La belleza, mirada del alma

Claudia Cardinale guarda el secreto del oficio: la única mirada que traspasa la pantalla es la del alma. Y para seguir manteniendo la belleza, ahora que está envejeciendo, usa la sonrisa, el método más eficaz de eliminar las arrugas de un rostro que nunca ha pasado por el quirófano. El cuerpo para la actriz tan sólo ha sido una máscara de expresión. Cuando se tienen unos ojos fríos no se comunica nada. Los de ella conservan la calidez. La actriz continúa haciendo cine y televisión. Uno de sus últimos trabajos fue El artista y la modelo de Fernando Trueba, película del 2013.

Nació en Túnez en 1938 en una familia de emigrantes sicilianos que se establecieron en La Goleta, el puerto de la ciudad. El padre era ingeniero ferroviario. Durante la guerra mundial, recuerda ver los barcos de soldados que les traían comida. Claudia y su hermana menor, Blanche, fueron a una escuela de Cartago. Era una niña lanzada y dispuesta que recibió castigos en el colegio y se peleaba con los chicos del barrio. Más tarde estudió en el liceo Paul Cambon para convertirse en maestra, pero ocurrió algo inesperado. Omar Sharif y su escenógrafo pasaron delante del centro académico, la vieron y la llamaron pero ella se escabulló hasta que, después de hablar con la directora del instituto, aceptó la oportunidad de aparecer fugazmente en la película que estaban rodando.

Claudia Cardinale fotografiada recientemente
Claudia Cardinale fotografiada recientemente (Camilla Morandi – Corbis / Getty)

Más tarde ganó un concurso de belleza. El premio consistía en asistir a la Mostra de Venecia. Fue un choque emocional por el asedio de los fotógrafos. Cardinale era un prodigio de fotogenia. Regresó a Túnez con la sorpresa de un embarazo a sus 17 años, fruto de una violenta relación con un hombre francés. Disimuló durante tiempo a su hijo Patrick, a quien presentaba como hermano o sobrino. En 1966 se casó con el productor Franco Cristaldi que reconoció al hijo. A los cuarenta años tuvo a su hija Claudia con su segunda pareja, el director Pasquale Squitieri. En uno de sus libros recuerda cómo Marlon Brando intentó seducirla y ella le dejó con la puerta en los morros, aunque al cabo de unos segundos ya se había arrepentido.

Su primera película fue Rufufú, de Mario Monicelli, junto a Vittorio Gassman y Marcello Mastroianni. Después vendría la relación con dos directores que le marcaron profundamente, Luchino Visconti y Federico Fellini. Con el primero rodó, entre otros títulos, Rocco y sus hermanos y El gatopardo, y con el segundo, Fellini 8 ½. Para la actriz, Visconti era el día y Fellini la noche. Uno la quería con el pelo rubio y el otro la quería morena. Uno le entregaba el guión escrito como una obra de teatro y el otro no le entregaba nada porque hacía improvisar a los actores a partir de sus ocurrencias. Era el tiempo de las bellezas italianas. Junto a ella brillaban So­phia Loren y Gina Lollobrigida. También la francesa Brigitte Bardot con quien coprotagonizó Las petroleras, una película rodada en España, como también sucedió, a pesar de ser una producción de Hollywood, con el filme El fabuloso mundo del circo, en el que Cardinale compartió cartel con John Wayne y Rita Hayworth.

La suma de más de 140 películas ha emparejado a la actriz con directores y actores conocidos como Sergio Leone, Claude Lelouch, Liliana Cavani, que la dirigió en La piel, Franco Zeffirelli, en Jesús de Nazaret), Werner Herzog, en Fitzcarraldo, y Blake Edwards con quien hizo La pantera rosa junto a Peter Sellers y David Niven. La actriz también se ha subido a las tablas, aunque tarde. Fue en el 2000 en un montaje que dirigió Maurizio Scaparro que se estrenó en París, ciudad en la que reside. Al cabo de dos años se atrevió con un texto de Luigi Pirandello y en el 2005 encarnó a la heroína de Dulce pájaro de juventud de Tennessee Williams.

Claudia Cardinale es embajadora de buena voluntad de la Unesco desde 1999 y ha defendido el papel de la mujer en la sociedad, aunque ha criticado a las que siempre les duele la cabeza porque a ella no le duele ni se siente del sexo débil. Mide un metro setenta y gasta una voz áspera y rota que los directores querían doblar hasta que Fellini le dio la vuelta para convertirla en un sonido sensual. Empezó a fumar cuando se metió en el oficio, y tal como en España le gusta que la aclamen al grito de “guapa, guapa, guapa”, en Argentina encuentra a los hombres terribles porque cuando saca un Vogue extrafino del paquete, en un abrir y cerrar de ojos tiene a cuatro mecheros rodeándola para encendérselo. Cardinale es mitad gata de terciopelo, mitad pantera enfurecida porque sabe que la vida, así, se intensifica.

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