Lo que hay que hacer en Cuba por un medicamento Cubanet

Varios estantes están vacíos en esta farmacia. La situación se repite casi todas las farmacias del país (Archivo)

LA HABANA, Cuba.- No me importó la lluvia enorme, ni tampoco que en la calle el agua sobrepasara mis rodillas. Escuché la voz de alarma: alguien anunció, aferrándose a la balaustrada de su balcón, la llegada de esa furgoneta que trae los medicamentos a la farmacia. A pesar del diluvio, el portal se llenó de enfermos en unos poquísimos minutos; todos viejos, cada uno queriendo conseguir alguna cosa que les devolviera un poco la salud que antes tuvieron.

Quienes andaban a la caza de pastillas, en busca de resistencia, de un nuevo brío, llegaron empapados, a riesgo de enfermar más, y de que precisaran remedios nuevos. A Teresa, una anciana muy mayor, le sangraba un pie que se le enredó, en medio de la carrera, con algo que antes quedó atrapado debajo de las aguas. La infeliz quiso saber, aún antes del último en la cola, cuándo las autoridades se decidirían a destupir esos tragantes… Luego despejó la sangre con una toallita, pidió el último. Esperó.

Margot traía en sus manos el “tarjetón” que la significaba como una mujer hipertensa, y pidió la cola, y se molestó grandemente al descubrir a una de sus vecinas, anciana de más de ochenta años con el pelo teñido de un negro absoluto, que pasaba por delante de todos haciendo saber que tenía asma, y que por tales ahogos la asistía cierta preferencia. “Salbutamol”, chilló la anciana entre jipidos, y todos le abrieron el camino…

“¿Y cómo no le va a faltar el aire?”, se preguntó Margot en voz muy alta, para asegurar luego que la causa de tantos ahogos eran los muchos encuentros carnales en los que se enredaba, con el marido de poco más de cincuenta años, durante todo el día. “Ahora mismo, cuando pasé por su puerta, estaba dando grito y pidiendo más… ¡Cualquier día se ahoga!”, así chillaba en medio de su rabia. Y muy pronto llegaría a la mujer otra sorpresa: “Se acabó el Enalapril”. Y creció su irritación, y decidió largarse para que la mala noticia no le disparara la tensión arterial. “Vengo mañana para ver lo que quedó. ¡No quiero morirme en una cola!”, así dijo y cruzó la calle desbordada.

No tengo idea de cómo le gustaría morir a Margot, pero la mayoría de los vivos coincide en que lo mejor sería recibir a La Parca dormidos, pasar en silencio de un estado al otro. Supongo que debe ser horrible morirse en una cola, y mucho más si en ella se anda buscando un poquito de vida. Habría que estar en esas colas para entender cuánto sufren los enfermos cubanos, y los disgustos que pueden llegar en ese instante. El que solo lee la enfática y delirante prensa nacional no sabe lo que es una farmacia ni lo difícil que resulta medicarse en este país.

Quién hurga en el Granma, en cualquier otro de los periódicos que circulan en la isla, estará enterado de la existencia de esos medicamentos cubanos que acá son muy alabados y que afuera ya le hacen reverencias. Cualquier nacional puede tener reseñas del Heberprot P que usan unos 110 000 pacientes con úlcera de pie diabético regados por todo el mundo. Hace más de un año que se habla del Heberferón que trata uno de los muchos tipos de cáncer de la piel, y de un cardioprotector “buenísimo” para tratar el infarto agudo de miocardio.

Mucho escuchamos hasta hoy de las bondades de la industria farmacológica cubana, de la biotecnología, de sus muy entrenados y sabios especialistas, pero casi nunca se habla de eso que algunos llaman botica y otros farmacia o droguería. En esa, la más esencial, y a la que van cada día los enfermos cubanos, es donde más sufren tratando de conseguir la curación o al menos una mejoría.

En la cola de la botica no se habla de centros de “inmunoensayos” ni de biotecnología. Allí no se comentan los avances de la medicina. Allí se pregunta si hay almohadillas sanitarias, aspirina, o si aparecieron los condones que aseguran un placer con mayor protección. En la farmacia se busca lo que casi nunca se encuentra, porque en toda esa cadena de producción y distribución de medicamentos hay muchos ladrones, como en todas las esferas de la vida nacional.

Nuestras farmacias son un abismo, un caos gigante, un reflejo del desorden nacional. Yo las visito con frecuencia; allí buscó mis medicamentos y también los de mi madre, que son muchos. Ella sí que sufre el desastre a pesar de que nuestra farmacopea ofrezca cifras tan estimulantes. Para mi madre su vida está en una tableta de Enalapril, en otra de Clortalidona, Levotirocina, Digoxina, Nitrosurbide, pero no siempre las consigue.

Mi madre sabe, como cada cubano de abajo, que incluso en medio de un diluvio hay que salir corriendo si se trata de conseguir medicamentos. La Farmacia de barrio es una de las células esenciales de cualquier política de salud. Eso debía entender el Gobierno, y ocuparse bien de la distribución y no armar tanta alharaca con la biotecnología…

Para mi madre el mundo puede ser una aspirina o una tableta de Clordiazepóxido, esa pastilla que le trae tanta calma, que la hace dormir. Y eso sucede con muchos en este país, donde la vida es mucho más difícil sin uno de esos blancos redondeles que aleja la ansiedad. Debe ser por eso que los cubanos van a la farmacia aunque esté diluviando; porque saben que allí puede estar el remedio que le espante la congoja, que le haga pensar un poco menos en la miseria. Y es que la felicidad no está siempre en los tan cacareados avances de la biotecnología, esos de los que quizá no precisemos nunca.

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