Qué fue de… Lorenzo Santamaría

Lorenzo Santamaría tomó el nombre artístico del pueblo donde nació el 21 de febrero de 1946, Santa Maria del Camí, en Mallorca. Con veinte años ya era un hippy apuesto que llevaba camisas de flores y colgantes estridentes. Su público, sobre todo femenino, no le ha abandonado, con la fortuna de comprobar que aquel fenómeno moderno de los años sesenta se ha convertido en un cantante posmoderno que todavía no ha soltado el micrófono. “Yo sólo vivo por la música y también por la afición al fútbol que mantengo desde que jugaba con los juveniles del Inca”, manifiesta a este diario desde Benidorm dónde está actuando desde noviembre en una sala de fiestas.

Llorenç Rosselló Horrach, su nombre de verdad, es el pequeño de seis hermanos y por eso lo mimaban todos. “Yo, de niño, era el juguete de la familia, me trataban muy bien, aunque casi no conocí a mi padre porque se murió cuando tenía dos años y entonces mi madre se puso a trabajar en una fábrica de tejidos”. Fue a una escuela de monjas y después a una pública, “pero saliendo de clase siempre estábamos en una placita sin asfaltar, jugando a fútbol, a cunions (el escondite)…”.

La afición a la música de Lorenzo empezó con una armónica que le regalaron

La afición a la música empezó con una armónica que le regalaron. Y también con lo que escuchaba por la radio, “a pesar de que lo que estaba de moda, la canción española, es decir la copla y las rancheras mexicanas, no me gustaba en absoluto, mientras que la canción francesa e italiana, sí”. La escuela, sin embargo, se acabó a los catorce años y él se tuvo que poner a trabajar. Santamaría ha hecho de todo, “primero, de carpintero, que era el oficio del padre, con un hombre que había estado con él, después con un tío de mi madre que tenía una fábrica de gaseosas y sifones y yo lo ayudaba a repartir con el camión”. Por cierto, mientras iba de copiloto en el camión aprovechaba el tiempo para estudiar solfeo. También trabajó de barbero los fines de semana, preparando jaboneras y afeitando barbas.

Fue haciendo de repartidor de productos de chocolate en Palma que conoció a un músico que era dependiente de una tienda de discos. “Necesitaban a un cantante y aquí empezó todo”. Primero se llamaron Los Chelines, después Los Fugitivos, hasta que como grupo Z-66 vinieron las primeras grabaciones. “Nosotros hacíamos versiones de las caras B de los discos y como no eran tan conocidas sonaban diferente, tocábamos cada día en dis­cotecas de la isla, éramos la vanguardia de los grupos de Mallorca”. También era la época del esplendor turístico, hecho que propició una fuerte demanda de entreteni­miento.

Lorenzo Santamaría tomó el nombre artístico del pueblo donde nació el 21 de febrero de 1946, Santa Maria del Camí, en Mallorca

A partir de 1970 hubo un cambio de moda. Los conjuntos ya no funcionaban tanto y se impusieron los cantantes solistas. Entonces el artista empezó a sacar discos como Lorenzo Santamaría. Uno de los éxitos por el que más se le conoce es Para que no me olvides, que llegó a los primeros puestos de éxito, junto con Si tú fueras mi mujer. En 1985 publicó un disco en catalán, como Llorenç Santamaria, Entre cella i cella, que contiene una versión en catalán de Mediterráneo, de Joan Manuel Serrat, y una adaptación de Le métèque, de Georges Moustaki.

El aspecto atractivo del cantante le abrió camino para hacer una cierta carrera cinematográfica. Se estrenó con Viva o muera don Juan Tenorio, de Tomás Aznar, con Ángela Molina, Massiel y Paquita Rico. También rodó spots publicitarios con Margot Hemingway, Sydney Rome y Bárbara Rey. El cantante protagonitzó un musical con Dagoll Dagom en el 2011 y desde hace años realiza giras, sobre todo en verano, con Jeanette, Micky y Karina, a las cuales se sumaba Tony Ronald hasta que murió. Llorenç Santamaria se siente orgulloso de cómo es. Se ve como un hombre inquieto pero no ambicioso, accesible y bueno tipo. Tiene una casa en las afueras de Alcúdia y también en Barcelona. Vive con la actriz Núria Hosta con quien tiene dos hijas. Cuando recuerda aquella armónica que le regalaron y los intentos de tocar la trompeta comprueba que desde entonces “la música me ha rodado por la cabeza sin darme cuenta”. Desde aquella modernidad hasta esta postmodernidad, su canto es perenne.

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