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Antonia Eiriz sigue siendo una artista incómoda en La Habana

MIAMI, Estados Unidos.- Supe por la cuenta de Instagram del pintor y amigo Tomás Sánchez sobre la exposición Antonia Eiriz: el desgarramiento de la sinceridad, inaugurada el pasado mes de diciembre en el Palacio de Bellas Artes de La Habana.

Aunque Tomás, quien fuera discípulo de Antonia, felicita a la institución que hizo posible la muestra, así como a su curador Roberto Coba, no deja de reconocer que es algo tarde para este tipo de tributo.

Tuve la suerte de conocer a la mítica creadora durante su exilio en Miami, que, por cierto, no es mencionado ni en ditirámbicas introducciones a la exposición, ni en la escasa cobertura de prensa recibida en la isla.

Solíamos encontrarnos y conversar durante ilustrativos recorridos por galerías de Coral Gables convocados una vez al mes. Nos unía el hecho de que mi cuñada de origen ruso, Lidia Golovliova Ríos, había sido su alumna en el aprendizaje del arte del papier maché, en el reparto Juanelo, donde tenía su escuela-taller.

La otra circunstancia de enlace con Antonia, a mi favor, era la amistad que compartíamos, como familia, con su coterráneo y admirador el maestro Umberto Peña.

El curador de la nueva muestra en La Habana reconoce que en el sur de la Florida la artista disfrutó de dos importantes exposiciones: Antonia Eiriz: Tributo a una leyenda, en el Museo de Arte de Fort Lauderdale, año 1995, y Antonia Eiriz, una artista y su público, en la Torre de la Libertad, del Miami Dade College, en el 2013.

Le faltó agregar que, durante la temporada en el exilio, entre 1993 hasta su muerte repentina en 1995, la pintora experimentó una nueva ola de creatividad, donde no renunció jamás a su estética provocadora.

De hecho, el especialista subraya que su curaduría se refiere a los complejos años sesenta, cuando los cuadros emblemáticos de Antonia, de una figuración expresionista abundante en monstruos, pesadillas, rostros insondables, tribunas amenazantes, masas humanas condenadas y maldecidas, interpretaron el desasosiego provocado por la dictadura que arreció su represión contra miembros de la clase artística opuestos a su redil ideológico.

Recuerdo la profunda emoción y el orgullo que me causó la exposición del Miami Dade College, donde laboraba a la sazón, con aquellos grandes cuadros en los salones de la histórica Torre de la Libertad, por donde comenzara la épica del exilio cubano, como ventanas abiertas a una isla tan presente en el imaginario de la artista que no dejaba de estar atribulada por los mismos fantasmas de los años sesenta.

Antonia era de una conversación muy criolla, aguda, terrenal, pero aquellos cuadros se elevaban al olimpo universal en franco diálogo con Goya, Bacon y Ensor, entre otros genios del arte.

Durante el comienzo de tan exitosa carrera, en vez de recibir el elogio de sus contemporáneos, los más mediocres, aquellos que dependían de las migajas castristas, decidieron mancillarla por su traducción irreverente de la realidad cuando se dieron cuenta que la artista no cedería un ápice en su poética abisal y reveladora, como otros que terminaron rindiéndose y traicionaron sus principios ante promesas y represiones.

Ahora la nota trucada del Museo de Bellas Artes que anuncia la exposición en La Habana resalta que la pintura de Eiriz lidió con los ataques terroristas a la revolución y excluye, de modo falaz, el cuerpo deslumbrante de la obra mayor.

No solo quieren blanquear su tumba, sino desacreditarla como la creadora consecuente con su tiempo que fue, acercándola a la doctrina, de donde se alejó siempre y contra la cual protestó en silencio cuando dejó de pintar en 1969, ante presiones intolerables.

Paradójicamente utilizaron una frase de Umberto Peña, otro artista silenciado en su país, quien luego tomara el camino del exilio, como pórtico de la exposición en La Habana: “Hoy sus pinturas, sus ensamblajes, sus tintas, nos interrogan, nos desafían, mostrando a las nuevas generaciones de artistas cubanos que solamente el gran arte enaltece, libera y perdura”.

Han pedido un minuto de silencio durante la inauguración y los congregantes en la tribuna del evento trenzaron discursos eufemísticos y enrevesados, sin siquiera insinuar los arteros ataques que interrumpieron el decursar de su creatividad, debido a la intolerancia del régimen.

Bajo todas las circunstancias de enrarecimiento que conlleva mostrar en La Habana una creadora excepcional que tuvo el valor de expresar su verdad y asumir las consecuencias, es importante, sin embargo, que las nuevas generaciones sepan de su existencia y permanencia con una obra que sobrevivió la ignominia de su tiempo y merecerá toda la reverencia de la Cuba libre del futuro, a la cual dispensó su arte imperecedero.

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