Las millas de vuelo que esconde la ‘revolución’ Cubanet

Participantes en el ‘Vuelo Panamericano’ (circulonaval.com)

LA HABANA, Cuba.- Para 1980 Rusia no había recuperado su apelativo natural, y supongo que tal extravío sea el responsable de que se produjera aquel largo viaje que puso a un cubano en el cosmos. Faltaban algunos años para que desapareciera la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, para comprobar el desplome del campo socialista, y para que se esfumara el CAME con todos sus proyectos de socorro.

En el cosmódromo de Baikonur los almanaques advirtieron que transcurría el 18 de septiembre y, con alguna diferencia horaria, también era ese día en toda Cuba. En el instante del despegue los relojes marcaron once minutos después de la hora en la que mataron a Lola. Fue en ese preciso instante “soviético”, en el que la nave espacial Soyuz 38 despegó con dos de sus nacionales a bordo y —¡oh, sorpresa!— también con un cubano.

La noticia recorrió el mundo para dejar claro que Arnaldo Tamayo Méndez nació en el seno de una familia negra y pobrísima. Algunos detalles se expondrían sobre el interés de los expedicionarios en conocer los pormenores de la cristalización de la sacarosa en condiciones de ingravidez, pero hasta hoy no he conocido cuales fueron los resultados de esas investigaciones que llevaron a que el guantanamero conociera la levedad del cosmos.

Escuché hablar hasta el cansancio de las infinitas bondades de una “revolución” que puso tan alto, y tan lejos, a un cubano negro; solo que tanto cacareo, tanto fanatismo soso, no consiguieron que a la cartilla de racionamiento le añadieran ni una librita de azúcar.

El viaje permitió comprobar el enorme sentido de humor de los isleños. No fueron pocos los que en Cuba bromearon con el viajecito. Y cuando cada año se escucha alguna reseña de la gesta, muchos aseguran que Romanenko aullaba el nombre de Tamayo, y hasta golpeaba sus manos si el guantanamero intentaba tocar algún botón de mando de la Soyuz 38.

Si yo tuviera lectores, fieles lectores, probablemente dirían que me repito, que esto es bien cercano a un texto de reciente publicación en CubaNet, pero sucede que este hecho me sirve para comparar al eufórico recuerdo, con ciertos olvidos persistentes del gobierno de esta isla, y que están relacionados con hazañas anteriores al “comunismo”, que son olvidadas voluntariamente. ¿Por qué tantas proezas de la aviación cubana se silencian, mientras se exalta el viaje de Tamayo al cosmos?

Ese breve suceso, fruto del deseo que asistió al imperio soviético de hacer creer que el socialismo era solidario y hacía milagros, ha servido para opacar el desarrollo de la aeronáutica, civil y militar, cubana, anterior a 1959. Pareciera, según el discurso oficial, que todos los aviones cubanos que han surcado el cielo son hijos de la “revolución”, y eso no es cierto. ¿Cuántos jóvenes cubanos escucharon hablar de aquel vuelo al que se llamó Pro faro Colón y en el que participaron tres naves cubanas y una dominicana?

Nada se dice por acá de aquel vuelo que pretendía recorrer todo el continente y recaudar fondos que ayudaran a erigir un faro en honor a la figura de Cristóbal Colón. ¿Cuántos cubanos saben del desastre que enlutó a la isla tras estrellarse las tres naves cubanas en las cercanías de la ciudad colombiana de Cali?

Olvidado está también el vuelo Panamericano de buena voluntad que recorrió todo el continente, y que estuvo comandado por el cubano Oscar Rivery, y en el que también participó Juan de Dios Ríos Montenegro, otrora alumno del comandante de la nave. Estos hombres intentaban, y lo consiguieron, reivindicar el anterior vuelo que no llegó a buen fin.

En cada ciudad en la que aterrizaron hicieron entrega a las autoridades de un mensaje de buena voluntad firmado por el presidente de la República de Cuba. Aun cuando Rivery conspirara contra Batista, durante los sucesos del Hotel Nacional, aquel no se opuso a la travesía y hasta firmó cada mensaje con su puño y letra. Ningún gobierno extranjero financió esta proeza de la aviación cubana, aquella que recorrió diecisiete mil millas del espacio aéreo americano, que puso la bandera cubana en geografías a las que nunca antes había llegado.

¿Y por qué tanto silencio sobre esta gesta nacional? ¿Tal empecinamiento tendrá que ver con el hecho de que Rivery se formó como piloto en una academia de los Estados Unidos? ¿Les recordará este detalle al odiado World Learning? ¿Recordarán todavía que el comandante de la nave fue agregado naval de Cuba en los Estados Unidos durante el gobierno de Prío Socarrás? ¿Por qué dejar en el olvido una proeza que aportó un importante testimonio fotográfico que mucho serviría en lo adelante a la aviación nacional? Más de mil pies de películas hizo Montenegro, y Rivery trazó múltiples mapas de gran utilidad para la navegación aérea. Casi veinte años antes del “triunfo” del 59, sin Estados Unidos, sin la URSS, se realizó esta hazaña.

Muchos años transcurrieron ya, pero solo su nieta, Raquel Carreras Rivery, se ocupó de recopilar información sobre la gesta de su abuelo, y con su investigación armó un libro en el que no se interesó ninguna editorial cubana. Raquel se empeñó en hacer justicia, y con dinero de su bolsillo costeó una edición española del libro Vuelo Panamericano, que ella misma ha distribuido.

¿Cómo explicar tanto silencio? Sin dudas tal empeño en dejar en la peor proscripción una hazaña como esta, tiene que ver aquello de “con la revolución todo, contra la revolución nada” Sin dudas este fanatismo “revolucionario” esconde una verdad que desmoronaría un discurso oficial muy bien trazado… y olvidadizo.

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