La reconciliación y la desmemoria Cubanet

Captura de un alzado anticastrista (granma.cu)

LA HABANA, Cuba.- En el serial LCB: La otra guerra, exhibido recientemente por la TV cubana, como en otras series y películas al estilo de El hombre de Maisinicú, los alzados que combatieron al régimen castrista en los años 60 han sido vueltos a presentar como bandidos, terroristas y mercenarios.

El castrismo, adueñado del relato, o mejor dicho, del metarrelato, ha tratado de perpetuar esa visión, solo contradicha por los testimonios de los sobrevivientes del bando contrario, exiliados desde hace muchos años.

La lucha armada anticastrista de los años 60 fue prácticamente una guerra civil. Es el segundo conflicto armado más largo habido en Cuba luego de la guerra de independencia de 1868. Duró siete años. Los grupos armados que existieron en casi todas las provincias del país, pero principalmente en el Escambray, Las Villas, y que estaban fundamentalmente integrados por campesinos y exmiembros del Ejército Rebelde, resistieron a las fuerzas gubernamentales hasta 1966. El régimen tuvo que emplear oleadas de miles de soldados y milicianos armados hasta los dientes por los soviéticos para aniquilar a los alzados y deportar del Escambray a centenares de familias campesinas para privarlos de apoyo.

Las bajas de ambos bandos y entre la población civil nunca han sido cuantificadas del todo, pero sumaron miles. Hubo excesos y crímenes de ambos bandos, pero la versión oficial siempre se los ha adjudicado a los alzados. Al calificarlos de bandidos y criminales, el régimen trata de enlodar la memoria de los muertos en combate, de los fusilados, de los ejecutados extrajudicialmente, de los que cumplieron largas condenas de prisión. Y no solo de ellos, sino también de sus familias.

Las esposas y los hijos de los fusilados y los presos políticos fueron unos apestados. Con su dolor a cuestas, en muchos casos no tenían siquiera donde depositar flores a sus muertos porque no sabían dónde estaban enterrados.

Hablar de reconciliación, como tanto se hace últimamente, resulta prematuro e ingenuo, por no decir hipócrita. Primero que todo, porque la dictadura, que no ha dejado de serlo, nunca ha pedido perdón a sus víctimas ni muestra la menor señal de arrepentimiento.

¿Debemos olvidar los fusilados, los millares de presos políticos en condiciones crueles y degradantes que ha habido en estos 58 años, los deportados del Escambray a Guane, las UMAP, las confiscaciones de patrimonio por el Estado, los forzados al exilio, los muertos en el mar, la represión sistemática, los marginados y represaliados por razones políticas?

La reconciliación nacional tendrá su momento, es imprescindible, pero no puede haber borrón y cuenta nueva sin que al menos haya confesión de partes y arrepentimiento. Hay heridas que nunca cicatrizan. El olvido forzado no las cura, las encona más.

La reconciliación, así sin más, trae aparejado el riesgo de la desmemoria. Sería regalarle la victoria definitiva al régimen. Significaría que los derrotados lo fueron total y absolutamente para siempre: nunca tendrían justicia ni reivindicación, se desvanecerían en un oscuro limbo.

La manipulación de la memoria histórica, la perpetuación del relato de la historia oficial, permitiría al castrismo y a sus herederos finalmente salirse con la suya: habrían logrado la consecución del crimen perfecto.

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