¡La cara limpia!… ¿Y lo de atrás qué? Cubanet

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LA HABANA, Cuba.- Este ocho de enero se cumplieron 59 años de la entrada del ejército rebelde, con Fidel al frente, a La Habana, y como cada año la ciudad lo celebró. Esta vez los caravanistas encontraron, nuevamente, muchas “caras vanas”, caras que salieron a dar el chillido de recibimiento sin que en sus gritos se mostrara la realidad de una ciudad, que aunque la llamen “maravilla” tiene un escenario muy diferente, una realidad que la aleja de ese asombroso y  rimbombante ostento.

Los jóvenes miembros de esta tropa, muy bien escogidos de entre los más fieles a la “revolución”, comenzaron su recorrido en Santiago de Cuba el pasado 2 de enero, deteniéndose en cada uno de los lugares en los que los rebeldes hicieran un alto en el camino para hacer discursos y anunciar lo que haría la revolución triunfante en los días que estaban por llegar.

Este año, igual que antes. “La caravana de la victoria” fue seguida paso a paso, y durante todo su trayecto, por los medios oficiales. El noticiero de la televisión en su horario estelar reseñó este último 8 de enero el paso de esa joven “tropa” por sitios emblemáticos de la capital; el edificio de la Marina de Guerra en la Avenida del puerto, desde donde Fidel contempló el yate Granma, y también hicieron una breve parada, como ocurrió en 1959, en el Palacio Presidencial, hoy “Museo de la Revolución”, donde se exhibe el mismo yate que antes estuvo en el puerto, y fueron a Radio Centro, hoy cine Yara, y…

Solo que ni la televisión ni el diario Granma ni el periódico Juventud Rebelde, hicieron alusión a las “restauraciones” que decidieron el Partido y el Gobierno para algunos sitios por donde pasaría ese tropel de jóvenes “revolucionarios”. Desde días antes de la llegada, y como siempre en maratón, encomendaron a cada una de las Empresas Constructoras de la Administración Local, más conocidas como ECAL, existentes en cada municipio, la tarea de dar un breve maquillaje a esas zonas de la ciudad por donde pasaría la tan cacareada caravana, pero bien que insistieron en hacer cierto énfasis en esa zona de la ciudad que se abre después del puente sobre el Almendares, que conduce a la avenida 41, por donde comenzaría la entrada definitiva y “triunfal” a Columbia, hoy “Ciudad Libertad”, sitio donde finalizaría, igualito que en el 59, el recorrido de la caravana.

Y les resultó curioso a los vecinos de 41 la propuesta de pintar las fachadas e incluso de hacer algunos “repellitos”, un poco de cemento y arena para tapar huecos en esas fachadas que serían coloreadas luego. Lo que si no dejó contentos a los vecinos fue la uniformidad del color, por lo que pelearon mucho y hasta consiguieron escoger, entre la brevísima gama de colores en existencia, el que preferían, evitando así la uniformidad, tan cara a la “revolución”. Esos vecinos, los más cercanos a Columbia, lugar donde finalizó la primera caravana y también las otras cincuenta y ocho, fueron mejor tratados que el resto de los habaneros que habitan esa ciudad que precisa de muchas caravanas libertarias para que consiga reparaciones, aunque sean a medias.

Y el resto de la ciudad continuó intacta, es decir; despintada, fracturada, como el resto del país, tan desteñido y roto que da pena. Y es que eso son estas celebraciones, “unas metáforas gastadas y sin fuerzas visibles”, como diría Nietzsche, o más exactamente: “Unas verdades sospechosas”, al decir de Virgilio Piñera. Limpiar y maquillar la cara, convertirla en una “cara vana” para que no se note la suciedad de los pulmones, del estómago, de los intestinos, e incluso del trasero, no es más que un disimulo, una mentira. Y eso pasa en la ciudad cada 8 de enero; cada día una mentira.