Hugh Thomas, un historiador ‘tóxico’ para el castrismo Cubanet

Hugh Thomas (Cortesía)

LA HABANA, Cuba.- Hugh Thomas (Inglaterra, 1931) murió el pasado 6 de mayo a los 85 años. Ni siquiera por ser uno de los historiadores más célebres de los siglos XX y XXI, la prensa nacional cubana lo mencionó.

Seguramente porque investigó y publicó la trayectoria histórica de la gesta libertaria de Fidel y Raúl Castro sin permiso de ellos y, para colmo de males, llegó a Miami en busca de más testimonios, donde estaban los otros protagonistas de esa aventura bélica.

Allí, tuvo acceso a la valiosa colección privada de periódicos cubanos de Theodore Draper, entrevistas, manuscritos, memorias inéditas y documentos de Justo Carrillo, Mario Llerena, Raúl Chibás, Luis Simón, Felipe Pazos y muchos otros y, “como mina de información”, al escritor Guillermo Cabrera Infante y al periodista Luis Aguilar León.

Su famoso libro Cuba, la lucha por la libertad, lo comenzó a escribir en La Habana en 1961, mientras escuchaba “los tonos sombríos de un discurso de Fidel en la Plaza de la Revolución”.

En principio, pensó un libro corto sobre los cinco años del “curioso acontecimiento” de la Revolución castrista, pero se dejó atrapar por el país y el libro se transformó en una voluminosa y extraordinaria obra, propia de un genio como Hugh, que comienza en 1762, cuando una expedición sale secretamente de Portsmouth para tomar La Habana, y finaliza desnudando a una tiranía que nadie pudo prever, “con las familias divididas y rotas y donde los líderes, separados, se odian unos a otros, por una revolución traicionada”.

Y concluye: “Un sistema totalitario sin elecciones libres, ni resultados de sondeos de opinión, donde es imposible distinguir entre el entusiasmo espontáneo y la conformidad forzosa u oportunista, una sociedad donde puede verse el triste dolor de la sumisión”.

En la isla, propiedad hoy de Raúl Castro y su camarilla de seniles gobernantes, el libro de Hugh, con sus 1 276 páginas, representa un peligro para la juventud, tanto, que ni siquiera los historiadores oficialistas cubanos se atreven a comentarlo.

Mucho menos aceptar que fuera un extranjero ―él mismo se consideró “autodidacta”, aunque con altos estudios en Cambridge y en la Sorbona de París―, quien dedicara diez de sus valiosos años para analizar a profundidad los acontecimientos más ardientes de la gesta libertaria de los Castro, sus aciertos y sus grandes e irreparables errores.

Como tantos otros valiosos intelectuales e historiadores, Hugh no volvió más a Cuba. No era bienvenido por los hermanos Castro.

Había escrito demasiadas verdades sobre ellos.

Al cabo de tres décadas después de 1971, cuando se volvió a publicar su libro sobre Cuba, incluyó un postscriptum a las ediciones posteriores, donde un breve análisis demuestra cuán difícil resulta contemplar con optimismo el futuro de Cuba bajo la égida del castrismo.

Hugh Thomas aclara que después de treinta años la vida del país era la misma, que los deseos de los Castro se traducían en estrategias, que Raúl, como heredero al trono, seguía de ministro de Defensa y que aunque su ejército resultaba cada año más importante en la política y en la economía del país, el nivel de producción de azúcar seguía siendo muy similar al de los años anteriores a 1959 y con una economía del siglo XIX que todavía pervive.

Por último, termina: “En 1959, Cuba ocupaba el segundo lugar en la lista de países latinoamericanos con relación a su nivel de vida. Hoy está más cerca del final de esa misma lista. El fracaso del comunismo es más que evidente, con una escasez y una miseria que sitúan a Cuba por debajo del nivel de vida que había en 1895”.

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