Dale a tu hijo un maestro Makarenko Cubanet

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Pioneritos cubanos (Cubadebate)

LA HABANA, Cuba.- Recordé, mientras hilvanaba algunas ideas para escribir este texto, aquella vez en la que me uní a un amigo para hacer una broma. Nos habíamos enterado de que una amiga común tenía un pasado que se empeñaba en esconder. La susodicha se formó, allá por la oriental Minas de Frío, como maestra Makarenko, lo que renegaba con un atroz silencio.

Enterados, la invitamos a tomar un té en mi casa de aquel viejo solar habanero a las cinco de la tarde, como si fuéramos nobilísimos ingleses. Servida la infusión, en tazas de socialista y china loza, hicimos notar que faltaban los pasteles, y salimos y volvimos sin ellos, pero si con unos viejos y tostados panes sobre dos platos de barro cocido. Fue entonces que mostramos nuestra coreografía, y entonamos la parodia que estuvimos preparando para “agasajarla”.

Escogimos la melodía de “La Macarena” pero cambiamos su letra. En lugar de cantar: “Dale a tu cuerpo, alegría, Macarena, eh Macarena…”, entonamos: “Dale a tu hijo un maestro Makarenko, eh Makarenko”… Así cantamos Pedro de Jesús y yo, y todo para fastidiar un poco a esa amiga, sin sospechar su reacción tras el recuerdo de un pasado que la llevó a vivir en casitas de techos cónicos, como los indígenas cubanos, mientras se formaba como maestra Makarenko en las montañas orientales.

¿Y por qué renegaba tanto de aquella “preparación” en Minas de Frío? Eso nunca lo tuvimos claro; se puso tan molesta que volteó su taza de té sobre un mantel que estaba en la familia desde que mis abuelos paternos se casaron, y se largó haciendo algún que otro estropicio durante la evasión. Sin dudas no quería recordar aquellos días en los que se incorporó a uno de los primeros proyectos de una “revolución” que pretendía dinamitar el sistema de educación con el que se encontró tras el “triunfo”.

No volvimos a mencionarle el tema y nos quedamos sin saber lo que pensaba sobre aquellos “pioneros del nuevo magisterio”, quienes se prepararon para dar una muerte definitiva a la Escuela Normal cubana, aquella que precisó de tanto empeño para su creación, esa Escuela Normal que en el siglo XIX tuvo, incluso, a  José Martí como maestro normalista cuando enseñó en uno de sus planteles en la Ciudad de Guatemala. Hacer desaparecer la Escuela Normal era la meta, apagar una institución que había tenido como antecedente a una fundada en el convento de San Francisco, en Guanabacoa, en fecha tan lejana como 1857, 11 años antes del inicio de la gestas emancipadoras, 102 años antes del triunfo de la “revolución”.

Y Makarenko fue el nombre que escogieron, para congraciarse con los soviéticos, para hacerles ver que seguían el “camino trazado”. Makarenko, el nombre de un ruso que quizá ni se enteró que existía una isla llamada Cuba, un hombre que usó el alfabeto cirílico, tan distinto al nuestro, para escribir su “Poema pedagógico” y para enseñar a sus discípulos. Makarenko admiró a Stalin, y su nombre fue el elegido, aunque fuera mejor José Martí, que era el Apóstol, que era el Maestro.

Carlos Manuel de Céspedes pudo ser excelente opción para nombrar a esas escuelas. El nombre del presidente de la República en Armas era mejor, y mucho más si recordamos que el Padre de la Patria, el bayamés, empleó su tiempo, ya depuesto y en el intrincado San Lorenzo, a alfabetizar, en español, a niños que ni sabían escribir su nombre; y el Padre de la Patria ya sabía que estaban bien contados sus días.

En lugar de Makarenko pudieron decidirse por Félix Varela, el que nos enseñó a pensar, o José Agustín Caballero, aquel cubano que desde la Sociedad Económica de Amigos del País habló de renovar nuestro sistema de enseñanza. ¿Y por qué no José de la Luz y Caballero, ese gran cubano que soñó con la creación de las Escuelas Normales mucho antes de que aparecieran en España e incluso en los Estados Unidos? ¿Olvidó el “gobierno revolucionario” ese detalle?

Mucho mejor que Makarenko pudo ser también José Miguel Gómez, quien desde 1909 reclamara la creación de las Escuelas Normales, esas que se aprobaron en 1915, cuarenta y cuatro años antes del “triunfo revolucionario” y en las que no había que pagar ni un centavo para matricular. Y mucha importancia que se dio a la formación y también a celebrar sus graduaciones, tanta que la primera tuvo como recinto al Teatro Payret, en 1919, cuarenta años antes…

En cada provincia hubo una de esas escuelas, además de patronatos en Holguín y Cienfuegos, de donde salieron excelentes maestros, y hasta opositores a Machado y a Batista. Puedo imaginar lo que habría pensado Frank País, quien estudió en uno de esos planteles, después de la “desactivación” de la Normal. ¿Qué habría dicho de esas escuelas nuevas?; ¿qué de aquellas naves con techo de guano en las que dormían doscientas niñas?, ¿qué de los tantos meses sin contacto con la familia?

¿Qué aportó a la “revolución” tal espíritu de campaña? ¿Cuántos, como mi amiga, se abochornan de tal preparación? ¿Cuánto perdió la familia cubana? ¿Cuánto la educación? ¿Cuánta contingencia vendría luego…? Más, mucho más. Después vinieron las Escuelas Formadoras de Maestros Primarios que creyeron que podrían capacitar a muchachos de once años y con sexto grado para revolucionar la educación cubana… y luego el Destacamento Pedagógico Manuel Ascunce Domenech, los maestros emergentes… pero todo siguió igual.

Me equivoco, fue peor.

Y así siguen las cosas… Así fue que desaparecieron los exámenes en varios niveles de la enseñanza primaria; y el niño que nada aprendió, también ganó el siguiente grado…, y llegó a la secundaria chillando que era comunista como el Che, pero sin saber quién era Varela, Céspedes o Martí. Y fue ahí que entraron, sin que fueran llamados, los desechados maestros normalistas, ya viejos y entonces convertidos en repasadores, en salvadores, en correctores de tanto disparate; lo malo es que no son muchos los normalistas que llegaron hasta hoy.

Creo que todo eso justifica la actitud de mi amiga, la que no soporta que le recuerden aquellos largos meses viviendo como los siboneyes, quinientos años después de su desaparición, en aulas de techos cónicos y de guano, que debían hacerle entender que esas eran sus esencias, que esa era la nación cubana; de guano y con “bichitos” cayendo desde lo alto y sobre su libreta.

Ahora entiendo su empeño en olvidar. Ahora sé porque volteó la tetera sobre el viejo mantel bordado. Y hasta entendí que no es lo mismo tomar un té con magdalenas francesas y en elegante porcelana, que sorber un té, que solo Dios sabe de dónde salió, acompañado de pan viejo y tostado. Improvisar nunca fue bueno, y eso bien lo sabemos los cubanos.

Ah, y olvidaba contar que en 1899 Leonard Wood, gobernador norteamericano en la isla, decidió cerrar las Escuelas Normales, que reaparecieron luego, y que no volvieron a cerrarse hasta después del triunfo “revolucionario”. Supongo que a los “revolucionarios” no les agrade mucho esa extraña coincidencia.