Los cubanos y la Coca Cola del olvido

Cubano mira al horizonte, desde el malecón en la Ermita de la Caridad del Cobre, Miami (foto NYT)

Cubano mira al horizonte, desde el malecón en la Ermita de la Caridad del Cobre en Miami (foto NYT)

LA HABANA, Cuba.- “Tomarse la Coca Cola del olvido” es una vieja metáfora para referirse a la actitud de algunos compatriotas que cuando se van de Cuba pretenden romper del todo con el pasado, incluidos los afectos, para hacer borrón y cuenta nueva e iniciar una vida completamente diferente a la que vivieron hasta entonces.

Supongo sea muy duro y difícil, y para nada pretendo justificar esa actitud, que puede resultar bastante cruel y egoísta, pero he llegado a entender las razones de quienes así actúan.

Sucede que la mente humana tiene mecanismos de autodefensa que en situaciones determinadas se disparan para salvarnos. Si lo logran o no, esa es otra historia.

Generalmente, del pasado, uno trata de borrar lo malo y quedarse con los mejores recuerdos. Por eso, la juventud nos parece siempre un tiempo idílico, no importa cómo haya discurrido. Lo mismo puede pasarle a un expatriado con su país. Y ahí está el peligro. Evocará a su familia, sus amigos, sus amores, los lugares donde fue feliz, sus costumbres, etc. Y puede que llegue un momento en que piense si habrá hecho lo correcto al irse. Particularmente si en el país donde reside no le va tan bien como pensó que le iría.

Tal vez no le vaya bien precisamente por eso: porque vive prisionero del pasado, esclavizado por los recuerdos, devorado por la nostalgia. Quejoso, autocompasivo, sin sentido de pertenencia, incapaz de estar en paz ni con el pasado ni con el presente, a merced de las pesadillas, los auto-reproches y las culpas ajenas y propias, sin acabar de asumir sus responsabilidades.

Conozco muchos casos así. Viven con los pies en Miami y la cabeza en Cuba. Después de que flexibilizaron las leyes migratorias, apenas regresan de un viaje y ya están preparándose para el próximo, a fin de año o cuando vuelvan a tomar las vacaciones. Siempre pendientes de las necesidades de sus parientes en la Isla, que aunque en muchos casos sean desconsideradas por lo exageradas, ellos lo intuyen, tratarán de satisfacerlas para estar a bien con todos y su conciencia, y  también para que nadie “allá” vaya a tener dudas de que han tenido éxito en su nueva vida.

Y así, en el empeño de ayudar a los suyos y de probar a todos y probarse a sí mismos que hicieron lo correcto y son exitosos (tan exitosos que se pueden ir a vacacionar a un hotel de Varadero con sus familiares), no logran levantar cabeza, se endeudan, no progresan. No acaban de aprender el “puñetero” inglés ni se resignan a adaptarse a las costumbres de los yanquis, particularmente a su comida rara y desabrida y ese café aguado que “sabe a medicina, por no decir a rayos”. Viven agobiados por el pago de los “biles” (bills), con dos y tres trabajos, sin apenas tiempo para pasear los fines de semana porque hay que acostarse temprano el domingo para levantarse el lunes para ir a trabajar, sin poder cambiar el carro de hace diez años ni poderse mudar a una casa que tenga una habitación más.

Y a fin de cuentas, no quedan bien con nadie, ni siquiera con ellos mismos, porque tendrían que ser millonarios para poder resolver todos los problemas de sus familiares en Cuba, que no son solo los más perentorios, sino también la ropa de marca, los quince de la sobrina, el TV de pantalla plana, el iPod, lo que necesita  el sobrino que “va a hacerse santo”, etc.

En cambio, aunque son menos, conozco también a los que temerosos de convertirse en estatuas de sal, se niegan a mirar hacia atrás. Se han apretado el cinto, han trabajado duro y han logrado progresar. Ahora, luego de años de privaciones, viven más relajados. Se han aclimatado perfectamente al American Way of Life, se han integrado plenamente a la sociedad que los acogió, que en definitiva, es lo más sabio que puede hacer un exiliado. Hablan en inglés con fluidez, se han hecho ciudadanos norteamericanos, votan en las elecciones, prefieren comprar la comida en Publix antes que en Sedano, no suenan el claxon ni aunque se topen con un energúmeno cañonero en la expressway,  detestan el reguetón y la programación de los canales hispanos, prefieren los noticieros de CNN o Fox News a los de Univisión o Mega TV. Y si no tienen familiares allegados en Cuba, ni se les ocurre la idea de viajar a La Habana. ¿Para qué? ¿Para sufrir y deprimirse?

Hay quien se ha decidido, ha vuelto a visitar Cuba, y el choque fue tal, que acabó de convencerse de que el país que recordaba y añoraba ya no existe: ha sido sustituido por otro peor, que ya no tiene que ver con ellos.

No todos —particularmente quienes tienen en Cuba a sus padres o sus hijos— pueden acorazarse y vencer al gorrión. Es muy difícil. Sumamente difícil. Una cura de caballo, como dicen. Dudo que yo fuera capaz. Uno no puede ir por ahí, cambiando de piel cada cierto tiempo, como el majá. Por eso, entre otras razones, por muy mal que me vaya aquí, no se me  ocurre irme de Cuba. Estoy seguro de que sería un desastre.

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