Celso Otro Más, el único Cubanet

LA HABANA, Cuba.- Los pintores que conocen su obra naíf han sentido admiración a primera vista. Nadie, ni siquiera Celso mismo, tiene una idea aproximada de cuántos cuadros ha pintado, ahora dispersos por varios países —de España y Alemania a Estados Unidos y Uruguay—, por otras provincias cubanas y por innumerables casas habaneras.

Aunque se niega cabeciduramente a vender sus piezas para instituciones oficiales, Celso Otro Más —así firma— sí lo ha hecho a algunas personas particulares, a bajísimos precios, pero la mayoría de sus obras las ha regalado a familiares, amigos o conocidos, las ha cambiado por algo que le gustara o que precisara o, sencillamente, las ha reutilizado para aprovechar el lienzo. Nunca ha conservado con él ninguno de sus cuadros.

Aunque muchos lo llaman desde siempre “Julio el Loco”, pocos dudan del respeto que siente por su propio arte Julio Celso Rodríguez (1963), desde que comenzó a pintar en 1991. Desde entonces solo lo hace cuando está “inspirado”. Si eso ocurre, la racha creativa puede durar meses o hasta un par de años, y lo deja literalmente todo para producir decenas de cuadro por mes, a veces hasta varios en un día.

En una época, trabajaba a la luz del día, en el portal de su edificio de El Vedado, lo que resultaba todo un espectáculo, y él, gran conversador, no se sentía interrumpido por quienes llegaban a preguntar o a curiosear. Pero a la policía no le gustaba nada aquella explosión creadora tan exhibicionista y le prohibió pintar en público. Julio, aunque se buscó problemas, respondió cubriendo la fachada del edificio casi por completo con sus cuadros, en la más sorprendente exposición que uno pueda imaginar.

En una vida sumamente difícil y accidentada, la policía ha sido su espada de Damocles, amenazándolo siempre con la “ley de peligrosidad” por sus antecedentes penales y por su escasa docilidad. Cuando vino el papa Juan Pablo II en 1998, el pintor se fue de madrugada para la Plaza, forcejeó con las brigadas de respuesta rápida que querían hermetizar la tribuna y fue de los que coreó ¡Libertad! en la multitud, lo más cerca que pudo.

En los últimos años se ha ganado la vida vendiendo objetos de todo tipo, siempre útiles, que encuentra y repara o, sobre todo, que otros le traen. Por su buen tino para el negocio, logró una clientela enorme, lo que le permitía ganar algún dinero para sobrevivir y pagar las licencias de venta que había obtenido. Pero las autoridades le fueron prohibiendo poco a poco sus actividades, hasta que se ha visto reducido a la venta furtiva de esquinas.

Celso Otro Más lleva un decenio sin pintar. No sabe cuándo lo hará y ni le interesa hablar sobre eso. En los noventa era distinto. Aprendía leyendo libros de diversas técnicas artísticas, pintando mucho, haciendo copias, utilizando todo tipo de materiales, pero sobre todo relacionándose con diversos pintores profesionales, gracias a los cuales satisfacía mucha de su infinita curiosidad por los secretos del arte.

Y su obra llamó tanto la atención que, de 1994 a 2006, realizó tres exposiciones personales en distintas galerías, aunque fuera de los circuitos más importantes. Pero eso no lo convenció para convertirse en pintor “a tiempo completo”. De hecho, ni siquiera asistió a la última exhibición de sus cuadros, sumergido como estaba en asuntos ajenos al arte pero ineludibles. Fue también la última racha creativa.

Eso no lo amarga. No es un problema. El arte no es para él profesión ni modo de vida, sino algo que le ocurre. O no. De carácter duro y franco, muy bondadoso con todo el que no trata de “hacerse el cabrón”, a Julio el Loco no le preocupa si tiene dinero o no. Como ayuda a otros, los demás lo ayudan. Aunque su familia está atenta a sus problemas, él siempre ha preferido vivir solo e independiente.

Es curioso que, pese a su probado desprecio por el peligro, a Julio Celso le dé pánico la altura y no pueda subir a aviones ni a pisos muy altos. Para colmo, tampoco puede montar en ningún tipo de embarcación. A pesar de que casi todos sus familiares tienen nacionalidad española, él no la quiere, pues sabe que nunca podrá salir de Cuba, deseo que por suerte nunca lo ha poseído.

Si bien ha usado teléfonos celulares, en varias ocasiones le han causado ataques de pánico y los rechaza. Él considera que son “locuras” suyas. Un psicólogo le dijo que es una suerte conocer lo que a uno le hace daño. Un amigo opina que Julio es solo “un animal normal”, sin “deformaciones de la civilización”. Pero no odia la tecnología, pues persigue con fanatismo los documentales y seriales históricos.

En un tiempo, a este raro artista le dio por cambiar constantemente la apariencia de su pequeño apartamento —un cuarto con barbacoa—, a veces con “ready-mades” de todo tipo: un día la mínima sala estaba decorada con fragmentos metálicos encontrados por la calle y al siguiente por antiguos aparatos de radio y máquinas de escribir.

Recuerdo que, una tarde, el cambio fue impresionante. Julio había traído un saco con retazos de un taller donde cortaban espejos, aunque aquello le dejó notables heridas en hombros y espalda. Se dedicó entonces a armar figuras con los diferentes pedazos de vidrio, formando fantásticos animales que lo reflejaban a uno mil veces cuando se paraba ante ellos, creándole una inquietante sensación.

Más de veinte años después, ocurrió la reciente exposición de Michelangelo Pistoletto, donde había piezas también con espejos. De inmediato, recordé aquellas figuras de Julio el Loco, que a los dos días ya él había reemplazado por otros objetos. Me dijeron que las obras de Pistoletto era magníficas. No lo dudo. Pero no pude ir a verlas.

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