Inicio Cuba De cuando la solidaridad es sólo una crónica muy anunciada

De cuando la solidaridad es sólo una crónica muy anunciada

LA HABANA, Cuba.- Esto no es una crónica, y nada tiene que ver con García Márquez. Aquí no hay ningún coqueteo con el colombiano. Si García Márquez fuera el autor de estas líneas sin dudas tendrían ellas muchos lectores, muchísimos más que las que conseguirán estas, que no intentan cronicar. El tono y las esencias de las suyas serían muy diferentes, totalmente opuestas a lo que intento escribir. Si García Márquez escribiera estas líneas sobre la “solidaridad” cubana, tendrían un tono laudatorio y con infinitas reverencias.

Por todos es conocido las muchas genuflexiones que le dedicara Fidel Castro al colombiano, y también las que hiciera García Márquez a Fidel Castro, lo que de algún modo significaba dar la espalda, la patada, a los cubanos. Pero yo no hablaré del dueño de aquel palacio que miré asombrado en Cartagena de Indias, donde el escritor trazara cada línea de “Cien años de soledad”. Si algo me interesa ahora es la muy cacareada solidaridad cubana, sobre todo en la atención a los enfermos.

Resulta que el poder cubano se empeña en poner en el centro de sus altisonantes discursos a la “solidaridad” que ofrece por el mundo, esa que algunas veces llegó a los rincones más insospechados, incluso desconocidos, apenas advertidos en los mapas. Creo que estaba yo por nacer, en el ya lejano 1963, cuando el pueblo en el que nací se quedó sin odontólogo. Aquel gabinete dental que ocupara “Rosita la dentista” quedó vacío por un tiempo. Ella fue enviada a Argelia a hurgar en las dentaduras argelinas, a corregirlas, y unos meses después irían los militares, también cubanos, a hacer la “revolución” argelina.

Luego vendrían otras “campañas de solidaridad”, muchas, que dejaron a tantos hijos sin sus padres, incluso durante esos años iniciales de la vida. Los padres y las madres internacionalistas salían y volvían como héroes, pero los hijos que habían crecido algo no los reconocían a la vuelta, ni siquiera podían decirle papá o mamá cuando regresaban, porque aquel que le mostraron en las fotos hechas antes del viaje, no era el mismo que volvía con medallas y reconocimientos a su labor “internacionalista”. Muchos hijos no tuvieron al padre o a la madre, y algunos abuelos conocieron al nieto cuando ya caminaba y no le dijo “abu” cuando, a su regreso, lo tuvo entre sus brazos para mostrarle los juguetes que le trajo, esos que acá no habría conseguido.

Y así siguió siendo hasta hoy, o quizá no, porque se hizo mayor el número de hogares al que le faltaba un miembro; unos viajaban con estetoscopios y esfigmomanómetros, mientas otros cargaron fusiles; unos volvían, otros no. Así ha sido nuestra historia de “internacionalismo proletario”, pero la solidaridad en el país, en el barrio, en la casa se acabó hace rato. Hoy suceden cosas espantosas en esta isla, y nada tienen que ver con la solidaridad. Hoy pagué una cifra exultante, insultante, por un paquetico de alprazolam, ese medicamento que me mandó el psiquiatra para combatir la depresión, y que no encontré en la farmacia, tampoco en los “centros espirituales”.

Y es que este gobierno que lleva tantos años alardeando de tener un sistema de salud de primer mundo, sin que lo sea, no admite el hecho de que su gente es la menos solidaria de este mundo, porque la solidaridad no puede ser institucionalizada. La solidaridad viene del corazón, o lo que es lo mismo, de un espíritu noble. Ahora mismo, y en medio de una pandemia que le está arrancando la vida a millones de personas en el mundo, ahora que los cubanos regados por el mundo hacen colectas para comprar medicamentos y mandarlos luego a la isla, “los de acá” revenden medicamentos, después de conseguir las recetas con esos médicos que antes fueron internacionalistas.

Esos médicos que pasan horas y horas, y días y días, en un cuerpo de guardia de hospital viendo la muerte en el preciso instante en el que llega, son los mismos que trazan sobre el papel de sus recetarios el nombre de un medicamento, y luego de otro, y otro, para el revendedor, ese que los ayuda, ese que les “tira un salve”, que le regala un paquete de pollo a ese médico que le da las recetas que no necesita, que da las recetas a quien nos vende luego los medicamentos con unos precios que ya sobrepasaron la estratosfera y que resultan insultantes.

Se dice que la solidaridad tiene que ver con el bienestar de quienes también propician el bienestar de los otros, y quizá sea cierto. El médico, ese que antes pudo ser un “internacionalista”, ahora traza en el papel el nombre del medicamento y con ello ayuda, satisface, al otro, en este caso al “paciente” revendedor que le tira “un salve”, un “salve” que podría ser un paquete de pollo, un picadillo, unas malangas para el hijo pequeño. Y el revendedor corre a la farmacia donde la dependienta le tiene guardado los medicamentos que él le había pedido, y a quien también le “tira un salve”, porque a fin de cuentas el venderá el medicamento de tal manera que las ganancias le permitan guardar dinero y comprar más medicamentos, y pollo, y así es que ellos ganan; el revendedor, el médico, y la mujer de la farmacia.

Y visto todo así pareciera que no somos otra cosa que seres insensibles, que somos animales, y que ellos me perdonen. Así miradas las cosas de esta isla concluiríamos asegurando que el comunismo que instaurara en Cuba, y hace ya tiempo, Fidel Castro, no es otra cosa que eso que algunos llaman “antropomorfismo”, que no somos otra cosa que una recua de raros animales con apariencia humana. Y sólo de esta manera podríamos entender la real deshumanización que nos azota. Y únicamente llegando a esa conclusión podría yo entender lo que sucede en este país, y bajo este gobierno.

Una cosa es lo que se quiere aparentar y otra es la realidad. Durante muchos años se ocultó la realidad cubana. El gobierno, con sus medios de difusión, oscurece, tiende un manto negro sobre la realidad. La apariencia esconde y ensombrece la verdad, y solo si se está fuera de esa forma falsa, de esas veladuras, se podría reconocer la verdad. En Cuba son contrarias la apariencia y la verdad, y entendamos por apariencia el discurso del poder, porque la realidad se hace visible ante los ojos de todos.

En el país de los muchos médicos, “tantos que se pueden exportar”, en el país de las vacunas Abdala, Soberana, y otras, no existe la tetraciclina, sobre todo si no vamos en busca del revendedor del barrio, ese que tiene tan buenas relaciones con el médico, y con la señora que trabaja en la farmacia. En el país en el que se hacen implantes cocleares y complicadas cirugías de cerebro o corazón, sobre todo en la televisión y en la prensa dependiente, no hay manera de comprar la sertralina si no estás dispuesto a pagar quinientos pesos.

Buscar en las redes sociales te podría provocar un infarto, pero si eres fuerte y sano encontrarás hasta el más raro, el más exquisito, de entre todos los medicamentos. La furosemida, el fumarato ferroso, la ranitidina, el alprazolam, la metformina, el clordiazepóxido, ciprofloxacina, amoxicilina, dexametasona, amicodex. Lo que quieras, búscalo en el mercado negro. Y ten la certeza de que es en esa revolución que son las redes donde únicamente los puedes conseguir, porque en el sistema de salud de Fidel Castro todo está “en falta”, incluso la paz después de la muerte, y los enterramientos dignos.

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