La verdadera cara de Simón Bolívar Cubanet

Estatua de Simón Bolívar (commons.wikimedia.org)

LA HABANA, Cuba.- Cuando Hugo Chávez llegó a Cuba por primera vez, el 4 de febrero de 1992, luego de cumplir dos años de prisión por haber intentado un golpe de Estado que no tuvo apoyo popular y sí treinta y dos víctimas mortales, sabía perfectamente que necesitaba traer a cuestas a Simón Bolívar porque no era nada sin “el gigante de la causa humana”, como lo llamó él entonces y Nicolás Maduro hoy.

¿O es que acaso lo trajo para que Bolívar se convirtiera en santo de devoción de Fidel y de Raúl, porque pensó que no lo era?

Todavía hoy el cubano de a pie desconoce la historia de Bolívar, plagada de falsos mitos, de una fracasada epopeya donde fueron asesinados cientos de españoles, “sólo para enseñar a los demás a obedecer”.

Fue gracias a Chávez que comenzaron a llegar a Cuba los libros apologéticos del Libertador. Se fundó en 1993 en La Habana Vieja una casa-museo en su honor, con sus medallas, condecoraciones y su famosa espada, hasta que, por último, por iniciativa del venezolano y de Fidel, se creó la Alianza Bolivariana para los pueblos de América, que también fracasó.

La biografía novelada El general en su laberinto, que escribió Gabriel García Márquez en 1989, comienza con un exergo del mismo Bolívar y que aparece en una carta suya dirigida a Santander el 4 de agosto de 1823: “Parece que el demonio dirige las cosas de mi vida”.

Pero, ¿cuáles fueron las cosas de la vida de Bolívar que dirigió el demonio y por qué Fidel nunca se refirió a esta historia en alguna de sus muchas Reflexiones? ¿Será que, como le ocurrió a Carlos Marx, sentía un oculto desprecio por este fracasado y mal llamado “padre de la patria”?

Luego de combatir por espacio de catorce años, donde cuidó mucho de su vida —dijo que “la victoria mejor ganada era aquella en la que quedamos vivos”—, Bolívar, que no liberó ningún pueblo, murió rechazado por aquellos que ayudó a ascender al poder, todos en desacuerdo de sus locas ideas por lograr una gran república, bajo las órdenes de un rey inglés, por traidor a Miranda, por diseñar en 1826 una constitución para Bolivia donde él sería el presidente vitalicio, por falso héroe, por racista, por asesino y por genocida.

Destacados historiadores de renombre lo consideran un siniestro asesino por llevar a cabo el exterminio sistemático de todos los españoles que se negaban a tomar las armas contra España, por decapitar a 600 canarios prisioneros, sin juicio alguno.

A pesar de las muchas estatuas suyas que se ven por toda América, a pesar de que un país se nombra como él y en Venezuela lo cuentan en las monedas, sin conocer la vida del “carnicero de Pastuso”, su historia puede leerse gracias a Internet, a su seriedad y libertad de información.

Su bandera llevaba una calavera con sus dos tibias cruzadas y una frase: Libertad o Muerte. Fue maestro de maniobras políticas por su embriaguez de gloria; pero un mes antes de morir reconoció, en carta al general Flores, el 9 de noviembre de 1830, que había carecido de una verdadera razón política para la revolución que lideró, y que los pueblos eran como niños que luego tiran aquello por lo que han llorado.

Pidió a Flores que rompiera la carta, pero Flores no la rompió.

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