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Lo que vale el pueblo cubano para sus artistas e intelectuales

LA HABANA, Cuba.- Nos dijeron que las protestas del 11 de julio de 2021 (11J) no eran legítimas porque la gente apedreó tiendas en Moneda Libremente Convertible (MLC) y volcó un par de carros patrulleros, actos considerados como vandalismo. Por aquellos días el presidente del Tribunal Supremo Popular, Remigio Ferro, reconoció públicamente el derecho a la protesta pacífica mientras decenas de jóvenes manifestantes eran procesados por “Sedición” y otros delitos cuyas condenas, de conjunto, sumaban más de veinte años de cárcel.

Desde entonces, en consonancia con el agravamiento de la crisis económica y energética, varias manifestaciones de menor envergadura se han sucedido. Cierres de calle, cacerolazos y demandas directas a los dirigentes locales, han sido algunas de las vías utilizadas por los cubanos para denunciar la rápida depauperación de sus condiciones de vida. El paso del huracán Ian por el occidente del país a finales de septiembre fue la gota que colmó el vaso en un año pletórico de calamidades. El colapso del sistema energético nacional dejó a millones de personas sin fluido eléctrico, agua potable y alimentos.

En el límite de la desesperación, la gente se lanzó a las calles sin romper un cristal ni confrontar a los agentes del orden público. Su pacífica indignación fue respondida a palos por las brigadas de paramilitares, que desplegaron su habitual brutalidad contra hombres y mujeres desarmados, que ahora son acusados de terroristas por los voceros de la dictadura.

Los hechos han sido tergiversados, al igual que sucedió con los acontecimientos del 11 de julio y el 15 de noviembre de 2021; pero el régimen necesita respaldar su circo y para ello ha convocado al gremio de artistas e intelectuales, con el objetivo de venderle al mundo la idea de que en la Isla no hay represión. Como aquella carta inmunda de 2003 que justificó el fusilamiento de tres jóvenes cubanos, el pronunciamiento de ahora exhibe la firma de importantes personalidades de la cultura que no tienen escrúpulos en renegar de ese pueblo al que dicen deberse, y al que han visto ser atropellado y encarcelado por exigir sus derechos.

Las más de trescientas firmas recabadas hasta el momento demuestran lo que vale el pueblo cubano para sus artistas e intelectuales. Si bien es cierto que la mayoría de las rúbricas pertenecen a individuos que han dependido de la institución toda su vida para ser medianamente conocidos, burócratas que llevan años matándose el hambre en los brindis de las exposiciones, comunicadores cuyo ascenso en el mundillo de la cultura está indisolublemente ligado a su guataconería, y artistas que desde sus orígenes consintieron en poner su obra al servicio de la política, también duele encontrar los nombres de creadores muy respetados que en algún momento dieron la impresión de ser justos y coherentes.

Nada como las circunstancias extremas para que caigan las máscaras. En los últimos días varias personas en redes sociales se preguntaban cuándo llegaría el día en que los artistas e intelectuales cubanos se pondrían del lado de los humildes. Aquí tienen su respuesta. Salvo honrosas excepciones, los artistas e intelectuales cubanos comulgan con el régimen; desde fósiles como Nancy Morejón o Eduardo Torres Cuevas, hasta Raúl Torres y “Arnaldo Talismán” con su repugnante servilismo.

Casi todos los firmantes dejaron de tener carrera hace tiempo, y sus privilegios son directamente proporcionales a su respaldo a la dictadura. Si no hay genuflexión y punto en boca, no se abren las puertas de la EGREM, ni la posibilidad de alguna exposición personal en cualquier galería olvidada, ni viajes de “intercambio y superación” con viáticos en dólares, ni invitaciones a eventos donde ya no se come opíparamente como antes, pero algo caerá, de gratis.

La catarsis reciente del actor Ulyk Anello sacudió las esperanzas de algunos que se niegan a ver la realidad tal cual. Si Anello protestó fue porque se pudrió la comida de sus hijos; pero no porque los hijos de otros llevaran tiempo sin comer. Ese día el actor se cansó, porque “con la comida de sus hijos no se juega”. Sin embargo, el régimen cubano lleva años jugando con la comida del pueblo y los artistas han estado callados, muy ocupados en lo suyo. La gente común, jodida y apaleada, debe entender que ninguno de esos favorecidos va a abandonar su tranquilidad ni sus prebendas para echar su suerte con ella.

El pueblo, de hecho, debería tomarse un minuto para leer atentamente los nombres que aparecen en esa lista, e iniciar desde ya un boicot pacífico contra quienes han decidido, una vez más, besar la mano que a todos nos estrangula. Que nadie vaya a una exposición, un concierto, una obra de teatro o de danza vinculado a cualquiera de esos nombres.

Si ellos no nos respetan ni se conduelen por lo mucho que sufrimos, tampoco nosotros hemos de alimentar con nuestra presencia sus espectáculos. Basta ya. A fin de cuentas no hay nada que celebrar, ni motivo para enredarse en el dilema ético que supone abrir el programa de una función de teatro, o el catálogo de una muestra de arte, y ver allí el nombre de quien públicamente respaldó una declaración ominosa en contra de nuestros derechos, del bienestar de nuestros hijos, del futuro de la nación.

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