Antilla, una metáfora Cubanet

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(foto Ernesto Santana)

LA HABANA, Cuba.- Hubo una vez un pueblo… es el título de este primer filme de Ernesto Granado, que recuerda el principio de los cuentos de hadas. Sin embargo, para que no se crea que se trata de una ironía o de una postal cinematográfica, pronto el subtítulo, Más que un viaje a la nostalgia, nos enfoca en la intención del realizador. En el cartel se nos precisa más aún: Documental de un antillano.

Estamos ante una historia de Antilla, que es hoy un minúsculo y escuálido pueblo en una franja costera de la Península El Ramón, entre las bahías de Nipe y de Banes. Esa ubicación geográfica tan privilegiada lo convirtió a principios del siglo XX en una potencia regional. Parecía que se convertiría en una segunda Habana.

Por el puerto de Antilla salían el azúcar oriental y muchos otros productos de la región. Era una importante parada entre la capital y Santiago de Cuba y un centro cultural cada vez más irradiante, con numerosas orquestas, publicaciones y eventos. Contó Antilla incluso con un pequeño grupo de cineastas. Aviones e hidroaviones traían a grandes estrellas de Estados Unidos. Era una villa vibrante y los antillanos estaban orgullosos.

En las aguas de aquella enorme Bahía de Nipe había aparecido, a principios del siglo XVII, una imagen flotante de la que luego sería reverenciada como Patrona de Cuba, la Virgen de la Caridad del Cobre, que finalmente tendría su Santuario cerca de Santiago. Pero fue a orillas de aquella bahía en que fue encontrada la imagen donde primero se le levantó un santuario, muy rústico, de madera y guano.

En pleno esplendor de Antilla, los vecinos —que tantas obras habían pagado ya con su propio dinero— decidieron construir por subvención pública una ermita dedicada a la Virgen, que se convirtió, como es natural, en sitio de devoción y peregrinación. Pero en los primeros años de la revolución, un entusiasmado dirigente decidió arrasar el pequeño santuario con un buldózer y arrojarlo al mar.

Un devoto rescató la estatua de la Virgen y la conservó celosamente. Pero, como a partir de aquella época se abatió sobre Antilla una pasmosa decadencia, muchos creyeron que aquello era un castigo de Dios por el terrible sacrilegio que se había cometido. Algunas de las personas entrevistadas en el documental se refieren a esa supuesta maldición.

Estos protagonistas, lógicamente de edad avanzada, son una de las virtudes del filme, pero hay otra que da fe de un trabajo investigativo muy largo y paciente: el testimonio gráfico, con cientos de fotos, mapas, imágenes de archivo y hasta animaciones, que brindan un volumen de datos vasto pero no abrumador, de absoluta pertinencia, que apoya con imparcialidad absoluta lo que narran los viejos antillanos.

Otro mérito de esta película de una intensa hora de duración es que Granado, a pesar de que esta es su ópera prima, logra un equilibrio y una sobriedad muy útiles para no sobresaturar la historia con motivos, ideas, denuncias y pasiones que habrían entorpecido el encuentro con el espectador. Su experiencia como director de fotografía nos regala, para redondear la obra, una visualidad impresionante por su exuberancia y su dulce crudeza.

Porque no es otro documental sobre la ruina de otro pueblo, como tampoco un canto fúnebre en medio de los restos de un mundo que fue mejor. Claro que es un viaje y una inmersión en el pasado y una constatación de la decadencia, pero, como aclara el realizador en el subtítulo, su documental procura ser “más que un viaje a la nostalgia”.

Hay un pasaje en el que habla el cura del pueblo y, por supuesto, se refiere a la supuesta maldición que cayó sobre el pueblo a partir de la destrucción de la Ermita de la Virgen de la Caridad. El párroco no está de acuerdo con la idea de muchos creyentes de que Dios castiga a los seres humanos.

Cuando se exhibió Hubo una vez un pueblo… en una de las salitas del multicine Infanta, durante la última edición del Festival de Nuevo Cine Latinoamericano, el público asistente aplaudió, como subrayándolas con fuerza, las palabras calmas y seguras del cura de Antilla: “Somos los hombres los que nos hacemos daño unos a otros con nuestras acciones”.

La gente agradeció al final al director, que se encontraba allí presente. Muchos otros agradecerían también si este documental volviera a exhibirse, porque es una honesta obra que nos habla —como una metáfora, casi como una fábula—, más que de Antilla, del arte de crear una comunidad y de los peligros que amenazan a toda convivencia. El futuro es siempre lo que hacemos nosotros mismos.