‘Giselle’ vuelve a brillar sobre las tablas Cubanet

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LA HABANA, Cuba.- Quienes conocieron, décadas atrás, el esplendor del Ballet Nacional de Cuba, no pueden evitar suspirar por las glorias pasadas. Dentro y fuera de la Isla, los balletómanos recuerdan la insuperable era de las ‘cuatro joyas’, pero también el virtuosismo de bailarines más próximos en el tiempo: los Carreño, Carlos Acosta, Lien Chang, Julio Arozarena, Víctor Gilí y Rolando Saravia, por solo mencionar algunos de los que prestigiaron la sala García Lorca con sus actuaciones y brillaron en plazas internacionales.

Hoy resulta difícil hallar los ecos de tanta maravilla; pero en ciertas ocasiones, la compañía fundada por Alicia Alonso hace gala de una entrega capaz de remover la admiración y gratitud de los espectadores más exigentes. Así ocurrió el pasado fin de semana, con el cierre de temporada del ballet Giselle, la obra del repertorio clásico más aclamada por el público cubano, después de El Lago de los Cisnes.

La conmovedora historia de la aldeana virginal tuvo a las consagradas Anette Delgado y Sadaise Arencibia en el rol de Giselle, acompañadas por los bailarines Danny Hernández y Raúl Abreu para encarnar al príncipe Albrecht. Ambas parejas interpretaron maravillosamente a sus personajes, con especial reconocimiento a Anette Delgado, tan hecha para el papel de Giselle ―de fuerte espíritu romántico― que, desde la primera salida a escena, el público percibe su fragilidad, se emociona y sufre con el descenso de la joven a la locura y la muerte.

El personaje de Albrecht recuperó el aire principesco que, en otros tiempos, le imprimiera José Manuel Carreño. Muy hermosos y gallardos lucieron los nuevos intérpretes, dueños de un histrionismo que contribuyó enormemente a la credibilidad de la malograda historia de amor.

Pero sin dudas la gran sorpresa de la noche fue el debut de la joven Claudia García en un rol protagónico de fuerza mayor: la Reina de las Willis. La muchacha que hace apenas un año cultivara los primeros aplausos con una variación del ballet Paquita, se mostró en pleno dominio ―técnica y dramatúrgicamente― de la naturaleza de su personaje, tan melifluo como implacable.

El cuerpo de baile fue vitoreado por un auditorio en su mayoría foráneo, detalle que contrasta con el hábito de los balletómanos cubanos que aplauden nada más a los solistas, desestimando aquellas figuras que, aún sin la grandeza de un rol principal, aportan color a la trama. Tal es el caso del guardabosques Hilarión, atormentado por su amor no correspondido a Giselle.

Por algún misterioso motivo, el rival de Albrecht genera menos simpatía incluso que Rothbart (villanísimo de El Lago de los Cisnes); y el público suele atribuirle la culpa absoluta de la muerte de la joven, obviando la parte que le toca al príncipe. Pero a pesar del bajo rating de popularidad, el papel de Hilarión fue dignamente asumido por los bailarines Julio Blanes y Ernesto Díaz.

La oportunidad de tomarle el pulso a la danza clásica cubana con el ballet Giselle, fue una experiencia atesorable. Es un consuelo saber que esta historia, exquisita por su ingenuidad, la música de John Adams y el romanticismo desmesurado del siglo XIX, continúa siendo un highlight en el repertorio del Ballet Nacional de Cuba.