ojos y boca. Entonces, ¿representan humanos «desdoblándose» y proyectándose fuera de su cuerpo físico en medio de alguna experiencia mística?

Crédito: Grupo Operativo Tayos.

La próxima figura es de las más interesantes. Y es por cómo respondió el péndulo radiestésico cuando la recorrimos. Sobre su cuerpo, a medida que lo desplazábamos no acusaba movimiento. Sin embargo, cuando nos detuvimos sobre la lengua que en forma de espiral sale de su boca, nuestro péndulo comenzó a girar frenéticamente.

Crédito: Grupo Operativo Tayos.

Y más extraño aún: a medida que subíamos y bajábamos el brazo, cada cuarenta o cincuenta centímetros el péndulo invertía el sentido de giro, clara evidencia —en Radiestesia— que se trataba de un «vórtice descendente».

Totalmente solitaria e independiente de otras, la roca bajo estas líneas muestra lo que tal vez sea un calendario o algún tipo de cuenta numérica. Obsérvese que, de arriba hacia abajo, tenemos una hilera horizontal de tres orificios, luego uno de cuatro, uno de uno solo, el siguiente de cuatro y el último, de tres también.

Crédito: Grupo Operativo Tayos.

Aquí tenemos un petroglifo —o un encadenamiento de ellos— ante el cual permanecimos perplejos. ¿Una cadena sinfín? ¿Una serpiente? ¿Una sucesión horizontal de rostros?

Crédito: Grupo Operativo Tayos.

Existen dos rocas particularmente curiosas. Las llamamos «los buques», porque son delgadas en su sección vertical, como proas de barcos y como mascarones de proa, ambas presentan rostros de simios. Ambas, lado a lado, separadas por poco más de dos metros, paralelas.

Crédito: Grupo Operativo Tayos.

Detalles: éstas, como los «dioses solares» también son las únicas orientadas hacia la cueva de Los Tayos. Y en ellas, al colocar nuestras brújulas digitales, presentan desvíos acusados y violentos de hasta 180°. Destaco que las brújulas analógicas (las de gota de agua o aceite) no acusan ninguna desviación. No se trata, pues, de anomalías «magnéticas». Es algo que afecta la «información» que el GPS de nuestro aparato (un Garmin) recibe de satélites.

Más «dioses solares». Esta roca se encuentra en lo que llamamos «la plaza», el espacio entre las tres «tolas», como puede verse en la imagen. Y aquí las figuras también miran hacia la cueva de los Tayos.

Crédito: Grupo Operativo Tayos.

Estas figuras demuestran, entonces, lo anticipado: que en los alrededores de la cueva tan famosa se asentó, estableció y desarrolló una elaborada cultura, seguramente testigo de manifestaciones, presencias o eventos que, en su pensamiento simbólico, aún de escritura no elaborada, los sorprendieron y consideraron importante perpetuar.

Addenda

Incidentalmente, como pueden ver en este video muchas de estas rocas —no todas— se encuentran en «cruces de líneas Hartmann», generalmente en las bandas distantes entre sí seis metros. Y cuando lo están, siempre llevan espirales grabadas en ellas. También es curioso ver piedras partidas, se supone que por rayos, pero en esos casos las fracturas —como las brújulas indican— siempre y solamente se orientan norte-sur.

También es curioso ver piedras partidas, se supone que por rayos, pero en esos casos las fracturas siempre y solamente se orientan norte-sur.

Crédito: Grupo Operativo Tayos.

Por Gustavo Fernández. Edición: MP.

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