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El sueño de la izquierda engendra monstruos

MIAMI, Estados Unidos. – Como quiera que lo manifiesten, el proyecto de la izquierda en su tránsito paulatino e insondable al comunismo es una suerte de aberración sin remedio.

En Cuba, el castrismo puso en marcha el experimento, primero con los manuales al uso, elucubrados por las academias soviéticas, y luego desde la obstinación del dictador, voluntarioso e impune. El fracaso de tal aquelarre resulta ostensible.

En el imaginario político, sin embargo, el pensamiento de derecha padece de una supuesta indiferencia con respecto a los desposeídos de la tierra, mientras el de izquierda sigue guardando la esperanza de su redención.

Hasta el otro día, el ejemplo de Cuba continuaba siendo faro y guía de la intelectualidad diletante latinoamericana y europea, entre otras de distinguida ejecutoria.

Ahora hay teóricos de izquierda que reniegan del nuevo socialismo enquistado en Centro y Sudamérica, sobre todo en Venezuela y Nicaragua. Otra vez la cantaleta de que aquel proyecto humanista de los orígenes ha sido, consuetudinariamente, desvirtuado por la corrupción y la ambición de poder. 

La falacia del buen guion y la pésima puesta en escena, que tanto gustaban mencionar artistas e intelectuales cubanos, con fe permanente en la perfectibilidad de la atrocidad socialista, fue expuesta desde los días iniciales de un proceso contra natura. 

Los estudiosos de izquierda que ahora se manifiestan en poderosas tribunas mediáticas de Estados Unidos, el otrora enemigo, tuvieron a la disposición de sus especulaciones 62 años de tiranía implacable en la Isla de Cuba, pero siempre prefirieron darle otra oportunidad de “rectificación” en su “marcha segura” al socialismo.

Ahora esos teóricos se quejan de que al escritor Sergio Ramírez, miembro de la jerarquía sandinista durante su juventud, lo consideran un “traidor a la patria”. Se olvidan, curiosamente, de las tribulaciones sufridas por otro sandinista en la oposición, el famoso poeta y sacerdote Ernesto Cardenal.

¿De qué se espantan estos apuntadores de la oposición continental contra el neoliberalismo, cuando en Cuba, desde los años 60 hasta nuestros días, artistas, escritores e intelectuales han sufrido muerte y prisión, así como los más abyectos modelos de represión por pensar diferente?

En aquellos primeros tiempos de la “gloriosa Revolución Cubana”, escritores como Sergio Ramírez y Ernesto Cardenal, hoy perseguidos por el monstruo sandinista que ayudaron a propagar, apoyaban plenamente los designios castristas y, si dudaban de sus excesos, no lo hacían público para evitar dañar el proceso continental que se infiltraba desde La Habana, con guerrillas y otras maneras de la desestabilidad social.

Durante la más reciente oleada del llamado socialismo del siglo XXI, el siniestro laboratorio ideológico de la Isla ha sido desatendido por líderes políticos y de opinión empeñados en un nuevo ardid de “obras mayores” para “nuestra América”, como la posibilidad de una izquierda “moderada y gradual”, en las antípodas populistas y caudillistas del chavismo y el castrismo.

Todos los intentos han sido infructuosos, sin embargo. El faro derruido de la Isla sigue a duras penas encendido, pero lanzando invectivas, desacreditando ferozmente a sus opositores internos y de otros países. 

Mientras, sus discípulos ponen en práctica todas las variantes posibles de las trampas electorales para mantenerse en el poder. 

Ciertamente, al castrismo ya no se le guarda el respeto o miedo de antaño, por su demostrada capacidad de chantaje y ultraje públicos. Los pocos líderes que se han atrevido a desafiarlo en cónclaves internacionales, no obstante, se erigen como voces solitarias y dignas en coros de silencio y complicidad.

Los neo-izquierdistas argumentan, cual plañideras extemporáneas, sobre la utopía y el descalabro de su ideología: “A mí me enseñaron que la izquierda representaba la cúspide de los valores humanistas e intelectuales. Solidaridad, inclusión, equidad. Creatividad e inteligencia. Honestidad. Defensa de la democracia igualitaria. Diálogo. Vocación por el cambio”.

Esta sería la aproximación eufemística a un concepto ideológico en franca bancarrota. Es el cuento infantil de “la buena pipa”, una suerte de promesa incumplida hasta donde soporte la paciencia y el deseo desesperado de libertad.

Sobre esa quimera reposan millones de muertos e injusticias. No hay marcha atrás cuando los pueblos logran sacudirse tales dictaduras, que esconden su maldad tras retóricas de beneficios imposibles de lograr.

He aquí las palabras de la madre del artista cubano Hamlet Lavastida, detenido desde la rebelión del pasado mes de julio, aparecidas en un post de Facebook, donde se demuestra que el castrismo es una de las aberraciones sufridas por la izquierda en el poder: 

“Quien diga que las acciones de mi hijo Hamlet no están ligadas al arte y la creación miente rotundamente, cada aliento y pensamiento es para eso, no es sobornado e instruido por nadie, dejen de tejer historias falsas, sus hipótesis y conjeturas no proceden, todo ser humano tiene la ideología que quiera, no está obligado a tener la de otros, ni la mía, respeto a la diversidad y a los derechos constitucionales [que] no solo están para estar plasmados en un libro o una gaceta; que se materialicen. Que lo liberen, no delincuente, ni mercenario ni espía. Europa del Este está ligada a nuestras vidas por lazos de sangre, ahí está mi nieto, esto nadie nos los va a quitar. Libertad para Hamlet Lavastida”.

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