Kim Kardashian, una emperatriz de oro gracias a sus extravagancias

Confieso que a veces tengo la sensación de que Kim Kardashian ha convertido su vida en un Show de Truman permanente. A diferencia del personaje que interpreta Jim Carrey en la reconocida película, creo que la celeb sabe perfectamente que forma parte de una película en la que su particular negocio pasa por alcanzar dos objetivos: distraer al personal y sacar rentabilidad económica de ello. Una personalidad convertida en personaje excéntrico pero que sabe perfectamente qué hacer y cuándo hacerlo.

La última de la diva ha sido pasearse por la calle sin pantalones y hacer creer que es una nueva tendencia de moda. No está mal. Es lo que tienen la reputadas ‘influencers’ que un día te dirán que tirarse por un balcón desde un séptimo piso es una nueva tendencia de aviación y tú, que en el mejor de los casos estarás apalancado en el sofá de casa, pensarás, “oye, vamos a probarlo”. El final de la historia, si no acudes diariamente a un psicólogo, te lo puedes imaginar.

La extravagancia como negocio

Realizando una reflexión un poco más profunda, y reconociendo la pereza de la misma, uno llega a la conclusión de que el círculo virtuoso es ciertamente lógico basándonos en las leyes de mercado más recientes. Críticas habituales al margen, llama la atención lo extravagante, aquello que consideramos que está fuera de lugar aunque sea vulgar, aquellas personas que deciden nadar sistemáticamente a contracorriente y que convierten su vida en una oda al exhibicionismo. Es por ello que muchos deciden, con el tiempo, abandonar la persona para terminar convertido en personaje vestido con un imán para focos y medios de comunicación.

En esta metamorfosis vital encontramos a una Kim Kardashian que ha hecho valer sus galones de ‘star system’ para atraer la atención de un sector rosa ávido de héroes y heroínas que puedan salvar un mes de mala audiencia. La ‘celeb’ lo sabe y les da lo que quieren, no por gusto, sino porque ella es la primera beneficiada de una fama que utiliza a su favor para alimentar su cuenta corriente a base de patrocinadores y anunciantes que ven en la mujer un escaparate humano convertido en una mina de oro no solo para ella.

Y así fue como la modelo descubrió que no quería ser solo una modelo sobre las pasarelas, quería ser un modelo de vida para otras personas que congeniaran con su forma de ser, vestuarios y accesorios incluidos. También con su polémico talante. Pronto vendió su propia intimidad con el reality show Keeping with the Kardashians con el que ganó mucho dinero en poco tiempo. También con Kourtney and Kim Take New York, junto a su hermana. Solo en el año en el que se estrenó el show, la celeb ganó 6 millones de dólares americanos. Una cifra que no está nada mal para alguien a la que no le parece importar que hablen mal de ella mientras forme parte de las conversaciones alienas.

Una lista de locuras que no cesa

Kardashian sabe que para que su interés no decrezca- y por consecuente sus anunciantes- tiene que idear guiones sublimes y, sobre todo, que sorprendan. Y ahí tiene una corona de oro y diamantes y un currículum de aquello más peculiar. Desde tratamientos de belleza para inyectarse su propia sangre para mitigar las arrugas, bañarse con leche, hacerse socia de honor de las clínicas de cirugía plástica, llamarle a su hija North West (Norte-Oeste) o casarse y divorciarse en el plazo de…72 días. Todo un récord que podría inspirar a cualquier cantautor de desamor como Álex Ubago.

Su actual relación con el rapero Kanye West, con quien conforma un tándem de extravagancias imparable- también es un aliciente a tener en cuenta, que compite con su obsesión por su físico- como cuando perdió 32 kilos en pocos meses- o los más de 6.000 selfies que la modelo afirma que se hizo en el mismo viaje a México (contarlas no las ha contado nadie).

No es de extrañar pues que con tantos cuidados y retoques una tenga la autoestima por encima de los rascacielos y decida día sí, día también, llamar la atención en su Instagram con fotos en lo que más complicado es encontrar dónde está la pieza de ropa. La última de la celeb fue pasearse por Nueva York sin pantalones, con la única compañía de unas medias negras transparentes que decidió usar como leggins y dejando ver su ropa interior. Un look que dejó atónitos a los presentes pero que hizo las delicias de sus seguidores que defienden sus decisiones como parte de una libertad personal por la que muchos suspiran.

Al final, solo cuando a sus espaldas se cierra la puerta de su hogar, ya sin cámaras (lo del reality no cuela como normalidad) es cuando la modelo puede quitarse el disfraz para convertirse en persona humana, madre, esposa o cualquier estereotipo que recuerde que Kim Kardashian no es una marciana como muchos pueden (podemos) llegar a pensar en según qué ocasiones. Y allí, en la tranquilidad de su escondrijo, es donde imagino que la ‘celeb’ decide desmaquillarse y reírse de aquellos que disparan contras sus extravagancias a la vez que con su atención alimentan su legado o, simplemente, reconfortarse en un personaje que hace tanto tiempo que interpreta, que se ha olvidado de Kimberly, aquella chica que nació en Los Ángeles hace 36 años cuando su sonrisa desprendía una inocencia que hoy parece haberse esfumado para no volver.

la lista de locuras y acciones extravagantes de la modelo es larga y muy variada

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