El contragolpe de Fidel Castro Cubanet

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Fidel Castro haciendo su entrada a La Habana el 8 de enero de 1959. A su derecha Camilo Cienfuegos y a su izquierda Huber Matos (Corbis)

LA HABANA, Cuba.- Corrían los meses finales de 1958 y los Rebeldes estaban muy lejos de ganar la guerra. El gobierno del dictador Fulgencio Batista seguía enviando grandes contingentes de tropas hacia la Sierra Maestra: diez mil hombres en 14 batallones, unidades de infantería, artillería y tanques, apoyadas por la aviación y las unidades navales. En la provincia de Oriente había no menos de 17 mil soldados del Ejército, frente a 200 guerrilleros pertenecientes a la Comandancia General, cien de ellos desarmados y cansados.

Estaban ansiosos porque terminara la guerra. Llevaban dos años en lo más intricado de las montañas orientales en condiciones muy difíciles. Incluso la huelga general del 9 de abril contra Batista había fracasado, como le contó Fidel a Ramonet años después, refiriéndose “sobre todo a divisiones, porque pensaban que la lucha concluiría con un golpe militar asociado al 26 de julio y porque produjo desmoralización y alentó a la fuerza enemiga”.

Fue entonces que al líder de la guerrilla se le ocurrió dar un paso nada previsto, tal como había hecho el viejo general Máximo Gómez un siglo antes, cuando quiso pactar con España para evitar más sangre. Fracasado su intento, pudo lograrlo luego por mediación de una misiva que pedía ayuda solidaria al presidente de Estados Unidos…

Pero al “paso” de Fidel, Ignacio Ramonet lo llamó “una salida elegante” sin mencionar para nada que también Fidel estaba cansado. Luego de más de medio siglo en el poder, es lógico pensar que más que la paz, al caudillo rebelde lo que le importaba era gobernar.

A los norteamericanos no quiso ni pudo acudir. Conocía bien la opinión que tenía el Departamento de Estado norteamericano sobre su persona, cuando en fecha temprana Arthur Gardner, el embajador estadounidense, había expresado en un informe que “el líder del Movimiento 26 de Julio era un gánster que iba a apoderarse de las industrias americanas y nacionalizarlo todo”.

Gardner no se equivocó.

Entre los días 24 y 31 de diciembre de 1958, Fidel realiza un peregrinar propio de Dios, si nos guiamos por los periodistas Ignacio Ramonet y Ciro Bianchi, puesto que se veía en cualquier sitio por sorpresa: El 24 visita a su madre en Birán y se pasa una tarde comiendo naranjas con su escolta. Según Ciro, en esos momentos el grupo de Fidel era de 800 efectivos, aunque Ramonet dice que eran 900 en todo el país.

El 28 de diciembre se entrevista en secreto con el general Eulogio Cantillo, jefe de las fuerzas de operaciones enemigas, quien en ningún momento reconoce que Batista ha perdido la guerra. Ambos pactan un acuerdo. Con anterioridad, habían intercambiado mensajes, donde Fidel lo persuadía para que el Ejército depusiera las armas y anunciara su rendición total, aclarándole que de esa forma se salvarían muchos oficiales y soldados que no hubieran cometido crímenes y le sugiere “sublevar la guarnición de Santiago de Cuba para darle la forma de un movimiento cívico-militar en unión con el Ejército Rebelde”.

Entre las condiciones de Fidel, aprobadas por Cantillo, decía: “Queremos capturar a Batista, no queremos golpe de Estado en la capital, ni contacto con la Embajada de Estados Unidos”.

Por último, Cantillo hace lo contrario. Cena con Batista la noche del 31 de diciembre, lo acompaña al avión, propicia un golpe de Estado y designa como jefe de gobierno a Carlos Piedra, el más antiguo de los miembros del Tribunal Supremo.

Fidel lo califica de “una traición enorme”.

La noche del 30, Fidel y sus hombres duermen en la hospedería del Santuario de El Cobre, el 31 cena en el restaurante King-Kong, en Palma Soriano y el 1ro de enero, mientras desayuna, se entera que Batista había salido del país y que Cuba contaba con un nuevo presidente.

He ahí que a Fidel se le ocurre la idea más maquiavélica de su corta carrera política. No se trató de planear una contraofensiva, sino de un contragolpe: acude a su emisora Radio Rebelde, ordena a los guerrilleros no aceptar el alto al fuego y al pueblo hacer una huelga general. A continuación regresa a Santiago y entra en contacto con el jefe de la Guarnición. Este, junto a sus 300 soldados, ya se había rendido y acepta darle un helicóptero a Fidel, para que volara sobre la ciudad.

Por último, Fidel da instrucciones a Camilo para que entre en La Habana, mientras el Che lo hace en Santa Clara, donde el tren blindado, cuyo fin era reparar caminos y vías férreas destruidos por los rebeldes, se rinde sin resistencia alguna.

El contragolpe de Fidel fue realmente novedoso, de acuerdo a la Historia de Cuba: en cada capital de la provincia organizó un acto masivo rodeado de armas y encaramado sobre un tanque de guerra, imitando una extraña comparsa carnavalesca e impresionando a un pueblo que tomó por sorpresa.

El 8 de enero llega a La Habana. Sobre ese día, le dijo a Ramonet: “Nuestro ejército, a partir del primero de enero de 1959, había aumentado a cuarenta mil hombres, pero la guerra la habían ganado unos pocos”.