La mayor farsa “electoral” del castrismo Cubanet

Escrutinio en mesa de votación cubana (cubadebate.cu)

LA HABANA, Cuba.- En días pasados la “analista política” Daisy Gómez —fiel entre los más fieles decanos de la prensa castrista— ofreció un comentario en el espacio noticioso estelar de la televisión cubana, cuestionando la legitimidad que tendrían los resultados de los controvertidos comicios hondureños a partir de las suspicacias que despierta el hecho de que “en ese país no hay separación de poderes”, razón por la cual el actual mandatario, Luis Orlando Hernández, podría manipular las cifras finales del Tribunal Supremo Electoral (TSE).

Tan cínica declaración fue dicha con la envidiable compostura de quien se ha entrenado durante décadas en ese complicado ejercicio de prestidigitación (des)informativa, en  virtud del cual se asume que lo que es malo para otros países —en este caso, la no separación de los poderes— en el caso cubano constituye una fortaleza, ya que demuestra la sólida unidad entre el gobierno y los gobernados.

Por tanto, y a pesar de que en Cuba tampoco existe separación entre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial —ya que éstos están concentrados en la santísima trinidad Gobierno-Estado-Partido, representante legal de ese cuerpo ambiguo e intangible que han dado en llamar “pueblo”—, los cubanos no deberíamos tener ninguna razón para desconfiar de los resultados electorales que se nos informan desde la Comisión Electoral Nacional, por muy sorprendentes que puedan parecernos las cifras.

Vale recordar, de antemano, que es la propia Ley 72 (ley electoral) la que, al establecer las funciones de la Comisión Electoral Nacional (CEN), certifica la subordinación de ésta al Consejo de Estado por cuanto determina que es a éste —y no al “pueblo”— al que está obligada a informar los resultados del escrutinio nacional en los referendos y los cómputos correspondientes, así como a rendirle un “informe detallado del desenvolvimiento de cada proceso electoral” (Capítulo II, Artículo 22, incisos k y m).

De esta manera queda abierta la posibilidad de que sea (como es, de hecho) el poder totalitario quien determine en última instancia los resultados electorales y, eventualmente, manipule las cifras en función de sus propios intereses.

Una característica muy peculiar de la Ley electoral cubana que facilita las triquiñuelas de la clase gobernante es el hecho de que nunca se conozca públicamente y con antelación a los referendos la cantidad de electores registrados, a pesar de que cada ciudadano cubano desde su nacimiento es rigurosamente inscrito en los Registros de Dirección de cada municipio donde resida en la Isla. Registro éste que está controlado por quizás el único ministerio eficiente en Cuba, el del Interior, y que —a su vez— aparece duplicado en cada Comité de Defensa de la Revolución, por lo cual es relativamente sencillo monitorear la ubicación del elector y actualizar el padrón electoral cada vez que se requiera.

Así, la actualización del padrón debería resultar en la práctica una tarea casi automática, toda vez que el artículo 5 de la Ley electoral establece que el derecho al sufragio corresponde a todos los cubanos “que hayan cumplido los dieciséis (16) años de edad, que se encuentren en pleno goce de sus derechos políticos”…; mientras el Artículo 6 especifica los requisitos que deben cumplir para ejercer su derecho al sufragio activo, entre los cuales se cuenta “estar inscripto en el Registro de Electores del Municipio y en la relación correspondiente a la circunscripción electoral del lugar donde tiene fijado su domicilio…”.

Es por eso que no puede explicar de manera lógica cómo es posible que después de haberse actualizado los registros de electores en cada circunscripción y de haber tenido lugar una “exitosa prueba dinámica” el domingo 19 de noviembre, previo a las elecciones, en la cual supuestamente quedó demostrado que “todo estaba listo y a punto para una triunfante jornada electoral”, la CEN haya “actualizado” por primera vez el padrón electoral nacional precisamente en la jornada de los comicios. Y más inexplicable aún es que en los siguientes cinco días transcurridos desde las elecciones haya variado los números definitivos de ese padrón, no ya en algunas decenas de miles sino en centenares de miles de electores.

Repasemos los hechos: en la conferencia de prensa a puertas cerradas, ofrecida por la presidenta de la CEN, Alina Balseiro, en horas de la tarde del lunes 27 de noviembre a fin de informar sobre “los resultados preliminares” de los comicios, esta funcionaria declaró que la actualización del censo de electores había arrojado un total de 8,8 millones. Esto implica un colosal incremento con relación al 8,4 que —según datos oficiales revelados en esa ocasión— era el estimado inicial.

Como por arte de magia, en apenas los dos años y medio que transcurrieron desde las pasadas elecciones habían aparecido ni más ni menos que 410 mil 158 nuevos electores, casi medio millón más, en el padrón nacional. Esto, a despecho de las olas migratorias hacia el exterior —que han protagonizado en el mismo período decenas de miles de cubanos, en su mayoría con edad de votar—, y en franco desafío a las muchas deserciones, defunciones, disidencias y otros factores adversos. ¡Quién iba a imaginarlo!

Tan exagerado número permitió a las autoridades, no solo incrementar en apenas 24 horas hasta un 85,9% el vergonzoso 82% registrado a pie de urnas apenas una hora antes del cierre oficial de los colegios electorales, sino también declarar que la asistencia del electorado había superado la de los comicios celebrados en abril de 2015.

Sin embargo, ahí no se detuvieron los pasmosos avatares de los números del padrón electoral. Porque, obviamente, ni siquiera aquella sorpresiva y ya abultada asistencia a las urnas satisfizo las infladas expectativas oficiales. Dígase lo que se diga, la opinión pública suele interiorizar más las cifras porcentuales que los números de electores, así que la memoria colectiva habría archivado un 85,9% de votos: un resultado menor que el 88,30% alcanzado en 2015. Tan inaceptable papelazo no lo iban a permitir las autoridades, porque las llamadas “elecciones de Fidel” tenían que ser, cuando menos, superiores a las anteriores. Esa era la orden y era menester cumplirla.

Y fue así como la CEN volvió a aplicar su retorcido sentido de las matemáticas y obró el nuevo “milagro” de hacer crecer hasta un impresionante 89,02% la cifra de asistencia a las urnas, con un total de 7 millones 610 mil 183 electores. Así, la “compatibilización” final de los resultados con el Registro de Electores fue publicada el pasado viernes 1 de diciembre por la prensa oficial.

¿Cómo lograron este nuevo prodigio? Fácil, con la desfachatez propia de quienes se saben impunes, los amanuenses del palacio geriátrico volvieron a “actualizar” el padrón electoral, y como resultado éste volvió a contraerse, esta vez casi un cuarto de millón de electores. Otra nadería, cuyo único propósito era permitir elevar el resultado porcentual, si no se podía hasta la cifra soñada, al menos hasta alcanzar una superior a la de los comicios anteriores. Y así se consumó el que quizás constituya el más incuestionable fraude en los 40 años de práctica electorera castrista, hasta el momento.

Finalmente la CEN certificó que el padrón electoral definitivo para estas recién celebradas elecciones fue de 8 millones 548 mil 608 electores, lo que significa la friolera de 251 mil 392 menos que los declarados en el informe de resultados preliminares.

Con tanto inflar y desinflar el padrón y las urnas a lo largo de décadas, se justifica la abundancia de mejillas fláccidas entre los señores del Poder. No obstante, toda esta saga abrumadora de números y cifras porcentuales inverosímiles acusan sin lugar a dudas una grosera manipulación de los resultados electorales, aunque no tengamos la menor posibilidad de demostrarlo, lo cual es otra baza con la que contaban los conjurados.

Nada nuevo, por supuesto, solo que en esta ocasión las autoridades cubanas han hecho gala de un rampante desprecio hacia la opinión pública nacional e internacional. No por casualidad la nota periodística que informa de los “resultados oficiales” de la fiesta democrática cubana aparece, no en la portada, sino apenas en la tercera página del más oficial de los periódicos oficiales, el Granma. Ellos saben que incluso a las mayores mentiras hay que bajarles un poco el perfil, para facilitar su digestión.

Curiosamente, como dato adicional, estas minuciosas “compatibilizaciones” hacia atrás y hacia adelante que tanto favorecieron al régimen, no provocaron ninguna ventaja para el 4,12% de boletas en blanco ni en el 4,07% de las anuladas, de manera que debemos aceptar —porque así lo aseguran la CEN y sus jefes, quienes (sin ironías) son los únicos que saben la verdad— que en cuestión de pocos días no solo creció inexplicable (e inexplicadamente) el número de electores que engrosó las filas de quienes acudieron a los colegios electorales para ejercer su derecho al voto, sino que además todas sus boletas resultaron válidas.

Y puesto que en Cuba las decisiones “de arriba” son inapelables, la gerontocracia verde olivo y sus comparsas, con su proverbial triunfalismo, se habrán anotado esta farsa burlesca, no como la jugada desesperada que en realidad fue, sino como otra “victoria”. De ser así, serán ellos y no nosotros los verdaderos engañados.

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