Muere Adnan Khashoggi, el traficante que cayó en desgracia

La última vez que se vio en público a Adnan Khashoggi fue hace un año cuando, junto a Lamia, la segunda de sus tres esposas, acudió al baile de la Cruz Roja en Mónaco. Afectado por la enfermedad de Parkinson, el otrora rey de Marbella no era ni sombra de lo que fue pero gracias al dinero que pudo conservar de su ingente fortuna, tras pasar por varios procesos judiciales y ser repudiado por la alta sociedad y sustituido en el negocio del tráfico de armas, aún podía disfrutar de una vida de multimillonario entre Montecarlo y Londres, ciudad en la que murió ayer a los 81 años.

Khashoggi se ganó la vida como traficante de armas y con sus negocios casi siempre sucios que blanqueaba con sus relaciones con la jet set internacional. Durante los años dorados de su floreciente negocio, entre los primeros setenta y los últimos ochenta, fue conocido como un magnate saudí con dominios por medio mundo y parada en Marbella todos los veranos.

Khashoggi vendió su yate Nabila a Donald Trump

Admirado y envidiado en España por la ostentación de su riqueza, organizaba fastuosas fiestas, a las que acudían millonarios, artistas y realeza de medio mundo, en su mansión La Baraka de Marbella o en su yate Nabila, amarrado en Puerto Banús, un barco que posteriormente vendió a Donald Trump. Eran los años en los que la localidad de la Costa del Sol reunía a millonarios y famosos que, noche sí, noche también, lucían sus joyas y su poderío económico en las interminables fiestas de la jet set, un tiempo en el que los traficantes se confundían con el paisaje y confundían al paisanaje.

Adnan Khashoggi estaba detrás de todos los negocios de las armas que se utilizaban en los conflictos de medio mundo, sin más ideología que la de sacar partido de las diferencias ajenas. Estuvo implicado en el escándalo Irán-Contra, fue procesado en Estados Unidos y salió más o menos tocado pero aún vivo. Su estrella empezó a declinar tras ser juzgado en Suiza acusado de blanquear 100 millones de dólares procedentes de la fortuna que el dictador Ferdinand Marcos sacó de Filipinas.

Imagen de archivo de Adnan Khashoggi Imagen de archivo de Adnan Khashoggi (Valery Hache / AFP)

En su caída también tuvo que ver la lucha de clanes en Arabia Saudí. Khashoggi era hijo del médico personal del rey Abdulaziz y mantuvo su influencia hasta que perdió la confianza del hijo de este, el rey Fahd. Entonces Khashoggi ya tenía mucho dinero, tanto que entre el legal y el oculto se le consideró durante años uno de los hombres más ricos del mundo, pero desde mediados de los ochenta empezó a perder respaldo, influencia y, sobre todo, negocios.

Uno de sus últimos intentos para recuperar su influencia fue su tercera boda con Shahpari Zanganeh, iraní afincada en Arabia Saudí y dedicada al tráfico de influencias. Zanganeh se haría famosa años más tarde como intermediaria para la concesión del AVE a La Meca entre la casa real saudí y el consorcio español, que por fin, consiguió el contrato, trabajo por el que cobró 134 millones de euros. Pero Khashogui no logró su propósito, repudió a Shahpari y regreso con su segundo esposa , la italiana Laura Biancolini, conocida como Lamia, y que, en su día, sustituyó a su primera esposa, la inglesa Sandra Daly, llamada Soraya y de la que Khashoggi se divorció después de que ella tuviera una hija con otro hombre.

Con su primera esposa, Khashoggi tuvo cinco hijos: una niña, Nabila, nombre con el que bautizó su yate, y cuatro niños; y con Lamia, otro varón. En su árbol genealógico también figura Dodi al Fayed, el novio que murió con Diana de Gales, hijo de Samira, una hermana de Khashoggi.

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