Regálese libertad

PERMÍTAME, querido lector, que emplee hoy el valioso espacio de esta columna para hablar de mí. O mejor dicho; de mi oficio, mis oficios, que se mueren lentamente sin aparente alarma social, por más que las consecuencias de este fenómeno resulten devastadoras.

El periodismo agoniza. La prensa de papel, no tanto un formato o soporte cuanto un concepto, lleva años soportando una crisis brutal que deja la del ladrillo reducida a la condición de chiste. ¿Por qué? Los motivos son múltiples, aunque el principal es éste: leer exige pensar. Ya sea un periódico o un libro, el acto de leer demanda un cierto esfuerzo intelectual por parte de quien lo realiza. En el caso de la ficción, requiere además imaginación; otra herramienta del pasado en grave peligro de extinción. Y es que este tiempo superficial y vacuo prefiere deglutir imágenes a través de una pantalla, sea del tamaño que sea, antes que tomarse la molestia de procesar símbolos, transformarlos en palabras y convertir éstas en ideas. Acepta gustoso que le suministren ideología ajena, cuanto más demagógica mejor, antes que formarse un criterio propio previo ejercicio de reflexión. Los hijos de esta maravillosa era del milagro tecnológico parecen haber sido privados de la voluntad necesaria para trabajar en su propia construcción interior y delegan en las máquinas la tarea de pensar por ellos.

Hemos trocado profundidad por rapidez y rigor por inmediatez. En el cambio, como era de esperar, ha salido perdiendo el periodismo «de papel»; esto es, el que comprueba noticias, busca fuentes propias, analiza causas y consecuencias, sitúa hechos en sus correspondientes contextos o, dicho de otro modo, se hace digno de llevar ese nombre. Como explicó magistralmente hace unos años Alessandro Baricco en su ensayo «Los bárbaros», la realidad ya no se navega ni mucho menos bucea, sino que se surfea a toda velocidad al albur de olas cambiantes en el vasto océano del trending topic, que podría traducirse como «asunto de moda». Lo cual es tanto como decir que la tendencia se ha impuesto a la importancia, para satisfacción de quienes viven y medran de manipular a las masas, infinitamente más maleables hoy de lo que lo eran hace treinta años precisamente por esa renuncia voluntaria a pensar, esa pereza intelectual hábilmente fomentada desde distintos poderes con el fin de gobernar «gente» en lugar de vérselas con ciudadanos formados, libres y por ende soberanos. Los frutos políticos de esa involución crecen como las setas en los cuatro puntos cardinales del mundo al que llamamos «democrático».

También nosotros hemos cometido errores, no cabe duda. El primero de ellos, devaluar nuestra propia profesión acostumbrando al lector a consumir el resultado de nuestro trabajo de manera gratuita. Valor y precio son magnitudes distintas, lo sabemos, pero lo que nada cuesta acaba considerándose poco o nada valioso en virtud de un mecanismo inconsciente prácticamente automático. El segundo, rendir en muchos casos la independencia y, con ella, la credibilidad. Muchos, no todos; una razón de más para apoyar a quienes, como el centenario ABC, siguen luchando día a día por honrar su cabecera con información veraz y opinión plural rebelde frente a las presiones.

Por todo ello, querido lector, permítame que aproveche estas fechas para pedirle que resista. Que no se sume a la corriente dominante y defienda con fiereza su inalienable derecho a pensar. Su deber cívico de reflexionar. Rodéese de periódicos y libros. Aférrese al criterio propio que unos y otros le ayudarán a formar. Regálese liberad.

Isabel San SebastiánIsabel San Sebastián

Loading...