El precio de la tranquilidad Cubanet

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(Foto: Ana León)

LA HABANA, Cuba.- En Cuba cada día más personas escogen el camino de la religión, especialmente aquellas prácticas de origen africano. Sea para garantizar un resguardo por problemas de salud, mantenerse alejado de los problemas, atraer la prosperidad o conjurar la envidia de los vecinos, lo cierto es que con mayor frecuencia se escucha el comentario sobre alguna persona que “no tiene donde caerse muerta, pero está reuniendo para hacerse santo”.

La creencia más cotizada es la santería o Regla de Ocha, que muchos consideran desprestigiada y convertida en un negocio redondo, con activos especializados en detectar cualquier asomo de discordia o inseguridad personal para convencer a la gente de que “recibir un santo” es la única forma de alcanzar paz en el hogar y desenvolvimiento económico.

Abordar el tema es complicado, pues cualquier crítica puede ser asumida como expresión de prejuicios hacia las religiones afro. No obstante, vale la pena intentarlo por el mero hecho de cuestionarse cómo un país configurado bajo un adoctrinamiento político-ideológico fundamentado en una pragmática visión de la sociedad y la cultura, se ha llenado de personas irresolutas y supersticiosas.

A menudo basta con una sola “consulta” —tal vez motivada por la curiosidad— para que un individuo se llene de miedos. Todos los caracoles se han puesto en sintonía para anunciar lo mismo: “Tu hijo se va a morir”,  “tu hijo va a tener problemas con la ley”, o —tendencia más reciente— “tu hijo tiene letra de homosexual”. A partir de ahí sobrevienen los desvelos, los nervios de punta, las “limpiezas” para sacar “lo malo” de la casa, la mano de Orula y la lucha denodada para que el hijo se haga santo lo antes posible.

Las dotes para recibir a las deidades afrocubanas son tan elevadas, que hay familias malviviendo con tal de ahorrar e invertir en lo que consideran la solución a todos sus problemas. En el otro extremo figura una minoría con alto poder adquisitivo, para la cual hacerse santo equivale a demostrar su pujanza económica y pretender un estatus social.

La desproporción entre el salario medio mensual devengado en Cuba (25 USD) y el costo de la iniciación es abismal; por ende, es lógico asumir que la mayoría de los santos son sufragados con dineros de dudosa procedencia. Practicantes de la Regla de Ocha explicaron a CubaNet que contando el derecho a recibir el santo, los animales para el sacrificio, los accesorios rituales y el ajuar de prendas blancas que necesita el aspirante a iyabó, las sumas oscilan entre 16 mil (650 USD) y 30 mil pesos (1400 USD), según el orisha que corresponda y el estrato social del neófito. No obstante, vale aclarar que en ciertas esferas, estas tarifas son consideradas plebeyas.

Lo que antes era una práctica religiosa confinada a sectores muy puntuales de la sociedad, hoy se ha vuelto una epidemia. Es penoso ver tanta gente angustiada en las “consultas” ambulantes, a merced de edecanes sin escrúpulos que los conducen por el sendero del  desvalijamiento total.

La sistematicidad de esta práctica ha generado un costo social apreciable, primeramente, en la agudización de la estupidez humana. Acogerse a la santería y luego dedicarse a esperar que la prosperidad caiga del cielo es, ni más ni menos, una regresión a la ignorancia medieval.

El segundo problema —derivado del anterior— es relativo a la higiene. Las ofrendas religiosas aparecen en las esquinas, configurando una imagen urbana bárbara y repulsiva, de la cual son responsables tanto las autoridades como las personas. Los creyentes cubanos tienen la libertad para hacer en este país lo que no se les permite en el extranjero, donde hasta los más recalcitrantes tienen que poner las ofrendas en sus casas so pena de ser multados con severidad. En las calles de Miami, Madrid o Roma no hay cabezas de cerdo ni gallos decapitados, y los orishas no se molestan.

Elegir el camino de la religión es una decisión personal y legítima; pero en el caso de Cuba se manifiesta una estrecha relación entre el incremento de adeptos a la santería y la sociedad alienada en que nos hemos convertido. Tras décadas de infructuoso pragmatismo ha aumentado el número de gente confundida que, buscando sosiego, esperanza o solvencia, cae en el mayor embuste mágico-religioso que existe.

Una nación que no ofrece muestras visibles de mejoría y donde el trabajo vale tan poco, es el contexto ideal para que las personas imposibilitadas de hallar un remedio decente a la pobreza, se pongan en manos de gurús entrenados en el arte de engañar y garantizar —a cambio de sumas exorbitantes— lo que se puede conseguir con voluntad, inteligencia y esfuerzo.