La pelota también es política Cubanet

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Víctor Mesa con el uniforme del equipo Cuba (Prensa Latina)

LA HABANA, Cuba.- No soy seguidor de ese deporte que en esta isla movió multitudes. Hace mucho que no pongo mis pies en un estadio. Son contadas las ocasiones en las que miré, de cerca, a dos novenas contrincantes en medio del campo enorme. Solo dos veces, en toda mi vida, “disfruté” de ese pasatiempo que enfrenta a hombres, con bates y pelotas, en el campo de juego; la primera vez llegué guiado por la mano y los pasos de mi padre, la segunda tomando el brazo del muy querido hijo de una amiga.

No me avergüenzo por no ser fanático del pasatiempo nacional. Mi pasión por esta isla se expresa de otras formas, incluida esta “mirada”, oblicua, que dedico al béisbol. Y me arriesgo porque en esta tierra es muy difícil vivir totalmente de espaldas a esa práctica, me arriesgo aunque sea peligroso no reverenciar los fetichismos de la nación, y porque el bate y la pelota están entre las más importantes representaciones de la nacionalidad cubana, desde siempre, desde mucho antes de la “revolución”.

La “revolución” no es la patrona del béisbol, aunque desde hace tiempo ella sea su empresaria. Esa pasión no es nueva en Cuba; cuando este año el almanaque anuncie que estamos viviendo el día 29 de diciembre, se habrán cumplido 140 años de que en esta ciudad se jugara el primer partido de campeonato entre Habana y Almendares. Mucho vendría después y grandes serían los éxitos que se granjeó el béisbol cubano. Varios serían los peloteros que, nacidos en esta isla, conoció el mundo. Muchos fueron los beisboleros cubanos adorados por los nacionales y por la afición del continente y de más allá.

Diferente sería la cosa después de 1959, diferente cuando la “revolución” puso sus manos en el béisbol, cuando a Felipe Guerra Matos, capitán del ejército rebelde, le encargaron que se ocupara del deporte. Solo habían transcurrido trece días desde el “triunfo” del cincuenta y nueve y ya un “rebelde” se hacía cargo del “asunto”. Desde entonces cambió la historia, desde entonces el béisbol estuvo en el candelero de la política. Desde entonces el deporte se convirtió en institución del Estado y abandonó su espontaneidad, se convirtió en fetiche para los barbudos.

La práctica del béisbol fue esencial en la formación de nuestra nacionalidad, eso dicen muchos, pero a partir del 59 los enfrentamientos fueron diferentes, y los jonrones, las carreras, las victorias, hicieron mutaciones, se convirtieron en política. Enfrentar a cualquier equipo foráneo fue parecido al encuentro de dos ejércitos enemigos en el campo de batalla; y las bolas, los strikes, y las carreras, se convertirían en superioridad ideológica, y para probarlo se hacía notar que en Cuba el deporte no reverenciaba al dinero, olvidando, con gran desfachatez, que los deportistas cubanos no hacían otra cosa que entrenar para luego jugar. Que son mal pagados es cierto, pero que no son profesionales es una farsa, otra estafa.

Y en estos días ya estamos en la última etapa de esa serie nacional, la que tiene como contrincantes a dos provincias orientales. Las Tunas y Granma llegaron a “la gran final”, aunque no creo que fuera ese el resultado que esperaban los organizadores, es decir el Gobierno, es decir el Partido Comunista. Sin dudas el deseo de quienes dirigen la vida cubana estaba muy cerca del equipo Industriales, el de “la capital de todos los cubanos”. Prueba de ese deseo es el hecho de que la novena capitalina estuviera dirigida por Víctor Mesa, una de las figuras más escandalosas y controversiales de entre todas las que han existido en ese deporte.

Mesa, quien dirigió el equipo de Villa Clara, el de Matanzas, y también el equipo Cuba, es ahora mentor de Industriales. ¿Y por qué? Pues porque La Habana no es solo la capital, La Habana es la urbe más importante del país, la ciudad de las industrias y de las grandes decisiones. La Habana es la metrópoli donde viven los jefazos, donde sesiona la “Asamblea Nacional del Poder Popular” y los congresos del Partido Comunista…

En La Habana está cada uno de los muchos Ministerios. La Habana es, como dicen sus habitantes: “la capital… y lo demás áreas verdes”. Sin dudas, lo mismo cree la dirección del país, de lo contrario por qué traer a Víctor Mesa para dirigir al equipo. Ellos creían, y al parecer fue así, que este director haría que la “pasión” de los capitalinos crecería con Víctor a la cabeza, que la afición volvería a interesarse en el “deporte nacional”, y sobre todo que disminuiría el fervor que en los últimos tiempos despertó el fútbol.

Sin dudas esa propensión al cambio que asiste a las últimas generaciones de cubanos, podría ser probada con tal “vocación futbolera”, lo que no debe gustar mucho al Gobierno. Ellos no soportaron los estadios vacíos, el silencio tras los partidos. La Habana, con el estadio más grande y la población más numerosa, era importante para que se diera el cambio, y quién mejor que Víctor Mesa, quién como ese hombre tan efusivo, para conseguir el cambio.

El cambio debía operarse en la capital, en esa ciudad que rechaza a los foráneos, que los deporta “a sus lugares de origen”, con mayor desfachatez que el Gobierno de Estados Unidos a los latinos. Víctor Mesa, eso se creía, reivindicaría, reforzaría al equipo de la ciudad, él nos devolvería la pasión, como antes intentaron los Gourriel, hasta que se largaron para jugar con las Grandes Ligas. La Habana, esa que no quiere a sus hermanos del “interior”, debía ser la campeona, pero no lo fue. Si el país anda mal igual andará la capital, y el béisbol, y el país, y la capital, y también el caudillo Víctor Mesa.

De nada sirvió que designaran a un hombre que actúa como un déspota, como un dictador, un ególatra que hace unos años fue capaz de decir a un periodista que la gente iba al estadio para verlo, que él era el show. Y la función, la gran representación del béisbol capitalino, el de la urbe de las grandes decisiones, de los grandísimos shows, no llegó a buen fin. Sin dudas la cabeza del país no anda bien, aunque le pongan “inyecciones de Víctor Mesa”. Esta vez los políticos tampoco se salieron con la suya, y la ciudad donde radica la dirección del Gobierno, del Partido, y hasta del INDER, no llegó a la final, y supongo que el fútbol, más ajeno que el béisbol, siga ganando adeptos, mientras pierden la política y sus instituciones.