La gran celebración cubana del jazz Cubanet

Los músicos Chucho Valdés (cen), de Cuba; Esperanza Spalding (izq), y Dhafer Youssef (der), de Túnez, en el Gran teatro Alicia Alonso, en La Habana (Cuba), durante la celebración del “Día Internacional del Jazz“ (EFE)

LA HABANA, Cuba.- La Habana no defraudó a la UNESCO que la escogió este año para celebrar el 30 de abril, Día Internacional del Jazz. El concierto de todos-estrellas  en el Gran Teatro Alicia Alonso fue grande, bello, con musicalidad y sentimiento a raudales. Será inolvidable para los amantes del género, especialmente en un país como Cuba, donde hasta  hace unas décadas, el jazz estuvo muy mal visto por las autoridades porque era considerado “la música decadente del enemigo imperialista”.

Los músicos, norteamericanos, cubanos y de otros países del mundo lucieron espléndidos.  Derrocharon talento y sensibilidad. Menciones especiales —era de esperarse—  para Esperanza Spalding, Herbie Hancock,  Marcus Miller, Chucho Valdés y Gonzalo Rubalcaba.

El momento cumbre  del concierto, de algo más de dos horas,  no fue precisamente, pese a las bonitas intenciones y los sentimientos de paz,  el cierre con Imagine, de Lennon. Hubo varios momentos muy especiales: la estelar interpretación del clásico Blue Monk, de Thelonius Monk, por Chucho Valdés y Gonzalo Rubalcaba; el magistral 4am por Hancock, Marcus Miller, el baterista Antonio Sánchez, el trompetista Ambrose Akinmusire  y el saxo de Kenny Garret; el Bésame mucho, cantado por Youn Soun Nah con el acompañamiento de la contrabajista Esperanza Spalding, la violinista Regina Carter, el pianista Tarek Yamani y el percusionista cubano Yaroldi Abreu; el brasileño Iván Lins, superado el bache inicial de unos minutos con el teclado, cantando Lua soberana; Casandra Wilson en You move me, Kurt Elling en There’s a boat that’s leavin’ soon for New York, y el dúo en skat de Esperanza Spalding y Bobby Carcasés en I adore you.

Como verán, hay nombres que he repetido, como el de Esperanza Spalding, que se robó al público, no solo con sus dotes excepcionales para la música, sino también con su belleza, gracia y simpatía.

Es sabido que el jazz es diversidad y no entiende de fronteras ni idiomas. Quedó demostrado en el changüí mezclado con la música magrebí que hizo Dahfer, acompañado por el  tres de Pancho  Amat y el violín de William Roblejo, y en la muy particular  interpretación, con mucho sabor  de Richard Bona, el contrabajista de Camerún, de aquella pieza del repertorio tradicional cubano dedicada a la negra Tomasa que echó bilongo y el coro “kikiribú mandinga”.

Se echó de menos  a dos grandes del jazz cubano, el saxofonista Paquito D’ Rivera y Arturo Sandoval. Ambos están exiliados. Han reiterado que no vendrán a Cuba mientras no haya democracia. De haber venido ambos, capaz que las cámaras los hubiesen esquivado. Como hicieron con Gonzalo Rubalcaba, también residente fuera de Cuba desde hace muchos años, y que los televidentes apenas pudieron ver de refilón.

Estuvieron muy bien los comentarios de Esperanza Spalding y Will Smith como anfitrión, traducidos por el locutor Frank Abel, que lo hizo de maravillas. También hablaron, en inglés y español, Irina Bukova, la presidenta de la UNESCO, Herbie Habcock, Quincy Jones, Bobby Carcasés y Miguel Barnet, el presidente de la UNEAC. Demasiados discursos. Sobraron.  Sobre todo el de Barnet,  a quien como si esperara una señita de aprobación, se le iba la vista hacia el palco donde estaba el vicepresidente Díaz Canel. Poco le faltó a Barnet para caer en el teque habitual.  A propósito, cuando Barnet, pullero, habló de los que hoy  hacen redoblar los tambores de la guerra, ¿se referiría solamente a Trump o también a Putin y el sicópata Kim Jong Un?

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