Diana, la princesa que supo pero no pudo reinar

Diana Spencer murió el 31 de agosto de 1997, pero ni la princesa Diana ni su alter ego lady Di han muerto a pesar de los veinte años transcurridos desde que la columna de un subterráneo en el parisino puente del Alma se interpuso en su camino. Después le echaron la culpa a Henri Paul, el chófer que bebía demasiado, y a los paparazzi que persiguieron el Mercedes (averiado y recompuesto) en el que Diana y su acompañante, Dodi al Fayed, realizaron su último viaje, pero solo fue un accidente que, como casi todos, se pudo evitar.

Las dos décadas transcurridas desde aquella trágica noche de verano no han logrado acabar con el mito de la princesa que alteró para siempre el mapa de la realeza. Lo más trágico es que ella no únicamente perdió la vida cuando solo tenía 36 años , sino también su batalla contra la corona británica y, sobre todo, la guerra que mantuvo desde el mismo momento de su boda contra su marido, Carlos Windsor, príncipe de Gales, y la amante de éste, Camila Parker Bowles. Isabel II, la mujer que antepone su deber a su querer, sus obligaciones a sus devociones, sigue en el trono a sus 91 años sin que se le haya visto prodigar, en público, más muestras de afecto que las que dirige a sus caballos y sus perros corgi. No es verdad que Diana aportara calidez a sus funciones y ni que en su presencia en actos públicos pusiera su corazón, simplemente la fallecida princesa era joven y guapa y las masas, como las aguas con Moisés, se abrían a su paso y ella, consciente de su poder, lo explotó. La admiración, rozando la histeria colectiva, que nació en Inglaterra y pasó a casi todo el mundo, tiene más que ver con el fenómeno fans que con el culto a la realeza. Diana, por instinto natural, por ganas de agradar y también por su empeño en dejar en segundo plano a la familia real británica, se empleó a fondo en su faceta pública. Su mensaje era claro: ¿Cómo podía Carlos rechazarla, si la quería todo el mundo?

Las dos décadas transcurridas desde
su trágica muerte en París no han logrado acabar con el mito

Diana se dio cuenta enseguida de su potencial y empezó a explotarlo con la misma intensidad con la que se iba machacando por dentro. Lo más curioso del caso es que, pasados los años, se ha repetido hasta la saciedad que Diana perdió la autoestima ; se han relatado sus intentos de quitarse la vida; su bulimia; sus ataques de ansiedad; en definitiva se ha retratado una vida insoportable en el plano íntimo y privado que, sin embargo, no le impedía salir a la calle radiante y feliz. Nunca se entendió muy bien esa dualidad que obliga a pensar que una de sus dos caras era falsa: o no era tan desgraciada como decía ser o, su aparente entrega y dedicación al pueblo no era más que la proyección de su propio narcisismo.

Diana, eso es cierto, llegó al matrimonio con ilusión y, dada su personalidad, con la satisfacción de haber sido ella, entre todas mujeres del mundo, la que había logrado llevar al príncipe de Gales al altar. No sabía la joven princesa que no era la ganadora si no la única concursante; muchas rechazaron la oferta a sabiendas que era una condena de por vida, un trabajo que no tiene horario y un matrimonio que incluía, en su disco duro, la practica obligación de una vida íntima paralela. Pero no solo del marido, también Diana pudo tener una vida privada propia pero cuando lo descubrió ya había dado el campanazo y no pudo seguir por un camino que, a la larga, la hubiera conducido al trono de Inglaterra y, además, hubiera condenado a su rival, Camila, a seguir en las catacumbas. La vida de Diana fue corta pero intensa. Sus hijos, Guillermo y Enrique, la recuerdan con amor y aún se duelen por su ausencia pero son más Windsor que Spencer; sus admiradores, algunos irracionales, siguen recordando el día en el que les tocó con su varita mágica: la Corona británica se ha rehecho; Carlos y Camila, se han casado. Y Diana está muerta.

O no era tan infeliz como decía o su entrega al pueblo no era más que su afán de protagonismo

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