¿Las tribus más peligrosas?

(commons.wikimedia.org)

MIAMI, Estados Unidos.- Mursi, jíbaros, korowai, sentineleses… es una corta relación de las tribus más peligrosas que habitan el planeta según una reseña publicada recientemente. La curiosa nota advierte sobre las características feroces inherentes a cada uno de los grupos mencionados en el artículo. Los Jíbaros reducen las cabezas decapitadas de sus enemigos mediante una técnica descrita por Thor Heyerdal en su libro sobre la expedición de la Kon Tiki. A los Korowai de Borneo, poco dados a los trofeos, les basta con comerse a sus contrincantes. Mientras en un punto del Océano Índico se desconocen las preferencias de los díscolos habitantes de la isla Sentinel, que ni siquiera permiten a los extraños desembarcar en sus playas.

Más allá de la pintoresca llamada de atención cabe preguntarse si en verdad resulta justo el título dedicado a estas comunidades perdidas en los pocos espacios agrestes que quedan en la Tierra, un tema atractivo para los estudiosos de la antropología en interés de la investigación y para unos pocos aventureros a los que ya no les queda mundo por descubrir gracias al superávit económico que disfrutan.

Pero realmente no hay que adentrarse en remotos parajes para tener la experiencia de enfrentar gente verdaderamente peligrosa. En el marco interior de nuestras sociedades civilizadas a diario vemos el impacto que produce la maldad de numerosos grupos, con un instinto destructivo muy superior al que se identifica en esos congéneres que viven fuera del alcance contaminante del progreso.

Las noticias están repletas de esa crueldad humana que convive entre nosotros y se nos ha hecho cotidiana. Actos que difícilmente podrán ser emulados por aquellos salvajes que se resisten a evolucionar desde su primitivismo tribal. Frente a esos gobernantes que se comportan como déspotas, abusadores de género capaces de matar a sus propios hijos, sujetos proclives a abanderar todo tipo de odios, depravados de la peor especie… una larga lista cuyos integrantes son capaces de cometer las atrocidades que no se les ocurriría al ser más arcaico.

En Estados Unidos, cuatro jóvenes afronorteamericanos dieron una brutal paliza a un minusválido blanco al que después torturaron. Las imágenes fueron colgadas en las redes por los autores de la agresión, quienes justificaron la acción con obscenidades sobre el presidente electo Donald Trump y el rechazo a “los blancos”. Algo difícil de sostener desde la justificante de los abusos de carácter racista cometidos por uniformados norteamericanos.

En Alemania, otros mocetones protagonizaron similar hazaña. Las cámaras captan el momento en que una mujer rueda por las escaleras del metro tras ser pateada por varios hombres. En el mismo lugar varios adolescentes prenden fuego a un vagabundo que dormía a la intemperie. La nota de horror  se tiñe de absurdo cuando se sabe el origen de los criminales,  refugiados de países del Medio Oriente. No muy lejos, en Ucrania, un grupo de vándalos se entretiene en profanar un monumento dedicado a víctimas polacas del horror nazi.

En Murcia, una muchacha sufre el ataque de una horda que la acusa de simpatizar con el fascismo. En pleno aeropuerto Kennedy de Nueva York, otra mujer es agredida por ser musulmana; golpes y humillaciones que van acompañados de una frase lapidaria: “Donald Trump se librará de todos ustedes”. El episodio más reciente viene de Francia, donde el joven negro Théo fue violado por un policía durante una detención rutinaria. El agente utilizó su porra reglamentaria para hacer esta acción horripilante.

Y qué decir de los que se refugian en las intrincadas junglas cibernéticas, desde las que, sin golpear o matar, suponen uno de más temibles peligros en esta implacable aldea global. Además de difundir las acciones reprobables que no pocas veces ellos mismos protagonizan, justifican y defienden actos de violencia, acosos, violaciones, atentados terroristas. No hay límites. Los hay que ni siquiera se ocultan para emitir criterios repulsivos en apoyo a estos hechos.

Es el caso del actor Willy Toledo en su comentario sobre el ataque inferido a la muchacha murciana. Además de justificarlo en base a la ideología de la violentada, asegura que eso es motivo “sobrado para ponerle a la nazi esa el careto como sin ninguna duda merecía”. Pero no todo versa en torno a cuestiones a colores políticos, religiosos o de piel. Los comentarios soeces dedicados a la sobrina de Miguel Bosé, víctima de cáncer de seno, resultan difíciles de reproducir. Para ilustrar la “calidad” de las dedicatorias la siguiente resulta la más publicable: “Quiero creer que la muerte de Bimba Bosé es un castigo divino para Bosé porque Dios odia a los homosexuales”.

Finalmente, imposible olvidar a esos jefes tribales que fungen como figuras de Estado. Uno, acusado de practicar el canibalismo. Otro participa en la ejecución de un súbdito al que condenó a morir en las fauces de una jauría de perros hambrientos. Está el que se propone como meta  limpiar a sangre y fuego el crimen en su sociedad, sustituyendo las vías que impone la ley por la acción de las  autoridades colocadas en el rol de matones. Algo también le toca a los que desde la opción de la guerra ordenan bombardeos inmisericordes a sabiendas de que la metralla se lleva por delante miles de vidas inocentes.

Noticias que a diario reproducen las historias más terribles que puede escribir la vileza humana y que de tanto reiterarse adquieren visos de normalidad. Al punto que, por macabras que sean las nuevas, apenas podrán sorprender; o lo que es peor, escandalizar. Entonces llega esa visión silvestre con la advertencia de que en ciertas zonas de nuestro mundo quedan tres o cuatro tribus capaces de reducir las cabezas de sus enemigos, comérselos o liquidar a los forasteros que pretenden desembarcar en sus playas ―ojalá conserven esa suerte por largos años― vírgenes. Según el titular se trata de las colectividades más peligrosas que existen. No se sabe si es para reír o lamentarse.

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