Lo que callará el Granma Cubanet

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Anciano con un viejo número de Granma (Reuters)

LA HABANA, Cuba.- El periódico Granma dedicó, en una de sus ediciones de la pasada semana, una de sus ocho páginas a una información sobre las características del proceso electoral cubano. Se trata de una entrega inicial, pues el mismo diario amenaza con que trabajos de ese tipo verán la luz “todos los jueves y por varias semanas”. Esta intención parece razonable, ya que se requieren tiempo e insistencia para potabilizar nuestro intragable sistema comicial.

No me las doy de adivino. Pero barrunto ya las muchísimas omisiones de las que adolecerá esa serie del órgano oficial del Partido Comunista de Cuba (PCC). Por ello me animo ahora a redactar este trabajo a fin de señalar las principales deficiencias clamorosas de ese proceso, las que seguramente no mencionará el referido medio de agitación y propaganda. Y esto pese a contar, según afirma, “con los especialistas de la Comisión Electoral Nacional”.

Lo primero a señalar es la característica esencial de ese proceso: en él, los ciudadanos no eligen nada. O casi nada, que, como diría el inefable Silvio Rodríguez, “no es lo mismo, pero es igual”.

La única escogencia de los desdichados hijos de esta Gran Antilla es entre dos o tres (¡o incluso hasta ocho!, ¿por qué no?) candidatos a delegados municipales. Como regla, estos proto-concejales son un hatajo de infelices que, de resultar electos, nada podrán resolver, salvo quizás algunas pequeñas prebendas de ínfima categoría para sí mismos.

Es por ello que los ciudadanos de a pie suelen eludir el compromiso de figurar en las boletas, y apoyan con entusiasmo al primero que es propuesto en la Asamblea de Nominación de Candidatos, siempre que sea otro. Hay una sola excepción digna de ser mencionada aquí: los taimados con ansias inconfesas de ser diputados. Como la liturgia comunista establece que hasta la mitad de los parlamentarios sean seleccionados entre los delegados municipales, ello da alas a los deseosos de trepar dentro de la jerarquía. Claro que esto sólo está al alcance de los muy “integrados al proceso”.

Pero más allá de las naturales aspiraciones personales, lo que está fuera de toda duda es que el ajetreo comicial no producirá cambio sustancial alguno en el país. En otras latitudes, el rumbo que sigan los asuntos públicos depende del resultado de las elecciones. Esto ha sido cierto aun en la Venezuela chavista (y seguirá siéndolo hasta que Maduro materialice sus planes de “cubanizar” a su país, si logra celebrar la espuria Asamblea Constituyente que ha inventado).

A nivel de toda Cuba, las votaciones para diputados a la Asamblea Nacional del Poder Popular, proclamada como órgano supremo del Estado, no arrojarán sorpresa alguna. ¿Cómo va a haberlas si el número de candidatos es igual al de los curules! Así lo establece la flamante Ley Electoral vigente, que el régimen ofreció reformar: otra promesa incumplida.

En la nominación de los candidatos a diputados, el papel central lo desempeñan las comisiones de candidaturas, integradas por representantes de las llamadas “organizaciones de masas”. “¡El Partido no postula!”, oímos a menudo. A los que repiten ese lugar común de la tendenciosa propaganda comunista, yo sólo los emplazaría a que me digan el nombre de un solo miembro de esas comisiones que no sea militante del PCC…

Lo mejor de todo llega a la hora de escoger al Jefe de Estado y Gobierno. Su designación corresponde a la Asamblea Nacional, pero ni siquiera ella —¡valiente “órgano supremo” que es!—, puede decidir libremente esta cuestión. También aquí la voz cantante la lleva la Comisión de Candidaturas Nacional.

O sea que podemos tener la certeza de que el cargo será ocupado por el mismo mandamás en funciones o por la persona que él designe. Esto último, si se cumple el ofrecimiento de elegir en 2018 a un nuevo Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros.

Es así, sin penas ni glorias, como transcurrirán las votaciones en Cuba, y son cosas como ésas las que callará el Granma, aunque para decirlas no hagan falta “todos los jueves” ni “varias semanas”, sino menos de 700 palabras.