Francesca Pascale, exilio dorado en la villa que le regaló Berusconi

No hay paz para Silvio Berlusconi. Su entorno está siendo revolucionado y para colmo sufre un incidente: se rompe dos dedos de la mano que se le encastró en la puerta del coche. Es un periodo negro para el líder de Forza Italia, que el jueves abandonó el hospital San Raffaele de Milán, un mes después de su ingreso para ser operado a corazón abierto y sustituirle una válvula aórtica. Regresó a su villa San Martino, en Arcore (Milán), para una rehabilitación de dos meses. Un retorno, con dos casas, porque al menos en este periodo su novia Francesca Pascale (31 años) vivirá en la lujosa villa Giambelli, que se encuentra en el pueblo de Casatenovo (Lecco), a unos quince kilómetros de Arcore.

Berlusconi, siempre generoso, regaló a Pascale, en septiembre del pasado año, la mansión Giambelli, de 1140 metros: Dispone de un espléndido parque de 15.000 metros cuadrados, con árboles seculares y consta de siete habitaciones, ocho baños y diversos salones. La villa le costó a Berlusconi dos millones y medio de euros, cantidad que los propios vecinos de Casatenovo consideraron irrisoria, teniendo en cuenta la historia y prestigio de la residencia, que en el pasado fue escenario de acontecimientos culturales de notable relieve.

Francesca Pascale ha sido mandada a ese «exilio» dorado por la hija mayor de Silvio Berlusconi, Marina (49 años), presidenta del holding Fininvest y de Mondadori, el mayor grupo editorial italiano. La primogénita, ojo derecho del exprimer ministro, ha licenciado al «círculo mágico» que ha rodeado en los últimos años al líder de Forza Italia, y que en su opinión lo ha devastado, obligándole a esfuerzos que no se corresponden ni con su edad -80 años en septiembre- ni condiciones físicas. Ese círculo estaba controlado por su novia Pascale y la senadora Maria Rosaria Rossi, que se convirtió la sombra permanente de Berlusconi, hasta el punto de ser calificada en los medios como su «criada». Marina Berlusconi dirigió rabiosas palabras a ese «círculo mágico», cuando el padre corrió peligro de muerte y tuvo que ser hospitalizado: «Lo habéis exprimido demasiado. Comprendo las exigencias políticas, pero mi padre no estaba ya en grado de sostener ciertos ritmos y hay que dejarlo en paz»

La gota que hizo rebosar el vaso fueron las lágrimas de Francesca Pascale en un balcón del hospital San Raffaele, durante la operación a corazón abierto a la que se estaba sometiendo Berlusconi. Aun admitiendo que esas lágrimas pudieron ser sinceras, motivadas por el dolor, lo que dio fastidio a los hijos del magnate es que se hiciera exhibición de ese dolor a favor de las cámaras de los reporteros, con imágenes que ocuparon las primeras páginas de todos los periódicos. Los hijos estaban hartos de la exposición excesiva de la que hacía Francesca gala en los medios, buscando a veces la polémica, incluso con los eventuales aliados de Berlusconi: Al líder de la Liga Norte, Matteo Salvini, lo llamó «troglodita» en Instagram, y a la líder de Fratelli d’ Italia, Giorgia Meloni, la calificó de «refinada fascista moderna». Al final tuvo que intervenir el abogado de Berluscoi, Niccolò Ghedini, para imponer a la Pascale que cerrara su perfil en la citada red social.

Marina y sus cuatro hermanos, Pier Silvio, Barbara, Luigi y Eleonara aprovecharon la hospitalización del padre, para constituir un «consejo de familia», del que también formaron parte su abogado Ghedini, su estrecho colaborador Gianni Letta y su amigo de siempre, Fedele Confalonieri, presidente de Mediaset. Todos estuvieron de acuerdo en la conveniencia de obligar a Francesca Pascale a trasladarse a villa Giambelli. Ese descenso, desde la cúspide de las celebridades al purgatorio de los exiliados, se escenificó de forma clamorosa en la salida del hospital San Raffaele: Berlusconi, pálido y cansado, apareció apoyándose en el hombro del parlamentario boloñés Valentino Valentini, 54 años, un político discreto, que ya estuvo al servicio de Berlusconi, y que vuelve a Arcore a la sala de control con galones de general.

Una anécdota refleja el estilo del Cavaliere y el tipo de relación que estableció con su nueva mano derecha, Valentino Valentini. Su primer encuentro estuvo marcado por un «flechazo»: «Dime, Valentino, ¿tienes novia?», le preguntó Berlusconi. «Sí, ciertamente», le respondió Valentini. Y el exprimer ministro, siempre cautivador y con amplia sonrisa, concluyó: «Llámala y dile que, desde hoy, tienes dos novias. La otra seré yo». Inició así la aventura de Valentini con Berlusconi, del que fue paulatinamente distanciado por el llamado «círculo mágico», con Francesca Pascale a la cabeza.

Hoy Valentino Valentini, alérgico al contacto con los periodistas, ha vuelto para diseñar el eventual retorno de Berlusconi en la escena política, tras los dos meses previstos de rehabilitación. Y Pascale está ya en su exilio dorado, en compañía de sus caniches Dudú y Dudina.

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