Drogadicción y alcoholismo entre los adolescentes cubanos Cubanet

En Cuba se comienza a beber alcohol desde edades tempranas. Hacerlo en público no es problema para las autoridades (Archivo)

LA HABANA, Cuba.- En un reciente artículo del periódico Juventud Rebelde me impactó encontrar el siguiente título: “La OPJM  fortalecerá trabajo preventivo contra las drogas”. En uno de sus párrafos se leía: “A este fin encausará parte de sus empeños la estructura adulta de la OPJM, según trascendió en la clase metodológica nacional que este jueves concluyó en la capital, pues cada vez a edades más tempranas este grupo poblacional comienza a ingerir alcohol, fumar cigarrillos o probar otras sustancias más peligrosas.”

Hace bastante tiempo que la ingestión de bebidas alcohólicas y otros tipos de sustancias tóxicas se ha generalizado en nuestra sociedad, y en años recientes el consumo de estas y los psicofármacos ha alcanzado niveles preocupantes, no solo en adultos, sino también en nuestros jóvenes y adolescentes. Quizás sea bueno explicar que la OPJM es la Organización de Pioneros José Martí, o sea, sus miembros son niños. A los que conocemos cómo este flagelo afecta a nuestros jóvenes y adolescentes, dicho título nos espanta, pero no nos sorprende del todo. Ahora bien, para lograr algún resultado favorable es necesario algo más que charlas.

Los alcohólicos han pasado del hogar a los espacios públicos. Así vemos a diario personas intoxicadas en calles, esquinas, parques, guaguas, lo mismo inconscientes en la acera que molestando a los transeúntes con griterío e impertinencias sin que las autoridades pongan coto a estos comportamientos deplorables, que ya, por cotidianos, se han convertido en un patrón a imitar por nuestros jóvenes y adolescentes. Con frecuencia vemos a grupos de estudiantes en uniforme fumando y bebiendo en lugares públicos cercanos a sus centros educacionales, y los adultos que les llamen la atención se exponen a escuchar unos cuantos improperios.

Según estadísticas oficiales del Ministerio de Salud Pública, más del 45,2 % de la población cubana mayor de 15 años consume bebidas alcohólicas (evento Psicohabana 2014). Incluso en ocasiones la televisión ha llegado a transmitir algún spot alertando sobre esta situación.

Según algunos expertos, el consumo de drogas está dado por factores genéticos y ambientales. Otros le atribuyen solo cierta predisposición genética y aseguran que es el factor ambiental, la conducta diaria, la que más incide en él. En la Cuba comunista, la tragedia vivida a partir de 1959 ha sido caldo de cultivo para desarrollar el consumo de drogas. Desde los primeros momentos de tomar el poder, el gobierno comunista controla la vida de los ciudadanos. Así como dispuso de los cubanos para enviarlos a las llamadas guerras internacionalistas de 1975 a 1991, hoy dispone de niños y adolescentes para que participen en actividades políticas sin el consentimiento de los padres, lo cual socava su autoridad, elemento fundamental en la educación de los hijos.

Tampoco se estimulan efectivamente los estilos de vida saludables ni las actividades recreativas. Hace unos días un padre me comentaba que en el anfiteatro de Guanabacoa dan fiestas los fines de semana, a las que viene a tocar generalmente algún reguetonero. Y aunque hay custodios y es necesario presentar el carnet de identidad para entrar, los muchachitos siempre se las ingenian para introducir bebidas alcohólicas, además de otras cosas prohibidas. Según él, con frecuencia estas fiestas no terminan bien.

La falta de responsabilidad de algunos padres y adultos en este asunto algunas veces los hace indolentes. Así vemos cómo en las fiestas infantiles el alcohol está presente para “amenizar”. Otras veces, a pesar de estar prohibida la venta de bebidas a menores y hay regulaciones para ello, son los propios padres los que los mandan a comprarlas.

En no pocas ocasiones, los cubanos acuden a las sustancias tóxicas para evadir la realidad en que viven. Recuerdo que hace unos años me confesó un conocido: “A mí no me importa comer arroz solo y nada más. Pero mi buen cigarro de la risa no me puede faltar, porque esto, sobrio, ¡no hay quien lo aguante!”

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