Eusebio Leal y las fiestas políticas del castrismo

Eusebio Leal (radioreloj.cu)

Eusebio Leal (radioreloj.cu)

LA HABANA, Cuba.- Al inicio de este nuevo año, en un evento de la Asamblea Nacional del Poder Popular de los comunistas cubanos, el delegado e Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal Spengler, ofreció un discurso donde tocó un tema muy controvertido en la realidad cubana de hoy.

Con motivo del fallecimiento de Fidel Castro, dijo que “nuestro desafío es no convertir en consignas, algarabía, alharaca o jolgorio el pensamiento del líder invicto, sino hacer realidad sus postulados”.

Sin duda, el señor Leal interpretó al fin lo que ocurre en la Cuba de hoy y de ayer, cuando Fidel Castro se hizo del poder y se mantuvo con este por espacio de más de medio siglo, sin querer saber jamás si el pueblo prefería su modelo político-económico a través de unas elecciones libres.

Leal, haciendo uso de su prestigio bien merecido no sólo como cubano, sino además como buen orador, criticó lo que siempre seguramente tuvo deseos de criticar: que la Revolución sea más  consignas que realidad; consignas que no son otra cosa que órdenes dadas por el que manda a sus partidarios para lograr su apoyo incondicional, a través de demostraciones de algarabía: gritería confusa, alharaca: demostración excesiva de admiración y alegría y jolgorio: diversión con ruido y bullicio.

Todo parece indicar que nuestro historiador citadino ahora prefiere que la mayor de las Antillas tenga una dictadura distinta: más seria, más racional, más reposada, más digna y no propia de un gobierno convertido en promotor cultural de espectáculos al aire libre, con escenarios y coreografías programadas en el despacho militar de más ringorrango, para un público espectador que ni siquiera abarca la tercera parte de la población cubana y que asiste a esas “fiestas políticas” tanto por reflejo condicionado, como por compromiso o agradecimiento.

Eso hace el gobierno castrista con sus acólitos, desde que Fidel Castro —en silencio tuvo que ser— comenzó a ver que cada día perdía apoyo de las mayorías, ya fuera por aplicaciones de leyes draconianas, represión contra los que piensan distinto, pésima administración por parte de los organismos gubernamentales, por el totalitarismo y, sobre todo, porque en el socialismo, comunismo o como se le quiera llamar a su modelo económico, la prosperidad económica era y es una quimera imposible de alcanzar.

¿Pero el Historiador de la Ciudad nunca se percató de que todo aquel andamiaje de la fauna política era puro maquiavelismo, una estrategia que tenía como fin hacer ver lo que no era verdad? Recordemos que entonces se cambiaron los escenarios para la propaganda gubernamental, posiblemente con uno de los mayores presupuestos del país y, en vez de concentraciones de verdaderos fanáticos, como fue muy al principio, se colocaron miles de sillas o butacas, cada una con nombre y apellido, para asegurar un público confiable, cercano a la tribuna de los líderes.

Empezó a ser difícil programar concentraciones masivas de forma sincera.

La gran mayoría, al fin se había dado cuenta de que vivíamos una de las dictaduras más sangrientas del continente, con miles de fusilados, miles de presos políticos durante más de treinta años, miles de cubanos muertos en las guerras secretas de Fidel Castro, miles de jóvenes comidos por los tiburones, en busca de libertad.

Cuba es la misma que a través de leyes improvisadas y locas a partir de 1959, destruyó uno de los mejores comercios de Latinoamérica, surgido gracias a España, cuando la pequeña isla, que no era una colonia cualquiera, se convirtió en el primer productor de café del mundo, en el primer productor de azúcar, de bananos, luego de cobre, de miel de abeja, etc.

Cuba era la misma, cuando de un solo golpe perdimos la libertad de prensa y de expresión, cuando fue destruida una de las mejores industrias latinoamericanas con tecnología norteamericana, gracias al libre desarrollo económico que aplicaban los gobiernos democráticos de la República.

Hoy, no vemos nada claro nuestro futuro. Las llamadas reformas económicas, las mismas que tuvieron lugar cuando la administración estatal entraba en sus peores crisis y aceptaba a  los “cuentapropistas” —dueños de pequeños negocios, más tarde suprimidos y encarcelados por supuestos delitos de enriquecimiento ilícito—, no indican otra cosa que no sea el fracaso total y definitivo de un gobierno militar que se mantiene en el poder por las armas y por una exigua minoría de alabarderos, desengañados asalariados, pero “indisciplinados”, como llama el General Raúl Castro a todos por igual.

Como telón de fondo están las mayorías, desarmadas, indiferentes, cansadas, los trabajadores con sus miserables salarios, los ancianos mal alimentados, los niños obligados a ser como el Che. Entre ellos, miles de opositores pacíficos y cientos de periodistas independientes, que no bailan ni cantan al compás de trompetas y tambores militares.

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