La misteriosa muerte de la diva de Hollywood que sedujo a Marilyn Monroe

Lucille Fay Le Soeur era una niña de familia humilde de Texas que tenía grandes sueños. Nacida a principios del siglo XX, sufrió el abandono del padre cuando era una cría y tuvo que convivir durante toda su infancia con la suciedad y el desorden que reinaba en la casa familiar, una situación que de mayor le creó un rechazo enfermizo a todo lo que no estuviese perfectamente limpio y ordenado.

Soñaba con ser una bailarina famosa para salir de una vida mediocre en la que no faltaron los malos tratos y siempre supo que lo conseguiría. A base de una gran disciplina, tesón y ambición Lucille acabó transformándose en Joan Crawford, una gran estrella de cine que se forjó a sí misma. En 1924 se dirigió rumbo a Nueva York, donde actuó como corista en espectáculos musicales e hizo sus pinitos en el cine mudo. En Nuestras hijas bailarinas (1928) encandiló a la audiencia con su desparpajo y sus pasos de baile y durante la década de los treinta fue la reina indiscutible de la Metro. Junto al galán Clark Gable protagonizó ocho películas con gran éxito de taquilla y en ellos surgió un romance que con el tiempo pasaría a derivar en una gran amistad.

Joan Crawford Joan Crawford

Se especializó en papeles de mujer sufridora y sus interpretaciones en Gran Hotel, Encadenada, Mujeres o Maniquí, la convirtieron en la principal estrella femenina del estudio. Su rostro expresivo, dotado de unas cejas bien marcadas, unos ojos azules saltones y una boca grande que se encargaba de pintar a conciencia la hicieron merecedora del título de diva con fama de irascible, competitiva y devora hombres. “Me encanta interpretar a zorras. Todas las mujeres somos un poco zorras. Y los hombres incluso más”, dijo en una ocasión.

Crawford se casó en cuatro ocasiones. Su primer marido fue Douglas Fairbanks Jr. y el último Alfred Steele, un alto ejecutivo de Pepsi-Cola que falleció en 1959, tres años después de la boda. Coleccionó una larga lista de amantes, tanto hombres como mujeres. Formó parte de El círculo de la costura, un grupo privado de mujeres homosexuales y bisexuales de Hollywood al que pertenecieron otras estrellas del séptimo arte como Marlene Dietrich o Greta Garbo. Sedujo desde jovencitos, como el actor infantil Jackie Cooper, conocido por encarnar al editor del Daily Planet en Superman, a la sex symbol Marilyn Monroe, con la que tuvo un breve affaire que no acabó muy bien antes de que la tentación rubia alcanzara el estrellato. Barbara Stanwyck, Dorothy Arzner o Claudette Colbert también fueron compañeras de cama de la fogosa Joan.

Se casó en cuatro ocasiones y coleccionó una larga lista de amantes, tanto hombres como mujeres

A mediados de la década de los cuarenta, la actriz ya no recibía tantas ofertas y fue considerada ‘veneno para la taquilla’. Fichó entonces por la Warner, que le proporcionó una segunda etapa en su carrera con títulos tan emblemáticos como Mildred Pierce (1945), conocida en España como Alma en suplicio, con la que ganaría su único Oscar, y el western dirigido por Nicholas Ray Johnny Guitar (1954).

Es de sobras conocida su eterna rivalidad con Bette Davis, otra diva con la que coincidió en la mítica ¿Qué fue de Baby Jane? (1962), un rodaje lleno de tensión que precisamente retrata la aclamada serie Feud. Ambas se odiaban desde hacía décadas y se lanzaban dardos envenenados a cual más hiriente a través de los medios. “Bette Davis tenía a un séquito detrás de ella. ¿Y qué mierda es un séquito sino un grupo de rebeldes sin casa? Yo tengo a mis fans. Hay una gran diferencia.”, aseguró Joan. “Es vulgar, hipócrita y se ha acostado con todos los actores de la Metro con la excepción de Lassie”, pregonaba Davis.

Bette Davis y Joan Crawford en una pausa del rodaje de '¿Qué fue de Baby Jane?'' Bette Davis y Joan Crawford en una pausa del rodaje de ‘¿Qué fue de Baby Jane?” (Warner Bros)

Pero no solo se llevó mal con la protagonista de La loba. De los cuatro hijos que adoptó, desheredó a los dos mayores, Christina y Christopher, poco antes de morir. “Los motivos ya los conocen ellos”, escribió en su testamento. Un año después de su muerte, Christina se vengó explicando en el libro Queridísima mamá la cara oculta de la actriz, a la que acusaba de ser una madre cruel, neurótica y alcohólica que pagaba sus frustraciones con sus hijos. El ejemplar fue todo un best seller y se hizo incluso una película basada en los hechos relatados por la primogénita de la diva.

Faye Dunaway se metió en la piel de una iracunda Joan Crawford y una de las escenas más famosas del filme es aquella en la que la actriz se pone hecha una furia cuando ve que los carísimos vestidos que compra a su hija están colgados en perchas de alambre y, después de quitar toda la ropa de los colgadores, pega con rabia a la pequeña Christina con uno de ellos en su cama en mitad de la noche. Se dice que ese odio a la perchas de alambre le venía de cuando era pequeña y su madre trabajaba en una tintorería. Un pasado marcado por la pobreza que siempre le atormentó.

Tras el éxito de ¿Qué fue de Baby Jane? su carrera, compuesta por más de ochenta títulos, fue en declive y apareció en series de televisión y cintas de terror tan ridículas como Trog (1970). Se retiró de la vida social en 1974, tras ver publicadas unas imágenes suyas en las que aparecía muy poco atractiva. Si no podía mantener el perfil de la estrella de cine, no quería trabajar más. Se introdujo en la Iglesia de la Cienciología y sus últimos años los pasó sola, recluida en su apartamento de Nueva York, con la única compañía de su perro y el aliciente de recibir cartas de sus admiradores, a los que respondía personalmente.

Crawford dejó de beber vodka cuando se enteró de que tenia cáncer de páncreas pero, para mantener su estatus, se negó a confesar su enfermedad. No necesitaba la simpatía de nadie y así se lo hizo saber a la periodista Charlotte Chandler en el libro Not the girl next door: “Me gustaría ser un gorila anciano. He oído que cuando saben que han llegado a sus últimos días se alejan para estar solos y sencillamente desaparecer. En lo que a mí respecta, es una gran idea”. No sé cuando moriré, pero sé dónde moriré”, continuó. “En mi casa, en mi cuarto”.

Joan Crawford en su interpretación de Vienna en 'Johnny Guitar' dirigida por Nicholas Ray en 1954. Joan Crawford en su interpretación de Vienna en ‘Johnny Guitar’ dirigida por Nicholas Ray en 1954. (Hemeroteca)

Y así fue. Como maestra indiscutible de la gran pantalla, Crawford logró escenificar su propia muerte de acuerdo a sus deseos. Se despidió de este mundo el 10 de mayo de 1977 en su domicilio neoyorquino. La versión oficial fue que falleció de un ataque al corazón, pero tanto su hija Cynthia como un portavoz de la empresa Pepsi-Cola, de la que llegó a ser directora, señalaron que jamás había tenido problemas cardiacos.

Cuarenta años después, su muerte continúa siendo un misterio. Según su biógrafa Karen Swenson: “Algunas personas creen que tomó algún medicamento para acabar con su vida, tal vez pastillas para dormir, pero no se ha podido demostrar. Hay, no obstante, un hecho revelador. Una semana antes de su muerte regaló a su perro, al que adoraba”.

El hecho de que no se le practicara la autopsia alimenta más los rumores de suicidio. Incluso muchos amigos y conocidos de la actriz afirmaron entonces que había muerto de una sobredosis de pastillas para dormir. Así lo manifestó una de sus vecinas, Doris Lilly, al National Enquirer . “Nunca se lo había contado a nadie antes, pero Joan me llamó el día siguiente del día de la Madre, en 1977. Me dijo que se sentía sola y desgraciada y que ya no valía la pena vivir”, reveló. “Entonces empezó a sollozar sin control y le dije que se tranquilizara”, prosiguió. Estuvieron hablando por teléfono durante una hora. A la mañana siguiente falleció.

Se da la circunstancia que ese 10 de mayo coincidía con el 22 aniversario de su boda con Steele. Se supone que Crawford tenía 69 años cuando murió, aunque algunos medios apuntan que podría tener 71, 72 ó 73, ya que el año real de su nacimiento siempre fue una incógnita. Uno de los muchos enigmas que mantuvo para siempre la gran Joan Crawford.

Se supone que Crawford tenía 69 años cuando falleció, aunque el año de su nacimiento es una incógnita

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