La ‘revolución’ al pie de un árbol navideño Cubanet

Árbol de Navidad en las afueras de una iglesia (Archivo)

LA HABANA, Cuba.- Hace años, cuando todavía era un joven inexperto, descubrí con cierto dolor que un amigo mentía. Resulta que mi contemporáneo, durante alguna conversación, y después de una leve mención al ballet Cascanueces, se irguió en el sillón para asegurar que le gustaba tanto que lo había visto infinitas veces, y que siempre quedaba conmovido y quieto en su luneta, extasiado. Todavía recuerdo el silencio y el desconcierto de los otros. Cada contertulio con los ojos sobre él. Tan severas las miradas, tan irónicas, que aquel muchacho decidió preguntar lo que pasaba…

Y entonces vino la carcajada como respuesta. Fue a partir de entonces que lo llamamos el ”viajero inmóvil”. El amigo, a quien no nombraré, quedó sorprendido, abochornado, al enterarse de que para ver esa danza habría tenido que emprender algún viaje, traspasar las fronteras de nuestro insular territorio, vencer “la maldita circunstancia del agua por todas partes”. Ahora, que aquel amigo ya “cruzó el charco”, he pensado que mintió porque suponía que enfrentar una representación de Cascanueces del Ballet Nacional de Cuba era culturalmente importante.

Y es cierto que enfrentarla era bueno para cualquier interesado en la danza, y lo contrario una injusticia, una desvergüenza. Me gusta creer que por eso mintió, y que por eso perdonamos su “ficción”. Creo que soy el único testigo de aquel hecho que permanece en la isla, y cuando nos reencontramos todos, volvemos sobre ese asunto, y echamos otra buena carcajada, y hasta terminamos justificando nuevamente la mentira.

Sin dudas nuestro amigo era culpable de mentir, pero jamás por no haber visto el ballet Cascanueces. Si hasta entonces no lo había mirado —y no sé si ya lo hizo— fue la política cultural de la ‘’revolución’’, y su censura, la culpable. Culpable es una “revolución” que dividió, y divide todavía, a sus artistas en revolucionarios y no revolucionarios, y que de la misma manera clasificó, clasifica todavía, al arte que en Cuba hacemos.

Censurar un ballet que saliera del cuento ‘’El cascanueces y el rey de los ratones’’, escrito por E. T. A. Hoffman, es desacertado. Prohibir la música de Chaikovski es ridículo. Impedir que los cubanos se acercaran a un ballet coreografiado por Rudolf Nuréyev, Roland Petit o Baryshnikov, es un insulto. Impedir que en el Gran teatro de La Habana se representara una obra que había colmado el Bolshói y el American Ballet Theatre, es una burla.

¿Y qué molestaba tanto a las autoridades culturales y políticas? Se dice con insistencia que la causa principal de la censura no era otra que los motivos navideños, y que alrededor de esa figura de árbol que representa la navidad se desatara tanta imaginación. Legitimar una festividad tan cara a esa iglesia católica tan despreciada por los ‘’revolucionarios’’ —en otros tiempos claro—, era una afrenta al ‘’gobierno del pueblo’’. Y ese pueblo debía vivir sin Navidad; incluso sin arte, si es que este último se empeñaba en resaltar una fiesta ‘’anticomunista’’.

Mi amigo mintió, y eso no es bueno, pero lo perdonamos, porque censurar es peor. Y en este país estamos repletos de mentiras, hartos de censuras, y más que cansados de silenciar esos vetos que hasta hoy se ejercen. Estamos asqueados de que la cultura siga subordinada a las leyes que el Estado impone. Estamos cansados de que el Estado no renuncie hasta hoy a la censura, aunque a ratos parezca que la revolución salió de una mente como la de E. T. A. Hoffman. Y es que ahora Cascanueces, la misma que fue acusada de exaltar la Navidad, y de contrarrevolucionaria por religiosa, sirve ahora al Ballet Nacional de Cuba para celebrar, en el mismo Gran Teatro de La Habana al que se le prohibió entrar, el triunfo de la ‘’revolución’’.

Esa pieza sirve hoy a los comunistas para cantarse a sí mismos, aunque antes la consideraran propaganda enemiga. Y en cada enero, en el Gran Teatro de La Habana, se escucha la música que Chaikovski compuso, para que en el escenario aparezcan Clara, Fritz, Drosselmeyer, el Cascanueces… Y así, alrededor de un árbol navideño la compañía cubana celebra a la ‘’revolución’’, pero aún no a la Navidad. Es por eso que me encanta creer que aquel amigo imaginó que veía, incluso, lo que no le estaba permitido.

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